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Un plan para el verano

Viernes, 28 febrero, 2014


(Lástima que mi idea de ir a Polonia o algún otro país del Este no se vaya a hacer realidad)

Poco a poco, recuperando el ritmo de esta bitácora y volviéndola a hacer mía. De mí, pah’tó hustede! La cosa es que, tras mucho divagar e intentar pensar en planes posibles y futuribles, al final, con la aceptación de mi trabajo, intitulado The Changing Canon of Beauty: Attractiveness in the Representation of Human Faces in World Painting, para la conferencia en Suiza DH 2014, el viaje empezaba a tomar forma. Aprovechando que parte del viaje estaría financiado, decidí además añadir París a la lista. Así que a Lausanne, Suiza, llegaré el lunes 7 de julio. Luego, el día 12 me reúno con Espe en París, pues ella sale de Canadá ese día. Y de ahí nos vamos el día 15 a Sevilla. Creo que en esos días coincide la conmemoración de la toma de la Bastilla, la fête nationale française, así que se plantea interesante.

Al llegar a Sevilla, los preceptivos días con la familia, que ya tengo muchas ganas de verlos. Después, casi todo el lab se viene a Sevilla, así que serán unos días intensos de guía turístico-gurmet, jo jo. Y el lunes 21, cuando los miembros del lab se van a Madrid, yo me voy a Ibiza con Sixto y Sergio, que va directo desde Manchester. Serán sólo 4 días, pero más que suficientes, que ya no está uno para esos totres. Por otra parte, ya iba siendo hora de conocer la isla.

Los últimos días, del 25 al 31, los pasaré de nuevo con la family, en plan tranquileo total. A ver si puedo ir a la playita y descansar, que la vuelta a Canadá el 31 se ve agitada con la mudanza. Y es que nos mudan de edificio. El viejo y atractivo castillo harrypoteresco en el que trabajo está hasta las manillas de asbestos, una sustancia asociada con el cáncer, y hay que renovar todas las paredes. Con lo cuál nos trasladan a otro edificio, Old Ivey, más vieo y feo, pero que será nuestro hogar por los próximos 3 años, esto es, con total seguridad serán las últimas paredes que vea cuando me doctore. Lagrimones.

Echaré de menos mi oficina, ahora me toca compartir espaci

Echaré de menos mi oficina, ahora me toca compartir espaci

Así que espero veros a muchos de vosotros por tierras sevillanas, y a lo que no vea, pues nada, ¡otra vez será!

Y entonces dejé de escribir para poder seguir escribiendo

Viernes, 31 enero, 2014


(Los años de juventud…)

En mis años de instituto, no recuerdo en cuál de los dos en que estuve, nos pidieron hacer un trabajo a partir de una película que habíamos visto sobre Vincent van Gogh. Por entonces empezaba a flirtear con los ordenadores y cualquier cosa que pudiera hacer para pasar más tiempo con uno era bienvenida. Así que hice el trabajo usando el Word de la época. Pero a la portada, creada en Photoshop, le dediqué la misma cantidad o más de trabajo. Sobra decir que no tenía Internet en casa y la mayor fuente de conocimiento de la que disponía en formato digital era el cederrón de la Enciclopedia Universal Micronet, que acababa de lanzar su tercera o cuarta edición. Confieso que me alucinaba. Años antes de que la Wikipedia siquiera existiese, la Enciclopedia Micronet, toda una inversión familiar, hacía honor a lo universal en su nombre: un compendio del conocimiento humano, con texto, imágenes, audio y vídeo. Pude ver los vídeos del primer hombre en la luna, escuchar la voz de Einstein, o ver fotos de cualquier monumento del planeta. Estuve increíblemente impresionado por mucho tiempo. Hasta el punto de que llegué a saberme muchos artículos de memoria. Incluso usaba un primitivo lector que traía la tarjeta de sonido Sound Blaster del ordenador para que leyese los artículos en voz alta y así poder escucharlos mientras hacía otras cosas. Me apasionaba ser el espectador de una máquina leyendo contenido para mí. Fue en esa enciclopedia que descubrí una escultura de Vincent van Gogh y su hermano Theo y tuve la idea añadirle una sombra y que la sombra, a su vez, fuese uno de los famosos auto-retratos del impresionista. Debo reconocer que me quedó bastante bien, al menos así quedó impreso en mis recuerdos, como un trabajo del que estuve orgullos mucho tiempo. A la portada, me refiero, el trabajo real vaya usted a saber. A raíz de la escultura supe de la vida su hermano menor Theo, marchante de arte, y con el que intercambiaba correspondencia más o menos regularmente. Descubrí entonces que van Gogh, en un momento de su vida, decidió abandonar prácticamente todo lo que tenía para poder dedicarse plenamente al ejercicio del arte. Sólo en la encrucijada, que diría mi colega Juan Sánchez, el artista puede ser artista. Es un pensamiento que me acompañó desde entonces y que curiosamente compartí el otro día en una conversación con una compañera de laboratorio. Le contaba que hace muchos años yo escribía poesía y prosa poética (aun ni sé si «prosa poética» es algo), y que incluso conseguí un par de reconocimientos que me llenaron de orgullo y satisfacción. Pero que poco a poco, mientras iba dejando atrás los radicalismos y los fuertemente polarizados sentimientos de adolescente y joven adulto, simplemente dejé de tener la necesidad. Como para van Gogh el arte, así empecé a creer yo que sentía la escritura. Y la tuve abandonada por muchos años, siempre que me considerara estar en un estado de equilibrio emocional y anímico. No fue hasta llegar a la universidad que sentí de nuevo la necesidad de escribir, por la irrupción en mi vida de toda una nueva gama de estímulos, entre ellos la Julia, que ahora por cierto acaba de ser madre hace unas semanas. Pero tras acabar la universidad una nueva etapa de silencio me capturó. Nada extraño sucedía en mi vida, todo iba como lo planeaba. Sin pena ni gloria. Hasta que por desgracia los hechos me superaron y, unos meses más tarde, decidí irme a Canadá para descubrir que mi viejo hábito, cual fiel amigo imaginario que ni envejece ni desaparece, seguía ahí. Si no escribo es porque estoy bien, supongo.

Vincent en Theo van Gogh (1964), Ossip Zadkine

Vincent en Theo van Gogh (1964), Ossip Zadkine (Fuente: Wikipedia)

Y ha sido más o menos así. He pensado varias veces en los motivos por los que dejé de escribir, dándole vueltas a un buen montón de candidatos: pérdida del interés, falta de cosas que contar, astenia, ser cada vez más y más consciente de mi privacidad, asumir que a nadie le interesan ya mis pamplinas, etc. Todas han aportado su granito de arena. Es cierto que lo que hay que contar cada vez se vuelve más repetitivo, nimio, carente de importancia; no hay nada nuevo, aunque pasen cosas. Y cuando lo hay es complicado encontrar el tiempo necesario para armar una entrada medio decente. Siempre se escribe para una audiencia, es cierto, si no este blog sería un diario personal metido en un cajón, y mi audiencia si alguna vez la tuve creo que ha seguido mis mismos derroteros. Hasta que un día, el bueno del Guille me dijo que él y la Miri echaban de menos mis tribulaciones canadienses. ¡No digas más!—pensé. Eso ha sido todo lo que necesitaba para empezar de nuevo y pensar seriamente en el porqué de mi etapa de sequía y si de verdad es necesario estar en crisis para producir. Precisamente cuando más cosas han pasado: mi hermano estuvo aquí con su señora tres meses, luego vinieron dos sevillanos por otros tres, luego John Paul colega de la facultad a dar un curso, y luego Espe se fue durante 43 días a Cuba. Sin contar que defendí mi segundo curso, quedamos segundos en una competición de ideas para startups y salud, di una charla en un congreso en Brock University y he sido aceptado para otras dos, una en Suiza en julio y otra en Cambridge en octubre.

Todo esto que digo suena casi hasta bien. Pero alguno ya se habrá dado cuenta del motivo real. Correcto. Es una de esas manías casi obsesivas que tan bien me definen. Con la acumulación de historias que contar, sobre todo los viajes a Islandia, Guatemala y Belize, y la necesidad irremediable de hacerlo en orden cronológico, primero lo primero y segundo lo segundo, al final me planté en junio con un montón de borradores y ni una sola entrada. Bien cierto es que podría haber ido publicando según fuese teniendo las cosas, pero a tenor de los hechos y la fecha de publicación de este texto, es más que evidente que lo que más me ha retenido a la hora de seguir escribiendo ha sido la imposibilidad de hacerlo mes a mes. Entonces decidí ir escribiendo poco a poco y programando las entradas para que al final cada mes del año tuviese al menos una. Hete ahí el quid de la cuestión. Y si hubiese que culpar a algo o alguien, sería sin duda a la entrada sobre Islandia, que por pereza en subir las fotos se ha atragantado más tiempo del debido, con el consecuente retraso de todo lo demás.

Pero eso va a cambiar. Al menos voy a intentarlo. Eso sí, no os asustéis si la siguiente entrada tiene fecha de febrero (o noviembre :-P) y la siguiente de marzo. Eso será así hasta que vuelva a coger el ritmo. Sí, ya sé que suena un poco infantil e incluso estúpido, pero son estas ínfimas cosas las que me ayudan a mantener el orden mental de las cosas.

Ahora que lo miro con perspectiva veo que el blog estuvo a punto de convertirse en un blog de viajes. Lo que no es malo per se, aunque nunca fue esa mi intención. Eso sí, si mañana viene Halcón Viajes y me quiere pagar viajes para que siga escribiendo, ahí está el tío dispuesto, vaya.

Y lo dejo ya aquí. No recordaba lo fácil que es escribir texto en español. Últimamente sólo escribo en inglés, y claro, la producción se hace un poco más difícil, sin contar esa habilidad que nos exigen en las carreras técnicas de ser concisos y breves, lo que hace todo un poco más complicado. Aunque desde que estudio para ser humanista intento ser capaz de expandirme y dar vueltas sin decir mucho. Y en serio, es más difícil de lo que parece. Así que nada, stay tunned!

¡Feliz Año Nuevo! Desde Hostal Casa Javi

Martes, 31 diciembre, 2013

Y que el 2014 venga de puta madre.

Para mí el 2013 no ha sido un año del todo malo. Aunque no voy ahora a hacer crónica cebolleta de todo lo que ha pasado. Estos últimos meses, por otra parte, han sido un poco locos. Mi hermano Raúl llegó en noviembre con su novia, María, para estudiar inglés durante 3 meses. Y durante unos días también vino Pedro, un investigador y programador con el que colaboramos en el lab y al que también le dimos cobijo por una semana y media. Durante esos días la casa realmente se sentía como un hostal, vamos, como el Hostal Casa Javi. Sólo faltó Frida, la chihuahua de una amiga a la que hemos estado cuidando hasta hoy.

Chicas en Halloween

Chicas en Halloween

Epic Halloween customes!

Epic Halloween custome! Ruchard Harrow from Boardwalk Empire

Lo cierto es que es genial tener aquí a una parte de la familia, las Navidades son otra cosa con los tuyos cerca, aunque no sean todos. También mi hermano, que es el pequeño, lo encuentra aun todo nuevo y muchas de las cosas que a mí me sorprendían hace más de 3 años ahora le dejan a él igual. En los dos meses que ya lleva hemos intentado hacer un poco de todo: visitar Toronto, ir a Niágara cuando está todo congelado, comer comidas exóticas, hacer un muñeco de nieve, visitar la pista de patinaje, jugar al squash en el gimnasio, ver gente haciendo curling, hacer una fiesta de Navidad, comprar y decorar un árbol  de navidad de verdad, comer un brunch casero (falta uno en Cora’s), y otras tantas más, como comerse una baconator, o un bocata de albóndigas a la marinara, o pancakes con maple syrup. El ritmo de esta ciudad se le da bien, se adapta rápido, y parece que no le disgusta. Es más, ha entendido super rápido cuáles son las cosas buenas de los canadienses y ahora se pregunta a ver porqué en España no las podemos tener. Va a ser muy extraño cuando regrese a España, lo voy a echar de menos.

Mexican style!

Mexican style!

Feliz Navidad de parte de la comunidad latina de London

Feliz Navidad de parte de la comunidad latina de London

Nuestro primer árbol

Nuestro primer árbol

En Niágara congelada

En Niágara congelada

Dos hermanos y dos bigotes

Dos hermanos y dos bigotes

Nilo mimetizado

Nilo mimetizado

En otro orden de cosas, y por hablar de todo un poco, por fin fuimos al juicio de los tipos que nos echaron de la carretera. Tuvimos que acudir en calidad de testigos e ir hasta Owen Sound, una ciudad que está en la mierda. Para colmo ese día hubo una tormenta de nieve brutal, así que me estrené conduciendo sobre hielo. Lo pasamos mal, la verdad. Hubo momentos en los que tuvimos que parar porque no se veía absolutamente nada, y otros, por ejemplo, en los que el coche se negó a subir por la cuesta y las ruedas comenzaron a patinar. Lo mejor es que justo delante había un tráiler en la misma situación, por lo que intentamos quitarnos de su camino lo más rápido que pudimos. Lo peor de todo es que después de la paliza de conducir hasta allí y encima pagarlo todo de nuestro bolsillo (estamos viendo a ver si al menos nos pagan el kilometraje), coche de alquiler incluido, el otro testigo no se presentó. Eso provocó que la acusación intentase un trato con los imbéciles infractores, con la idea de no celebrar otro juicio. Pero obviamente, como hicks que son, no lo aceptaron y ahora tenemos que volver a ir el 4 de marzo. Una gozada, vamos. A ver si para entonces el tiempo es más clemente y podemos visitar el parque natural cercano.

Conducir así es complicao, te pongas como te pongas

Conducir así es complicao, te pongas como te pongas

Y aunque hay cosas que contar (aun os debo el viaje a Islandia), lo voy a dejar aquí porque tengo que terminar de hacer la maleta para irme con Espe a Guatemala. Cuando leáis esto andaré en el avión probablemente, pero no quería dejar pasar la oportunidad de felicitaros el año nuevo.

Allí en Guatemala tenemos planeado visitar Antigua, Atitlán, Chichicastenango (aunque no será en día de mercado😦 ), Flores, Tikal, y luego atravesar la frontera hasta Belize, irnos uno de los cayos y pasar ahí otros tantos días hasta que tengamos que regresar a Canadá. Pinta bien y vamos preparados, esperemos que todo salga bien. Mi hermano y su novia, que no han podido venir porque no hubo forma de cuadrar nuestros días, con el precio de los vuelos, con sus días de clases, han aprovechado para ir a New York a pasar el Año Nuevo, que tampoco suena como mal plan.

Así que nada, os deseo a todos un feliz año nuevo y ya nos vemos en 2014 a nuestra vuelta.

In the jungle

Sábado, 26 octubre, 2013


(Todo es mágico y peligroso, todo)

Retomando la crónica del viaje a Costa Rica, que ya es hora. Como decía, me quedé en lo de la estación. La verdad es que una vez que pudimos ver el sitio donde estaba la estación de autobuses y el tipo de ambientazo que había por alrededor, volvimos a dar gracias a los padres de Roberto por llevarnos hasta allá en coche. Por cierto que va a ser tito pronto, ¡enhorabuena a toda la familia!

Los autobuses en Costa Rica son, cómo decirlo, muy diferentes a los autobuses de Canadá, pero a medio camino de los españoles. La forma en que ticos y españoles relajan las reglas de todo es muy parecida, y está muy lejos de la rectitud canadiense (aunque quien haya viajado en Greyhound sabe que tampoco hay tantísima diferencia). Es una sensación extraña. De un lado está el yo acostumbrado a que todo funcione según lo previsto tras años viviendo en Ontario, y por otro el andaluz que aun recuerda ir en el maletero de un coche desde Sevilla hasta Jerez. España, con el boom de los nuevos adinerados y aquel extraño enriquecimiento de la clase obrera a expensas de la ilusión del ladrillo, empezó a creerse su propio discurso. Los nuncabajistas los llamaban, y eran aquellos que absurdamente pensaban que los precios subirían y subirían hasta el infinito, y que, por tanto, ellos serían cada vez más y más ricos. Todos podemos ver hoy en qué ha degenerado esa codicia. Pero uno de los efectos secundarios ha sido el bofetón de realidad y la vuelta a la esencia, a aquello que nos hace andaluces, y españoles, claro. Poco a poco. Llegó un momento en que creímos que estábamos en New York City o Melbourne, y todo debía ser lujo y comodidades. ¿Para qué arreglar el azulejo del baño cuando puedo poner un nuevo cuarto de baño entero? ¿Por qué no comprar un segundo coche, o un coche mejor? ¿Qué es eso de ponerse una camiseta de propaganda (cuando yo las he llevado en el colegio hasta la saciedad)? ¿Matalascañas para veranear? ¡Ja! Mejor Riviera Maya. En fin, ni tanto ni tan calvo. Quizás la cura de humildad sea la única cosa buena que esta crisis está dejando. Pero volviendo a los buses, lo que quería decir es que pese al alboroto y el desorden, los buses de Costa Rica (y al parecer nosotros fuimos en uno de los buenos) me resultaron acogedores, y lo que es mejor, habituales. Sin aire acondicionado, con gente viajando de pie durante horas, jaleo constante, música todo el tiempo. No sé, me dio nostalgia tanto parecido a cómo las cosas fueron una vez en mi propia tierra. Lo que no quita, claro está, que uno deje de quejarse de la cani que habla por el móvil a todo volumen, del gordales que se pone a comer comidas apestosas durante el viaje, o de la típica señora que no quiere abrir la ventanilla para que entre un poco de aire fresco porque entonces ella «coge frío». Pero qué artistas son, y somos. De cualquier forma, casi 9 horas de bus justo después de llegar del avión sin haber dormido se hacen un poco pesadas. Todo se vuelve nebuloso y difuso y comienzas a mezclar las siestas intermitentes con la realidad, creando un exótico paisaje medio onírico medio cierto. Y es que la flora y orogragría de Costa Rica es espectacular. Es exactamente como te la imaginas o como ves en las fotos y documentales. Estar en un bus que va por una carretera (por tramos, carreterucha) que transcurre por medio de la costa a una lado, y la naturaleza al otro, es una delicia visual y sensitiva. Más aun viniendo del frío invierno canadiense y sus sociedades de hormigón y mall.

Tucán perfectamente fotografiado por Espe

Tucán perfectamente fotografiado por Espe

Cuando por fin llegamos a Golfito como era de esperar nos saltamos la parada del ferry. No hubo forma de saber que aquella barca de pacotilla con un letrero de madera pintado con Titanlux iba a ser el ferry oficial para llegar hasta Puerto Jiménez. La idea era comer algo en el restaurante Buenos Días, que estaba justo al pie del muelle del que salía el ferry, pero como nos equivocamos de parada, nos encajamos al final del camino, donde el conductor nos dijo que había que bajarse. Tocó caminar, no mucho por suerte, ya que junto a otro viajero conseguimos coger un taxi que no parecía muy sospechoso y así llegamos casi al ferry, que estaba a punto de zarpar, motivo por el que no hubo tiempo de comer nada. La travesía cruzando el Golfo Dulce es realmente bonita. Es el momento en el que uno se da cuenta de que está yendo a la selva. Hasta algunos delfines nos acompañaron brincando fuera del agua alrededor de la embarcación.

Monetes esperando para darnos la bienvenida

Monetes esperando para darnos la bienvenida en Ojo del Mar

Cuidado con los niños cruzando

Cuidado con los niños cruzando

Al otro lado, ya en Puerto Jiménez, un taxi debía estar esperándonos para llevarnos por fin a nuestro primer alojamiento, Ojo del Mar en Matapalo. Como imaginábamos que llegaríamos super reventados a ese punto, contratamos un taxi con Ojo del Mar, que claro, no fue barato, pero resultó ser un tipo más o menos agradable y un paseo tranquilo, con algunas paradas para ver tucanes y otros bichejos. Eso, como estáis suponiendo, ya no era carretera sino un camino de tierra lleno de agujeros brutales y piedras. Sólo jeeps y cosas así pueden ir por allí.

Entrando al eco-lodge

Entrando al eco-lodge

Carpa común en Ojo del Mar

Carpa común en Ojo del Mar

Antes de dirigirnos al hotel le pedimos al taxista que parara en el único super mercado que hay en Puerto Jiménez, ya que una vez pasados ese punto la única comida con la que cuentas es la que lleves contigo. Intentamos comprar cosas que no se pusieran malas. Nuestra compra fue un poco pobre, porque no conseguimos encontrar chacinas duraderas como el salchichón o el chorizo, obviamente, y tuvimos que conformarnos con unas salchichas que hacen allí que son como el chopped pork o la mortadela, un poco de pavo, un par de latas de atún y algo de queso; además de una buena cantidad de pan para hacer bocatas, algo para desayunar rápido como las deliciosas galletas Chiky, y dos botellas de 750ml de agua. Como comprobamos después, nuestros cálculos y la capacidad de soportar el calor de la comida fueron un pequeño problema, pero no adelantemos.

Así lucía nuestra cabaña

Así lucía nuestra cabaña

Más espaciosa de lo que parece a simple vista

Más espaciosa de lo que parece a simple vista

Con visitantes en cada esquina

Con visitantes en cada esquina

Una vez llegas a Ojo del Mar la primera sensación es que estás en un anuncio. Todo es como en las fotos, exactamente igual. Las plantas, los animalillos, los bichacos como puños, el ambiente, el mar a lo lejos, la iluminación natural con fuego, etc. Por eso lo que más impresiona es lo que no has visto antes en las fotos: los sonidos de la naturaleza. Para recibirnos parece que había allí una orquesta de aulladores, unos monos de bosque primario (el más alto, se supone), que empiezan a pegar berridos como si no hubiera mañana. Y lo mejor es que cuando uno empieza los otros monos le siguen. Da miedo, eso lo puedo confirmar. Si no sabes que son putos monos te acojonas. Pero eso no es todo, durante la noche la cantidad de sonidos extraños que llegas a escuchar hace que estés más tenso que Eduardo Manostijeras poniéndose una lentilla. La primera noche fue jórribol total. Llegamos super cansados y casi no pudimos dormir con todos los chasquidos, quebradas de hojas y alaridos lejanos de alrededor. Porque donde dormimos estaba literalmente en la nada. En ese tipo de sitios, eco-lodges los llaman, suele haber dos opciones para dormir: las tiendas o tents y las cabinas o cabins (atiende a la traducción, debería ser cabañas). Las tiendas son tiendas de camapaña así super pepinas con camas decentes y elevadas del suelo. Las cabinas son espacios también elevados pero que emulan como una habitación, salvo por el pequeño detalle de que no tienen paredes y el techo está hecho de pajizo. Te sientes totalmente indefenso. Por fortuna sí que hay mosquiteras para las camas, pero a ver quién era el guapo que se quedaba dormido después de que una cosa parecida a una cucaracha te cayera en la mano. Nos costó al menos 2 noches acostumbrarnos a dormir en la selva, es una experiencia única, pero requiere de tiempo y paciencia. Con todo, hay que decir que el sitio es de ensueño y muy recomendable. Tiene una carpa principal con el bar, sillones, libros y cosas así para que los huéspedes puedan compartir experiencias, lo que es sin duda una de las salsas del viaje. Y también ahí se hacen los desayunos y las comidas. Ojo del Mar incluye el desayuno, pero nosotros, como ratas alimañas, compramos la comida en el mercado con la idea de gastar lo menos posible. Lo que no sé si a la dueña de aquello le gustó mucho o no, porque como era de origen alemán y de facciones más bien inexpresivas, nunca supimos si era su cara normal o su cara de disgusto. Como fuere, tuvimos la brillante idea de traer con nosotros chocolate, y yo además llevaba escondida una caja de bombones para sorprender a Espe el día de Navidad. Qué mala idea, coño. Si algo hay en la selva costarricense es hormigas, de todas las clases, tamaños y características. Así que todo el tiempo estuvimos sufriendo por la comida que cargábamos de un día para otro y por el chocolate y los bombones. La dueña del lodge nos hizo el favor de guardar en la nevera nuestras cosas hasta que saliéramos, pero cada vez que íbamos a por comida era un poco incómodo, porque el sitio está pensado para que pagues por todas las comidas. Lamentablemente, a $20 la cena con una tuvimos más que suficiente, se ponga la dueña como se ponga.

Hormigueiras cortando sus hojeiras

Hormigueiras cortando sus hojeiras

Playacas de ensueño

Playacas de ensueño

E incluso playas vírgenes a 20 minutos andando

E incluso playas vírgenes a 20 minutos andando

Otra cosa buena de Ojo del Mar fue que teníamos nuestra propia “ducha”. Era un caño de agua que muy disimuladamente caía a través de un bambú para que todo pareciera natural. Obviamente no había cortinas y estaba al nivel del suelo. Debo decir que es una experiencia maravillosa ducharse en bolas rodeado de naturaleza con agua fresquita. A Espe no le hacía tanta gracia al principio, y para mear sí que le daba miedete ir sola, pero acabó encontrándole la gracia también. También teníamos la playa como a 10 metros, lo que era fantástico.

¡Y hasta ducha fresquita!

¡Mmm, qué fresquita!

El primero de nuestros miedos llegó al descubrir nuestra inutilidad en entornos naturales. Somos urbanitas y es lo que hay. Si me das un mapa de metro llego a donde sea, ahora con un mapa topográfico de la zona y andando por la jungla soy inservible. Nos dimos cuenta de eso en una de las excursiones que hicimos por nuestra cuenta al día siguiente. Se suponía que había un senda a partir de la cual se podía llegar a dos caídas de agua distintas, cada una en un punto. Fuimos incapaces de encontrarla. Al día siguiente encontramos una de ellas, sólo la pequeña y muy muy sencilla, según nos contaron los huéspedes. Eso hizo que nuestra idea original de cruzar la selva por nosotros mismos en una caminata de más de 8 horas empezara a estar un poco menos clara. Tampoco nos tranquilizaron mucho las historias que nos contaron de gente desaparecida y el hecho de que todo el mundo iba con guía. Así que, asustados, decidimos que intentaríamos contratar un guía en el siguiente hospedaje para el camino.

Una de las cascadas que casi no encontramos

Una de las cascadas que casi no encontramos

A la mañana del tercer día, tras dos noches en Ojo del Mar, nos fuimos hasta Carate, el último punto antes de entrar en el Parque Nacional de Corcovado. El camino entre uno y otro se puede hacer andando, pero para no cansarnos de manera innecesaria, pues la selva nos esperaba, decidimos ir en colectivo, un medio de transporte muy habitual en Costa Rica que consiste básicamente en un camión al que te subes y agarras como puedes, mientras luchas para no reventarte el culo con las carreteras de arena y los ríos a cruzar (como unos 12, incluyendo algunos en los que el agua casi cubre las ruedas). El camino, aunque tortuoso, fue una experiencia agradable que nos regaló la oportunidad de ver algunas mariposas morpho: enormes, azules, bellísimas y de buen augurio según cuentan.

Hay que ser justos, ese colectivo hasta tenía los asientos acolchados

Hay que ser justos, ese colectivo hasta tenía los asientos acolchados

El sitio en que nos quedamos en Carate es con diferencia el más caro pagado de mi bolsillo en donde he dormido, y no precisamente el mejor. También es cierto que aunque nuestra intención era dormir primero en tienda en Matapalos, y luego en cabina en Carate, Finca Exótica sólo tenía disponibilidad para tienda, así que cambiamos un poco el plan. El sitio es propiedad de una pareja en la que ella creo que es tica y él alemán o algo así. Pero había una manager inglesa tan intensa que resultaba pesada. Si al menos todas esas ganas de agradar y ser la mejor para ponerse las medallitas se hubieran traducido en atención a los huéspedes, no me hubiera quejado, pero no fue así. Finca Exótica es aun más increíble que Ojo del Mar. Tiene las tiendas en la zona más cercana a la playa, y luego, subiendo un poco la ladera, están las cabinas, repartidas para tener privacidad total. En las tiendas, como comprobamos, sólo estábamos nosotros y los trabajadores y trabajadoras del lodge. Si bien es cierto que teníamos bastante intimidad en la tienda, también lo es que estaba demasiado cerca del váter (aunque los bahíos, sonidos escatológicos y las pestes nunca nos llegaron, todo sea dicho). Quizás lo más llamativo del sitio sea la plataforma de relax y comedor. Está en la cima de la ladera, con vistas muy bellas de la arboleda y el mar a lo lejos. Por las noches encienden velas e iluminan el sitio y queda de verdad como una postal. Llevan un rollo así de mira qué guay somos, qué naturales y qué de fruta comemos, y de Internet ni hablar, sólo para nosotros, no para los inquilinos, lo que personalmente me parece de puta madre, y de hecho había algunos inquilinos muy contentos de hacer como si fueran así, pero yo no soy mucho de aparentar, así que no nos conquistó del todo, más que nada por la actitud un poco arrogante y prepotente que suele ir acompañada a esas formas de hacer las cosas. No obstante, todos se comportaron siempre muy correctamente con nosotros y en general el trato fue extraordinario.

La estancia común y restaurante de Finca Exótica

La estancia común y restaurante de Finca Exótica

Desde casi la cocina

Desde casi la cocina

La terraza

La terraza

Lo mejor, la comida. No muy abundante, pero realmente muy buena. Además el cocinero, Coco, era un tipo muy simpático y accesible, quizás fue con el que más hablamos, pero algunos del resto era como si te miraran por encima del hombro. Claro, el cocinero era el único tico del lugar, salvo la dueña, que no estoy seguro de si también lo era.

El gran cocinero Coco, lo mejor de Finca Exótica

El gran cocinero Coco, lo mejor de Finca Exótica

Desde Finca Exótica también hay un par de rutas chulas para hacer caminando. Una más dura que la otra. Como estábamos un poco acojonados acerca de nuestra incapacidad para sobrevivir en la selva, decidimos hacer la ruta del arroyo del puma, donde supuestamente se había visto un puma caminar tiempo atrás. Lo lamentable del caso es que estuvimos a punto de no encontrar la cascada. Era una ruta señalada de hora y media en la que invertimos como 3. Nuestros miedos se dispararon, más incluso al descubrir que una vez que el sol se va, lo que gracias a la densas copas de los árboles sucede en Costa Rica a las 5 de la tarde, la selva se convierte en un lugar incluso más inhóspito y tenebroso. Las raíces de los árboles se convierten en serpientes ante tus ojos, las ramas empiezan a tocarte, todo está cubierto de pequeños bichos venenosos, etc. Es así como tu cerebro empieza a jugarte malas pasadas y cuando decides que ni de coña vas a hacer el camino hasta La Sirena sin un guía. Entonces vas corriendo a la manager inglesa y le pides por favor que contacte a un guía para que vaya contigo. Pero como es una excursión que no está planificada dentro de los super planes del sitio, pues todo fueron excusas. Primero que era el día nacional de conteo de aves, lo que es cierto, y que su única guía en plantilla no podía porque se iba a contar pájaros. Muy loable, pero llama a otro puto guía. Después que no nos preocupáramos que no había ningún problema en hacerlo solo, que los ríos que había que cruzar no eran para tanto, que ella hasta había cruzado a nado el río Claro, lo que de ser cierto la convierte en la persona más inconsciente del planeta, pues cuando vimos la magnitud de ese río por nosotros mismos casi nos echamos a llorar. La última excusa fue en plan, ah, vale, voy a contactar con un guía y os digo mañana los detalles. Mojón de pico, la muy zorra pasó de nosotros como de la mierda, mal bahío le entre a ella y toda su maldita descendencia. Nosotros ahí hiper cagados con la caminata y casi sin poder disfrutar del impresionante sitio en el que estábamos, y la muy imbécil dándonos largas. Tía, vete a cagar. Todo esto, que no eran más que elucubraciones, fue más tarde confirmado por uno de los hostales de al lado. Si Finca Exótica pretendía ser el Ritch, Lookout Inn, que así se llamaba, era más rollo Hostal Casa Paco. La verdad que la cercanía y el interés en como nos atendieron ante una simple pregunta, y sin ser huéspedes siquiera, fue suficiente para ratificar el trato desigual que nos dio la señorita inglesa. Allí contactamos con una guía especializada que nos confirmó lo que veníamos intuyendo, la inglesa de mierda sólo era la típica estrellita que sólo quería ponerse las medallas. Nos contó que hubo un programa de protección de nidos de tortugas, y que la inglesa estuvo allí la primera y le concedieron un premio a la más máquina o algo así. Pero que una vez pasado eso no volvió a colaborar de forma activa nunca más. Pero eso sí, la charlita sobre las tortugas nos la dio a todos los inquilinos en Finca Exótica. La verdad es que la guía que conocimos en el Lookout Inn fue super agradable, y aunque nos dijo que podíamos ir con un guía al camino por la selva, nos hizo entender que no había de qué preocuparse, que íbamos suficientemente preparados para hacer el camino y que todo iba a salir bien. En resumen, nos dijo lo que necesitábamos oír, sin faldar, sin mentir, sin dar largas ni excusas. Si algún día vuelvo a Carate me alojaré allí, sólo en respuesta al detalle que tuvieron con nosotros.

Nuestra tiki-tent

Nuestra tiki-tent

Y el aseo

Y el aseo

Ojalá todos los senderos de Corcovado fuesen tan claros como este de Carate

Ojalá todos los senderos de Corcovado fuesen tan claros como este de Carate

Ese mismo día, antes de consultar con la guía, habíamos hecho una caminata de unas 2 horas hasta la entrada del parque, pero no conseguimos alcanzarla. En realidad sólo nos faltó como 100 metros, pero no vimos la entrada porque estaba detrás de un lodge, el último y más lujoso de todo Carate, y no quisimos perdernos el almuerzo, que estaba incluido en Finca Exótica. Esa tarde, igualmente tensos pero decididos a hacerlo por nosotros mismos, fuimos a darnos un baño en la playa. Impresionante el agua, la temperatura y la fuerza del mar. A mí me encanta el agua, y siempre que estoy en la playa o incluso la piscina, nunca quiero salir hasta que las yemas de los dedos están a punto de caerse. Pero Espe, que ya llevaba un rato fuera, me insistía en que había que preparar los bocatas y hacer la maleta porque a la mañana siguiente había que salir. Llevaba razón. Justo cuando terminamos de ducharnos nos enteramos de que en la misma playa donde hacía unos minutos estuvimos bañándonos, se había abierto un nido de tortugas y habían empezado a caminar hasta la playa. Maldeciré por siempre a Satanás por haberme perdido ese espectáculo sin precedentes que me moría de ganas de vivir. Pero sí es cierto que de habernos quedado más tiempo tendríamos que haber preparado la maleta con la luz de los frontales, algo bastante incómodo pero que hubiera sacrificado sin dudarlo.

So os fijáis, abajo a la izquierda se ven unos palos y unas tiras de madera entrecruzada. Éso es un nido de tortugas señalizado para su protección

So os fijáis, abajo a la izquierda se ven unos palos y unas tiras de madera entrecruzada. Éso es un nido de tortugas señalizado para su protección

Por la noche de nuestro segundo y último día, la inglesa con su acento nos confirmó, la muy bitch, que no iba a ser posible lo del guía. Gracias por nada, anormal. Cenamos un casado de cerdo buenísimo, y nos fuimos a sobarla. Nos levantamos como a las 6 de la mañana porque era la hora que habíamos calculado para coger las mareas a una altura adecuada que nos permitiera atravesar los ríos sin ser devorados por un cocodrilo o atacados por un bull shark (lamia). Y la dueña del lodge nos tenía preparadas unas bolsitas de desayuno que estaban de puta madre, con su cajita de zumo incluida, lo que es encomiable si tenemos en cuenta que la noche anterior hubo una super fiesta con motivo de la celebración del cumpleaños de uno de los trabajadores y el dueño. Así que rellenamos todo el agua que pudimos, cogimos nuestra comida (y dejamos algunas cosas que no iban a durar más), nos pusimos las pesadas maletas y ala, a andar como cosacos.


(La extraña calma de la selva)

Espe empezó muy contenta la caminata

Espe empezó muy contenta la caminata

Eso que se ve a lo lejos resultó ser un tipo en un burro llevando víveres a la estación La Leona

Eso que se ve a lo lejos resultó ser un tipo en un burro llevando víveres a la estación La Leona

La verdad es que los paisajes son alucinantes

La verdad es que los paisajes son alucinantes

Tuvimos la suerte de que a esa hora de la mañana estaba nublado, por lo que el sol no nos molestó demasiado en el primer tramo que transcurre por la playa justo antes de entrar al parque. Una vez en la entrada, esta vez sí, hay un ranger station, La Leona, en el que puedes rellenar agua, ir al baño, y hacerle preguntas al guarda-parques. El tipo, aunque un poco seco, fue agradable y correcto y nos indicó por donde empezaba el primer trail o sendero. También nos pidió que firmáramos en un papel para saber si nos perdíamos y no conseguíamos llegar a la estación destino, y que por supuesto, pasara lo que pasara, nosotros éramos los responsables últimos de todo. La típica cosa que da un poco de canguelo pero que en realidad no es nada del otro mundo. También vimos que éramos los primeros del día, por lo que lo más probable es que fuésemos solos todo el camino, algo que no nos gustó mucho. Y así comenzó nuestra travesía en lo que ha sido una vivencia extraordinaria, tan intensa como enriquecedora.

16km en poco menos de 8 horas, parecía pan comido...

Aquí ya habíamos andado algo más de 3km…

Árboles serpenteantes

Árboles serpenteantes

El camino está, de alguna forma, divido en dos mitades más o menos. Y cada mitad tiene partes que transcurren por la selva y partes que transcurren por la playa. Y las partes sencillas, creímos al principio, eran las de playa. Nada más entrar, quizás a los 20 minutos caminando, empezamos a ver gente que venía de regreso de la otra estación, que había salido prácticamente de madrugada y ya estaba llegando de vuelta. Lo siguiente fue un aviso pasivo agresivo de Espe de que me quedara super quieto y retrocediera lentamente. Acojonado, obedezco y descubro para mi sorpresa una serpiente gigantesca subiendo por la rama que casi tocaba con la cabeza. Sí, me hice caquita líquida. Después nos enteraríamos de que era una constrictora y que pese a ser tan grande nada podría haberme hecho más que la molestia y el susto. De cualquier modo, mejor ser más precavido el resto del camino, pensé.


(Dio miedete, sí)

Caminar por la selva es agotador. No sólo por el peso, sino por la extrema atención a los detalles que hay que aplicar. Al principio, al ser un entorno tan distinto, prestas o crees prestar atención a absolutamente todo. Tu cerebro te dice que vas andando por un lugar repleto de estímulos que no conoce, se flipa, y comienza a fijarse en todo. Es agotador. Dar un paso, mirar el suelo e identificar de entre las raíces si hay serpientes, mirar arriba no vaya a ser que haya otra serpiente, mirar atrás cada 4 pasos más no sea que no reconozcas el camino de vuelta, al mismo tiempo mirar a los lados por si las cosas que hacen moverse las ramas y los arbustos no fuesen amistosas, y por supuesto mirar hacia adelante, tratando de ver la senda por la que tienes que seguir caminando. Como digo, extenuante a nivel mental. Un par de horas más tarde, milagrosamente tu cerebro ha empezado a hacerlo todo maquinalmente, sin darte cuenta. Es más, tus sentidos se agudizan como por arte de magia, empiezas a sentirte más natural, andas de manera más relajada, e incluso te vuelves capaz de diferenciar huellas de personas en el fango, y eso que lo de las huellas es las típicas cosas que ves en películas o series como Perdidos y piensas, «sí, claro, anda que vas a poder distinguir huellas en la selva», pero puedes, sí que puedes.

Y así caminando llegamos al primero de los dos ríos que había que cruzar. La marea aun no era lo suficientemente baja, pero el Río Madrigal no tiene la fama de peligroso que tiene Río Claro, el segundo a cruzar. Así que aunque cubría bastante, nos pusimos las mochilas en la cabeza y lo atravesamos. Obviamente después de pensarlo y debatirlo un rato, y tras preguntarte unas cien veces porqué habíamos decidido ir a la selva por nuestra cuenta. Y si a mí me cubría y casi me llegaba la ingle, a la pobre le llegaba por la cintura y casi se le cae la maleta, además de una chancla casi se me escapa por la corriente. La putada es que el resto del camino tuvo que ir mojada y con la humedad de selva no se secó bien, lo que terminó provocándole una herida nada agradable por rozadura. Fue el primer momento de inflexión del camino.

Espe señalando por dónde le había llegado el agua, en ese río Madrigal de engañosas aguas

Espe señalando por dónde le había llegado el agua, en ese río Madrigal de engañosas aguas

Seguimos andando, pues, desesperanzadoramente sin ver más que 3 personas desde que pasamos la estación La Leona, y venían también en dirección opuesta. Los siguientes humanos en esas primeras 3 horas los encontramos en una salida del sendero a la playa. Allí un guía estaba llevando de vuelta a un grupo de turistas y nos dijo que ahora debíamos caminar por la playa un tramo, pero que para alcanzar la arena primero debíamos esperar un poco, porque la marea estaba aun muy alta y la única forma de llegar a la playa sin ser estampado contra las rocas era correr unos 20 metros entre ola y ola, con las mochilacas a cuestas, of course. La otra opción era esperar, pero eso implicaba llegar más tarde al otro río que había que cruzar, el peligroso, y encontrarlo con la marea demasiado alta, así que decidimos hacerlo en el momento. Aunque antes de semejante tarea que nadie nos comentó previamente por lo que le estaremos siempre agradecidos a ese buen guía, descansamos tranquilamente unos minutos, miramos el pequeño reloj de bolsillo que llevaba a lo Tico de Willy Fog (un iPod mini medio roto que me encontré un día bus, en realidad), y tomamos unas mandarinas que la madre de Roberto nos dio al salir de Alajuela, que por cierto puede que sean las mejores que nunca haya probado. Esperamos ya listos a como 10 olas o así hasta que por fin vimos la oportunidad, corrimos como alimañas y logramos cruzar.

No hicimos ninguna foto de las rocas que había que pasar, pero sí del punto que sale a la playa.

No hice ninguna foto de las rocas que había que pasar, pero sí del punto que sale a la playa.

Justo después de cruzar el paso de rocas entre ola y ola. Se ve un poco al fondo.

Justo después de cruzar el paso de rocas entre ola y ola. Se ve un poco al fondo.

Desde el momento que cruzamos las rocas tocó andar por la playa, más que nada porque perdimos, o eso creemos, la re-entrada a la selva, con su agradable clima húmedo, bichos y sonidos. Fueron dos horas durísimas caminando bajo el sol abrasador, que nos daba por el lado izquierdo. Espe y nos distanciamos, pues era imposible que intentásemos ir los dos al mismo ritmo. A la mitad o así de ese tramo (eso de los tramos me lo invento, nadie te dice que haya tramos, pero así es como yo al final los tengo identificados en mi memoria) encontramos a un grupo de shaveas viniendo, cómo no, en sentido contrario. Iban realmente mal preparados, no sé si con agua suficiente, y definitivamente con un calzado no adecuado. Era la puta selva, de verdad que hay gente imbécil. Nos preguntaron en inglés que cuánto faltaba para la La Leona y les dijimos que unas 4 ó 5 horas, que estaban a algo más de la mitad del camino. Maldicieron.

Casi podíamos ver La Chancla desde aquí.

Casi podíamos ver La Chancla desde aquí.

Seguimos caminando, que es básicamente en lo que consiste la cosa. Eso sí, cada vez más cansados física y anímicamente. Yo terminé primero el tramo de playa abrasador y esperé sentado a que llegara Espe, a la que podía ver aun a lo lejos. La vista desde el punto en que nos encontrábamos era sencillamente indescriptible, naturaleza en su estado más puro, virginal, primaria, quizás uno de los lugares más ignotos en los que he estado. Mientras Espe llegaba me puse a pensar que parecía que el sendero se había terminado, pues no veía por ningún sitio la continuación: sólo playa a un lado, rocas al otro, y detrás una ladera difícil de subir. Pero no fue hasta que llegó Espe que la desesperación se apoderó de nosotros. Efectivamente nos habíamos perdido. Nos agobiamos. Nos pusimos muy nerviosos. Y encima empezó a llover de manera torrencial en una de esas tormentas tropicales. Caímos entonces en cuenta de que había unas pisadas en la arena que venían de arriba de la ladera, y que si seguía lloviendo así se iban a borrar y habríamos perdido el único rastro que teníamos. Tras debatirlo mucho y en pleno estado de agitación, optamos por escalar como pudimos la ladera, casi al azar, pues era, de las tres opciones, la que sonaba más viable. Pero era demasiado tarde, cuando conseguimos escalar aquello como pudimos, agarrándonos a las piedras arcillosas que se deshacían, y a las raíces roídas que se quebraban, las últimas huellas se habían borrado y el sendero ahora estaba oculto a nuestros mal entrenados ojos. Todo en la selva se intensifica. Mucho. La cabeza empieza a pensar en nada bueno, y cosas muy raras te pasan por la mente. Yo, que quién guió todo el camino y hasta ese momento habíamos dado con el sendero, decidí finalmente explorar un poco el terreno y le pedí a Espe que esperar quieta, que yo ahora volvía. No le hizo ni puta gracia, obviamente. Pero no quedaba más remedio. Bajé un poco la ladera por otro flanco, pero el terreno se sentía virgen en mis pies. Nadie había pasado por ahí antes. Ése no era el camino. Espe entonces me gritó para que volviera, que creía que había encontrado el sendero. Subí como pude y ahí lo vi, ante nosotros y bajo la lluvia, lo que ahora resultaba evidente pero que se había vuelto invisible un instante antes. Pese a todo no estábamos del todo seguro de que ese fuera el sendero. Pero no quedaba más remedio que continuar caminando y ver qué pasaba. Y eso fue lo que hicimos, yo delante, pero notablemente menos confidente de mí mismo, aunque al mismo tiempo tratando de mostrarme decidido en todo momento y que Espe no notara ni un atisbo de lo inseguro e inerme que me sentía. Al día siguiente nos contarían que nos habíamos dejado atrás la re-entrada al sendero por la selva y habíamos atravesado por una parte que no era la adecuada, aunque por suerte saliéramos de nuevo al sendero. Y todo gracias a algún pobre diablo que también se perdió en algún momento antes que nosotros, y en dirección opuesta. Quién sabe si quizás eran los tipos aquellos que nos encontramos.

Yo mostrando mi angustia ante la peliaguda situación en que nos encontrábamos, perdidos y dejados de la mano de Dios.

Yo mostrando mi angustia ante la peliaguda situación en que nos encontrábamos, perdidos y dejados de la mano de Dios.

La lluvia seguía sin dar tregua, así que cubrí la mochila con mi abrigo y Espe se puso su impermeable. Seguimos adentrándonos en la selva y ahora era evidente que estábamos en la mitad del sendero menos transitado. Según nos enteramos después, muchos guías llevan a turistas hasta La Chancla, que es el punto donde yo estuve esperando a Espe al final de la playa, y los traen de vuelta por donde han venido. Por lo que en realidad, esa segunda mitad del camino no es tan frecuente. En ese momento di un paso y sentí que el pie se me había hundido un poco. Di otro y se hundió un poco más. Al tercero me di cuenta de que estábamos atravesando un lodazal formado por la lluvia, lo que en mi cerebro se asoció rápidamente a arenas movedizas. Consiguiendo de alguna manera no entrar en pánico, logré salir de aquello con los pies totalmente cubiertos de barro aunque casi secos. Eso sí, mis tan queridas Merrel quedaron hechas unos zorros. Espe, por su parte, se quedó atrapada a la mitad y empezó a agobiarse mucho. Yo no podía hacer nada para sacarla, pues nos hundiríamos los dos. Así que intenté darle indicaciones de por donde salir y consiguió también salir. Llegamos a la conclusión de que ése no era el camino, y retrocedimos un buen trecho hasta encontrar algún lugar que creímos conocido.

Por fin paró de llover. No sabíamos a qué altura del camino estábamos, pero ya pasaban las 7 horas de caminata del total de 8 que se supone necesitas para completarlo. Nuestros principales miedos eran 1) que la marea no fuese favorable para cruzar Río Claro, y 2) que se hiciese de noche y muriésemos en la selva devorados. Mentiría si digo que no fueron pensamientos que pasaron por nuestras cabezas tras tener que retroceder tras el lodazal. Exhaustos, hicimos una breve parada en un saliente que daba a la playa y tomamos algo. Descansamos un poco y notamos después unas extrañas huellas en la arena. No eran humanas, eran felinas. Nos cagamos. Pero nunca vimos nada. Poco tiempo después descubrimos un extraño animal, una cosa parecida al oso hormiguero. Resultó ser un oso tamandú, familiar del primero, pero mucho más pequeño. Era casi como un extraterrestre para nosotros. Con movimientos lentos y parsimoniosos se desplazaba tranquilamente. Por suerte es inofensivo, y realmente bonito y mágico de observar.

Elo aquí el oso tamandú, adorable.

Elo aquí el oso tamandú, adorable como él solo.

Caímos en cuenta entonces de que con tanto estrés durante el camino no habíamos prestado atención a la cantidad de bichos con que nos habíamos topado. Básicamente les echábamos un vistazo rápido y las descartábamos si no eran especies peligrosas para nosotros. También es cierto que Espe, al no tener que estar pendiente del camino, tuvo más oportunidades para identificarlos. Pero sí que vimos un montón de guacamayos, loros, tairas, pacas, pavos reales, lagartos de varios tipos, pizotes o coatíes, monos capuchinos, ranas, serpientes, tucanes, heliconias, monos aulladores, hormigas cortadoras de hojas, zarigüeyas, pecaris, e incluso monos araña. Es más, justo después de eso, y de ver en mitad de la selva un frigorífico ajado y oxidado que la marea, imaginamos, llevó selva adentro en una tempestad aterradora, nos descubrimos de repente en mitad de un llano violáceo coloreado por las flores caídas de los árboles. Y allí estaban, tranquilos y en su ambiente, una manada de jóvenes pecaris, un tipo de jabalí. La estampa era como sacada de un cuento. Los pequeños son encantadores, pero eso significaba que muy cerca debían andar los progenitores, que seguramente no estarían muy contentos con nuestra visita. Así que con total tranquilidad y sin hacer quebrar ni una rama, pasamos tan cerca que casi podíamos tocarlos, atravesando todo el llano y su manto púrpura, hasta que los dejamos atrás, sin que nos hubieran sentido como amenaza, sin que se asustaran lo más mínimo. Increíble de verdad.

A veces es difícil seguir el sendero, muy difícil.

A veces es difícil seguir el sendero, muy difícil.

Pecari que ni se inmutó por nuestra presencia.

Pecari que ni se inmutó por nuestra presencia.

Señal divina de que íbamos por el buen camino.

Señal divina de que íbamos por el buen camino.

Para entonces ya llevábamos algo menos de las 8 horas estipuladas y empezamos a impacientarnos, pues ya deberíamos haber llegado a Río Claro. El camino, tras una nueva lluvia, se volvía cada vez más escurridizo y difícil de seguir. En un momento dado, tomé la decisión de seguir lo que yo creía que era el sendero, pero que nos llevó por casi 30 minutos selva adentro. Tanto que dejamos de oír el mar a nuestra izquierda. La espesura se hizo tal que el sol apenas penetraba. La humedad subió radicalmente y la fauna cambió. Espe estaba intranquila y no muy convencida de que fuese el camino correcto. Yo ocultaba mis temores y le decía que no podía ser otro. A lo lejos, un cuchillo clavado en un árbol y unas botas colgadas nos dieron dos impresiones distintas. Por una parte era señal inequívoca de que había un humano cerca, el primero desde que nos perdimos en aquella playa. Por otra era un puto cuchillo clavado en un árbol, algo que no esperas encontrarte en la selva y que si bien implica la existencia de una persona, puede ser que no sea lo amigable que te esperas. Es más, si hubiésemos estado siguiendo un camino equivocado dese la playa a saber a dónde coño estábamos llegando. Lo único claro era que el mar había estado a nuestra izquierda, por lo que muy mal no debíamos andar. Quizás esa última adentrada en la jungla es lo que sobraba. Espe se mostraba cada vez más inquieta. Pero decidimos seguir adelante esta vez incluso más alerta que antes.

En cierto momento el camino que una vez se adentró en la selva comenzó como a intentar salir de nuevo al mar, aunque nunca llegamos de nuevo a estar cerca de la playa. De repente, al girar un par de árboles y saltar unas raíces, dimos con un señal que decía Río Claro. Estábamos salvados, eso significaba que la estación La Sirena no estaba ya a más de 30 o 40 minutos. Eso sí, la anchura de Río Claro era varios órdenes de magnitud la de Río Madrigal. Y si el segundo nos engañó en cuanto a su profundidad por sus aguas cristalinas, ahora no nos fiábamos de cruzar Río Claro. Estuvimos un buen rato pensando qué hacer, pues si por lo que fuese mis cálculos estaban mal y ahora la marea estaba alta o lo que fuese, podría haber tiburones o incluso cocodrilos esperándonos. Poco o nada podíamos hacer llegados a ese punto más que cruzar el dichoso río. Sacamos cinta americana que llevábamos y tras quitarnos las botas Espe y los botines yo, nos atamos las chanclas a los pies y nos remangamos los pantalones todo lo que pudimos. Y cuando estábamos a punto de cruzar llegó un grupo de humanos. Nuestra sensación de alivio fue bestial. Nos sentimos salvados y de alguna manera como en casa. Es alucinante lo que el aislamiento en un terreno desconocido te puede hacer. El grupo venía con un guía, y parecía tener prisa, así que les dejamos pasar primero, obvio, para comprobar la altura del río. Para nuestro alivio, nuestras cuentas habían salido bien, es más, le retraso que llevábamos jugó en nuestra ventaja, pues el agua estaba en su mínimo. El agua apenas nos llegó a la rodilla en su parte más profunda. Fue cuando conocimos a Álvaro, otro guía que iba con una pareja francesa y que resultaron todos ser muy buena gente, así que hablamos con Álvaro para que fuese nuestro guía el día siguiente para los senderos de La Leona.

La única señal que vimos en todo el camino. Debimos haber estado más atentos.

La única señal que vimos en todo el camino. Debimos haber estado más atentos.

Espe en pleno cruce de Río Claro.

Espe en pleno cruce de Río Claro.

Río Claro, que es bastante ancho como para hacerlo a nado, como nos dijo que hizo la inglesa de Finca Exótica.

Río Claro, que es bastante ancho como para hacerlo a nado, como nos dijo que hizo la inglesa de Finca Exótica.


(Cruzando de nuevo Río Claro al día siguiente)

Cruzamos el río y ya más tranquilos andamos lo que faltaba para llegar a la estación detrás del grupo de Álvaro. La estación está en un claro de bosque primario que da a la playa, pero la entrada no es demasiado grande, así que es fácil pasársela y llegar hasta Río Sirena, éste sí no debe ser cruzado bajo ningún concepto. Nosotros no nos pasamos la entrada y llegamos por fin a la estación biológica La Sirena. Me sentí mejor que nunca, aliviado, tranquilo, orgulloso, destruido, a salvo. Una extraña combinación de sensaciones. Llegamos por fin, lo conseguimos y sin pasar penurias por agua (es fácil deshidratarse en la caminata). ¡Y estábamos vivos!

Mimetizado.

Mimetizado.

Espe bajo la mosquitera que nos salvó de las picaduras.

Espe bajo la mosquitera que nos salvó de las picaduras.

En la estación, además de pagar para poder acceder al parque, te permiten acampar en una terraza techada y en alto, para evitar las serpientes; o pagar por compartir litera en unos barracones. El precio no demasiado diferente de las literas implicaban cargar menos peso en la caminata, pues una tienda, saco y esterillas añaden como mínimo 4kg más a nuestras ya pesadas mochilas, así que optamos por dormir en las barracas. Compartimos «habitación» con la pareja francesa y una litera quedó sin ocupar. Cenamos con ellos y con su guía y acordamos con Álvaro un precio para unirnos a ellos al día siguiente para poder disfrutar de algunos tours sin tener que preocuparnos de los peligros y con la seguridad y tranquilidad que da caminar con un guía. Fue por fin cuando pudimos nadar en una piscina natural, ver un perezoso, ranas nocturnas, o hasta casi un ocelote. Y esta vez cámara en mano. La selva es otra cosa cuando vas con alguien que se la conoce como la palma de su mano. Es otra experiencia. No me arrepiento de haber hecho el camino solos, pero sí es verdad que disfrutamos de la jungla a otros niveles que si hubiéramos hecho el camino con un guía. Al final la inglesa de Carate llevaba razón en parte. Lo cierto es que la jungla es algo tremendamente agotador y peligroso, hay que ir muy que pero que muy bien preparado e informado y con las energías al 100%. Incluso así, una mala decisión o un golpe de mala suerte puede ser fatal. Por cierto, las botas colgadas del árbol, según nos contaron, podrían ser de indígenas, buscadores de oro o furtivos que se escondieron al vernos por allí. Al parecer, lo que ahora es el sendero de la selva era un camino antiguamente transitado por los indígenas de la zona, de hecho Álvaro incluso nos enseñó dónde solía estar la escuela.


(Si no te dicen que son monos te imaginas a Godzilla)

Y ésta, de lejos, la mejor foto que nunca haya tomado.

Y ésta, de lejos, la mejor foto que nunca haya tomado.

Y así transcurrieron los días en La Sirena, aprovechando las mañanas desde alba y yéndonos a dormir bien temprano, pues cuando el sol se pone ya no se puede hacer otra cosa. Por suerte llevábamos una mosquitera que nos salvó de morir a picaduras, como le pasó a la pobre pareja francesa, que se levantaron ambos días con enormes señales, incluso durmiendo con pantalones vaqueros. Los último que vimos antes de partir fue el Río Sirena, con sus tiburones y cocodrilos justo a unos metros de nosotros. También en la estación hablamos con algunos grupos, entre ellos un par de chicas que venían del Chirripó, un pico al que se puede subir sin necesidad de equipo de escalada y desde el que se ve a un lado el Pacífico y al otro el Atlántico. Pero después de investigarlo mientras estábamos en La Sirena, resultó que no andábamos bien de tiempo ni equipo para hacer la ascensión, así que todo el dolor de mi corazón, y para alivio de Espe, optamos por no hacerlo y quedarnos cómo estábamos. Además creo que había que pedir permiso antes o algo así, no recuerdo bien.

Tapir retozando.

Tapir retozando.

El árbol que está en la entrada a la estación por la playa.

El árbol que está en la entrada a la estación por la playa.

En la piscina natural.

En la piscina natural.

Y el de detrás es el Río Sirena, el que no se puede cruzar.

Y el de detrás es el Río Sirena, el que no se puede cruzar.

Más del Río Sirena.

Más del Río Sirena.

Zamburguesas en los senderos de alrededor de la estación. Ojalá hubiésemos tenido de esas en la caminata.

Zamburguesas en los senderos de alrededor de la estación. Ojalá hubiésemos tenido de esas en la caminata.

El afable Álvaro.

El afable Álvaro.

Como fuere, con la cabeza bien alta y la sensación de misión cumplida, decidimos que en lugar de pasar tres noches en La Sirena sólo pasaríamos dos. En parte porque entre los malos cálculos y el clima tropical nos habíamos quedado ya sin comida y la de la estación estaba reservada para los científicos y era muy cara. Álvaro nos invitó a un par de comidas, pues algunos guías tienen taquillas en la estación y no necesitan cargar bártulos para cocinar ni comidas no perecederas; pero incluso así no nos daba. Tras la segunda noche en la estación, Álvaro y la pareja francesa se despidieron y marcharon de nuevo al principio del camino, desandando lo andado. Nosotros contactamos con el alojamiento en Drake para que uno de los botes que envían desde allí para hacer excursiones en la estación, nos recogiese y llevase fuera de la jungla. Antiguamente había un sendero transitable que te llevaba hasta Drake, pero los habían cerrado como medida de protección para los felinos que por allí vivían. Las otras sendas iban al norte y no nos servían de mucho, así que por ese motivo decidimos tomar un bote, nada barato por cierto (unos $35 cada uno). Cuando el bote estaba a punto de partir comenzó a llover cerrando el periodo de tregua que nos dio desde que llegamos a La Sirena. La tormenta fue violenta y pudimos ver con nuestros ojos cómo varios botes casi vuelcan. Fue justo antes de tener que montarnos en uno de ellos. Asustaba un poco pero en realidad fue más divertido que otra cosa. Eso sí, para la próxima vez mejor sentarse detrás, cerca del motor, de manera que los botes contra el agua se notasen menos en el ano. En esa travesía, el capitán del bote sacó un par de piñas para alimentar a los turistas de la excursión y tuvo el detalle de darnos un par de pedazos a nosotros. Después de la caminata y los días en La Sirena, era la primera vez que tomábamos algo de fruta. Fue una experiencia religiosa: pudimos sentir cómo los jugos de la piña se adueñaban de la boca, cómo el agua que contenía nos hidrataba a cada mordisco, y cómo el sabor de lo que parecía una piña corriente se transformó en un manjar sin parangón. La mejor piña que jamás he probado.

Llegamos por fin a Drake. Bahía Drake es poco más que un camino de arena que baja hasta a la playa. Tiene un par de sitios para comer, otro par para dormir, un colegio y un bar. No hay mucho que hacer allí directamente, pero sí que es un buen sitio del que salir para hacer otras cosas. En el camino en bote, ya próximos a Drake, pudimos ver perdidos en la selva lujosos eco-lodges aislados del mundo. Ni imaginar puedo el precio por noche en uno de esos. Una de las tardes en Drake dimos un paseo por toda la bahía y ciertamente esos alojamientos eran la bomba. Aunque sí es verdad que quizás con demasiadas comodidades. Desde nuestra angosta pero correcta habitación en Cabinas Murillo (quiénes además habían organizado lo del bote que vino a por nosotros), con ducha propia y vistas al mar. Lo de la ducha fue nuestro único requisito, casi no me creo cuando sentí caer el agua calentita.

Las «vistas al mar» de Cabinas Murillo.

Las «vistas al mar» de Cabinas Murillo.

El agua turquesa de Isla del Caño.

El agua turquesa de Isla del Caño.

Rana cristal.

Rana cristal.

La venenosa rana blue jeans.

La venenosa rana blue jeans.

En Drake aprovechamos para hacer un par de excursiones. Una no muy excitante de ranas, aunque sí que vimos a la famosa y venenosa blue jeans y varios sapos toros, y otras dos más. La primera fue a Isla del Caño, una isla virgen en la que no puedes ni comer porque enseguida vienen hormigas y te acechan. Además tampoco puedes quedarte a dormir allí: sólo hay una estación con algunos guardaparques pero no existe la entrada al público. Lo más que un turista puede hacer es llegar a una playa específica y vigilada a descansar un poco y bucear en los alrededores. Yo nunca antes había buceado ni hecho snorkeling, y la verdad es que no me apetecía pagar lo que costaba bucear, así que por menos de la mitad nos metieron en un bote y nos dieron gafas y tubos para buceo de poca profundidad. Eso sí, que no os pase como a una china que venía en el bote, que no sabía nadar, pagó el tour y, obviamente, no aguantó ni 5 minutos en el agua antes de querer meterse otra vez en el bote. Pero es increíble eso de bucear, y yo siquiera lo hice con bombona. Vi algunos tiburones haciendo cosas de tiburones en el fondo, bancos de peces que te rodeaban cuando les pasabas cerca, varios tipos de peces. Y entonces apareció, una tortuga enorme nadando con toda su majestuosidad a menos de un metro de mí. Me quedé paralizado, simplemente observándola. Fue maravilloso. Y la pobre Espe se lo perdió porque en la segunda inmersión que hicimos se quedó en el bote porque no se encontraba muy bien. Lástima, porque fue increíble.

El segundo tour interesante fue de canopy o tirolina. Los tipos nos recogieron en Drake y nos llevaron hasta esos inmensos especímenes de bosque primario en los que tenían plataformas construidas con madera y cables metálicos que unían las copas de los árboles. Luego, tras ponerte el equipo y tomar las pertinentes medidas de seguridad, lo único que había que hacer era colgarse de los cables y deslizarse de un árbol a otro. Al principio da canguelo pero la verdad es que es muy divertido. Y no mucho más hicimos sino descansar durante los tres días.

Entre los árboles.

Entre los árboles.


(Mola un huevo)

La recompensa al llegar a Drake.

La recompensa al llegar a Drake.

A la mañana del tercer día nos esperaba el camino de vuelta a San José, donde Roberto nos estaría esperando en el centro de la ciudad mientras participaba junto a su hermano y otros amigos en una iniciativa de abrazos gratis. El camino desde Drake a San Juan se dividió en tres tramos. En el primero tomamos un bote que nos condujo por el río Sierpe hasta llegar a Sierpe. El río discurre entre meandros y manglares, en los que pudimos ver bien de cerca a los cocodrilos que por allí andaban, la mayoría tomando el sol tranquilamente. Luego en Sierpes hay que tomar un taxi o colectivo que te lleva hasta Palmar Norte, y desde allí el último tramo que comprende el viaje en bus hasta llegar a San José, cosa que hicimos alrededor de las 4 de la tarde. El bus nos dejó en la estación y desde allí tomamos un taxi que nos dejó lo más cerca que pudo, a precio de oro, puesto que había una especia de desfile, imagino que con motivo de la Navidad, y no pudimos llegar hasta donde acordamos. Pero fue fácil. Finalmente nos encontramos con Roberto y los otros y nos dio un pequeño tour por el centro de San José, que la verdad es que no tiene demasiado que ver. Por último nos llevó a Alajuela, a su casa, donde dormimos esa noche tras una rica cena con tamales, que como dice la tradición costaricense, en Navidad el tamal ni se pide ni se compra, se regala. ¡Qué ricos estaban! El día siguiente El hermano de Roberto programó un viaje a San Lorenzo de San Ramón, para hacer barranquismo mezclado con tirolina. Lástima que, debido a que nos íbamos a mojar bien mojado, no pude llevar cámara. Al principio la cosa fue parecida a Drake, subíamos a las plataformas de los árboles y nos deslizábamos de unos a otros por lo cables metálicos. Pero entonces, en la segunda mitad de la excursión, llegamos a uno de esos puentes colgantes que dan miedo de sólo mirarlos y allí, en la mitad del puente, uno de los guías había abierto el suelo levantando algunas placas y preparado el hueco por el que supuestamente teníamos que bajar, literalmente, al vacío, nada más colgados de nuestros arneses. Fue increíble, aunque reconozco que dan miedete. Desde ese punto la excursión fue todo el tiempo descendiendo por rocas y cascadas, genial. Al terminar también pasamos por Sarchí y nos comimos unas empanadas tamaño industrial.

Artesanía y decoración de Sarchí.

Artesanía y decoración de Sarchí.

Una de las ruedas de los carros decorados.

Una de las ruedas de los carros decorados.

La gran empanada

La gran empanada

Pero todo lo bueno se acaba, tristemente. Esa misma noche, creo, nos tocaba ya volver. Así que nos despedimos de la increíble familia Ulloa, que nos volvió a llevar al aeropuerto y encima nos obsequió con café y otros recuerdos del país. Sé a ciencia cierta que volveré a Costa Rica, y espero hacerlo antes de que mi cuerpo me impida subir al Chirripó, pues es de las cosas que tengo pendientes. El viaje de vuelta no fue accidentado aunque sí muy largo y con muchas escalas. Llegamos sanos y salvo, con una gran vivencia a nuestras espaldas y la certeza de haber vivido una aventura inolvidable. ¡Pura vida!

Menudo personaje el padre de Roberto

Menudo personaje el padre de Roberto

Y siempre está el imbécil que te saca de la carretera y te estampa contra un árbol. Por suerte todos estamos bien.

Jueves, 5 septiembre, 2013


(Killer on the road…)

Por fortuna, y lo primero, es que todos estamos bien. Y ahora, aunque aun me queda por contaros el viaje a Islandia, creo que es mejor que aclare un poco qué pasó el pasado viernes.

Espe con el cáliz del que sólo beben los que se gradúan

Espe con el cáliz del que sólo beben los que se gradúan

Después del cumpleaños de Espe y su exitosa defensa de tesis de maestría (y ulterior fiesta estrepitosa de la que, sorprendentemente los vecinos lejos de quejarse se alegraron ya que hacemos pocas y pensaron que esta debía ser debida a algo grande que celebrar porque estábamos poniendo canciones en español a todo volumen en el patio), decidimos que a la semana siguiente iríamos de camping. En realidad lo habíamos decidido bastante antes, ya que David e Itziri, dos compañeros y amigos nuestros fueron el verano pasado al Parque Nacional de Bruce Peninsula, el extremo de un brazo de tierra que separa el lago Huron de la bahía Georgian, y nos dijeron que éste querían repetir, que si los acompañábamos. Dijimos que sí, era justo lo que necesitábamos para poner la guinda al final del verano. Conseguimos reservar sólo una noche dentro del parque, porque se llena con meses de antelación, y llamando una semana antes sólo tienes la posibilidad de que alguien haya cancelado a última hora; para la otra noche del fin de semana, que por cierto era long weekend ya que el lunes fue el Labour Day, reservamos fuera del parque en otro camping, aunque bastante cerca también.

Casi me endiña creyendo que yo era la piñata...

Casi me endiña creyendo que yo era la piñata…

El viernes, a primera hora de la mañana, bueno, a lo que nosotros consideramos primera hora de la mañana, fuimos a alquilar el coche para el viaje a Enterprise, donde siempre solemos alquilar coches porque ya sabemos que todo suele ir bien. Espe e Itziri habían reservado un coche de la clase intermediate, un Toyota Corolla (que en Norteamérica son distintos), para así tener más espacio en el maletero y poder llevar más bártulos como sillas y cosas así. Pero Itziri olvidó su carnet de conducir y David no tenía tarjeta de crédito, por lo que los únicos conductores autorizados para el vehículo éramos Espe y yo. Nada del otro mundo. Yo decidí conducir a la ida y quizás Espe a la vuelta. Es un trayecto de alrededor de 5 horas yendo sin prisa, y como no teníamos ninguna, así fuimos.

El camino la verdad es que se nos hizo relativamente corto, pues íbamos los 4 charlando alegremente, David en el asiento del copiloto hablando conmigo de cosas interesantes de programación, Itziri y Espe detrás, despellejando a alguien o cotilleando; todo aderezado con buena música de las emisoras de radio locales en las que siempre había algún gran tema americano. Llegamos al parque, pasamos el primer checking point y entramos a la carretera estrecha y llena de curvas que te lleva hasta el aparcamiento del camping. Es una carretera en la que, dependiendo del tramo, sólo se puede circular a máximos de 20 ó 40 km/h. Pues bien, cuando estábamos a literalmente 2 minutos de llegar al destino, de repente, en una curva bastante abierta, veo que un Jeep (con remolque que se veía bastante pesado) viene por su carril en dirección contraria a la nuestra y comienza a coger la curva un poco demasiado rápido. Luego me doy cuenta de que la está cogiendo demasiado abierta e invadiendo nuestro carril, por lo que intento yo echarme también a un lado para dejarle paso. Pero resulta que no, que el tipo del Jeep no consigue controlar su vehículo, por lo que en ese momento lo único que pude hacer para evitar el choque frontal es seguir desviándome a la derecha y ver si así pasaba sin tocarnos. Pero en el último momento el tipo gira a su izquierda, supongo que por el mismo motivo, pero ya era demasiado tarde, estaba totalmente en nuestro carril y nosotros a punto de salirnos de la carretera. El último momento de lucidez que recuerdo fue cuando su rueda delantera derecha impactó con nuestra carrocería, pero no frontalmente, sino de lado, de manera que el coche de ellos empujó al nuestro de forma violenta fuera de la carretera, donde colisionamos de frente y de manera brutal contra un robusto pino. Todo pasa tan rápido que apenas te da tiempo de pensar en nada. Reaccionas casi por instinto, y cuando te das cuenta de que lo que ha pasado es que has tenido un accidente de coche sin hacer tú nada mal, ya es tarde. Por fortuna tengo memoria de casi todo el incidente. Recuerdo perfectamente que antes de chocar estaba mirando cómo el puto Jeep de los cojones iba directo a nosotros y nos daba en el lateral, claro, y que en ese momento aparté los ojos de la carretera y no pude ver el árbol, por lo que tampoco pude esquivarlo. En tan sólo un instante todo había terminado. Al abrir los ojos lo primero que vi fue una bolsa blanca en mi cara. El airbag, que literalmente nos había salvado la vida. Lo desinflé con las manos maquinalmente para tener espacio para salir y descubrí que había un humo blanco en todo el habitáculo del coche. Entonces recordé que no iba solo. David se estaba quitando ya el cinturón de seguridad para salir del coche, e Itziri fue la primera en abrir la puerta y poder salir. Espe, en cambio, había entrado en pánico, estaba gritando que le dolía el pecho y no atendía a razones ni a las voces de Itziri. Al verla, fríamente estiré como pude mi mano hasta tocar su pierna, entonces ella me vio en una escena tenebrosa con todos los airbags, laterales y frontales, desplegados y la luna delantera completamente quebrada tras de mí. Me vio y pareció darse cuenta de que parecía que todos estábamos al menos con la consciencia suficiente como para querer salir de allí cuanto antes. Durante todo el tiempo, que fueron segundos, mi principal preocupación, tras comprobar que todos podían salir por sí mismos, fue el humo de dentro. Todos hemos visto demasiadas películas, demasiadas, y asociamos: accidente + humo = explosión. La realidad es que no es tan fácil hacer explotar un coche estrellándolo contra un árbol. Una vez Espe medio entró en razón, le dije que saliera, pero su puerta estaba bloqueada y volvió a un transitorio estado de schock. Finalmente Itziri salió, luego David, y después Espe por la puerta de Itziri. Es increíble la velocidad con la que todo sucede. Mi puerta, que también estaba bloqueada por dentro, me obligó a tener que pasar a los asientos traseros para poder salir por fin del coche accidentado. Y nada más terminar de arrastrarme por el asiento y poner un pie en el suelo, vi al imbécil que iba conduciendo el Jeep, mi primera reacción fue espetarle que qué coño había hecho, varias veces y en distintos tonos y versiones. Ellos no parecían tener ni un rasguño y estaban bastante impresionados de lo que habían hecho. Intentaron sacar su coche para, presumo, darse a la fuga, pero su rueda delantera derecha estaba reventada por el choque o por los restos de nuestro motor. Otro vehículo que iba con ellos se quitó del medio super rápido, lo que no deja de ser sospechoso. Acto seguido fui a ver cómo estaban los demás para con gran satisfacción descubrir que todos estábamos bien. David tenía algunos cortes, Espe dolor en el pecho, yo molestias en el cuello y una mano, e Itziri en la espalda, pero al menos todos estábamos de pie y habíamos salido por nuestros propios medios.

El coche quedó siniestro total

IMG_3112 El coche quedó siniestro total, el pino, en cambio, ni se inmutó.

Fue entonces cuando empezamos a sentir las primeras magulladuras y ser conscientes de lo que había pasado y experimentas los primeros sentimientos de shock, de pensamiento trascendental y de reconocimiento del miedo que habíamos tenido, incluyendo la noción clara ya evidente de dar las gracias a los ingenieros que diseñan los airbags y los sistemas de seguridad; Dios, por su parte, no se apareció por mi pensamiento ni gratitud. O al menos eso fue lo que pensé prácticamente durante todo el día, más, por supuesto, darle vueltas constantes a mi reacción y a los y-si, ¿y si hubiera movido el volante para allá? ¿Y si hubiera frenado más rápido? ¿Y si el coche hubiera sido de morro corto? ¿Y si hubiéramos ido más rápido? ¿Y si…?. Justo al mismo tiempo oíamos repetir a los tipos decir que no había sido culpa de nadie. Sí, claro. Espe, al darse cuenta de lo que decían se abalanzó para ellos diciendo que y una mierda no era culpa de nadie, pero lo cierto es que en la situación en la que estábamos, en mitad de la nada y nosotros solos, mejor era no discutir con esos tipos con cara de estar puestos y esperar a que la policía hiciera su trabajo. Tomamos fotos del coche, de la matrícula y rehusamos hablar con los tipos. Al tiempo conseguimos hablar con la policía. Otro tipo, el que iba justo detrás de nosotros, se mostró muy amable y nos dijo que él lo había visto todo, que nosotros no teníamos la culpa y que así lo contaría a los oficiales. Y así fue, se quedó esperando en la cuneta con nosotros y Espe e Itziri en el coche hasta que llegaron la policía y los bomberos. No había mucho que contar, la escena hablaba por sí sola, pero aun así contamos nuestra versión a los policías y los bomberos, quiénes nos preguntaron si queríamos ser atendidos por ellos o preferíamos llamar a una ambulancia. El hecho de que no se llame a la ambulancia directamente es que el viaje tiene un precio, y no todo el mundo puede permitírselo. Nosotros dijimos que sí, que queríamos que viniera una ambulancia y nos revisara. Llegaron bastante rápido, les contamos nuestras dolencias, nos inmovilizaron a Espe y a mí en una camilla con collarín, pues éramos los que mostraron dolor en el cuello, y nos llevaron a los cuatro al hospital más cercano, así que tuvimos que dejarlo todo tal y como estaba porque no tuvimos más opción.

Una vez allí nos examinaron cuidadosamente, aunque no sin antes preguntarnos si teníamos seguro médico, lo que a decir verdad se siente muy raro. A mí y a Espe también nos hicieron un par de ecografías para ver si todo estaba bien. Como Espe además mostraba dolor en el pecho, le hicieron un análisis de orina para ver si había sangre. Encontraron una pequeña infección y decidieron hacerle una radiografía, pero por desgracia la máquina estaba estropeada, por lo que la única alternativa fue el ultra-sonido, 2 en total y 1 cada media hora. Entre tanto Itziri había hablado con Adam y JImena, los otros dos que faltaban por llegar al camping pero que venían desde Toronto en otro coche alquilado. Se encontraron con nosotros en el hospital antes de que a Espe le hicieran el último ultra-sonido. Casualidades de la vida, Adam tenía unos tíos viviendo en Tobermory, y nos dijo que el plan iba a ser ir a casa de ellos a pasar la noche y que al día siguiente ya veríamos. La policía, por su parte, llegó al hospital y nos dio un informe con lo sucedido, un número de caso, e información del garaje al que habían llevado los restos del coche siniestrado con todas nuestras pertenencias dentro. También nos contaron que a los tipos los habían acusado de conducción temeraria, muy bien merecido. Antes de salir del Lion’s Head Hospital, que más bien parecía un ambulatorio, y tras el excelente tratamiento que el Doctor Thomas nos dio, incluidos chistes sobre si mi diagnosis era aburrimiento o si iba a tener un niño, tocó pasar por caja. La friolera cantidad de $649.50 por cabeza, dividida en 3 partes: ambulancia, llamada de emergencia y chequeo del doctor. En un país capitalista no puedes vivir sin tarjeta de crédito.

Ya en la noche, llegamos a la casa de Uncle Jeremy, una adorabilísima pareja de jubilados canadienses sacados de una postal, que vivían en una mansión diseñada por ellos a las afueras de un pueblo remoto en mitad de la nada. Ella intelectual juraría que de origen québécois, él ex-director de conservación del museo, con tirantes, atusado bigote blanco, camisa de cuadros, y su adorada colección de relojes de torre europeos heredados de generación en generación desde el S. XVIII. Los dos, tan encantadores, se preocuparon muchísimo por nosotros, nos dieron cobijo para esa noche, toallas y útiles de aseo, y hasta nos cocinaron una deliciosa carne a la barbacoa (con vino y postre casero incluido). La verdad es que fue increíble, sobre todo después de llevar sin comer desde el mediodía cuando ya eran alrededor de las 10 de la noche y habiendo tenido el accidente sobre las 2 o así de la tarde.

A la mañana siguiente conseguimos hablar con la compañía de alquiler de coches, y gracias a que habíamos contratado el seguro básico de colisión, no tuvimos que pagar nada e incluso acordaron con nosotros un lugar y una hora para entregarnos un nuevo coche. Para entonces habíamos decidido que aunque el accidente había sido bastante traumático, no íbamos a dejar que nos estropeara uno de los pocos puentes que aun quedan en Canadá. Armado de valor me volví a poner delante de un volante. La sensación fue de lo más extraña. A cada esquina y cada coche, sentía que podía volver a chocar. Creo que si no hubiera vuelto a coger el coche entonces, quizás le habría cogido miedo de por vida. Pero no fue así.

Miniatura de Uncle Jeremy con cierto parecido a Franco de vacaciones

Miniatura de Uncle Jeremy con cierto parecido a Franco de vacaciones

Una vez ya con el nuevo coche, fuimos a ver los restos del anterior y recoger todas nuestras cosas, entre ellas el cable para cargar el teléfono, aunque lamentablemente estaba roto del impacto y estuvo incomunicado todo el fin de semana, lo que por otra parte me vino hasta bien. Sin tiempo de volver a despedir a Uncle Jeremy y su esposa y su increíble casa, nos fuimos directos al campground, montamos las tiendas y allí nos quedamos hasta el lunes que tocaba volver.

Sólo ver el coche daba miedo

Sólo ver el coche daba miedo

Bruce Península es un sitio increíble, y aunque el camping en el que estuvimos era bonito y tenía algunos senderos chulos, el Grotto es un sitio bellísimo con un agua cristalina y turquesa que poco tiene que envidiar al Caribe. La única pena es que cuando fuimos no había como muchas ganas de bañarse y estaba lloviznando.

Una vez de vuelta en London, recorrido que yo también conduje, cogimos cita con el médico para que nos volvieran a revisar para ver que todo está en orden, lo que será probablemente mañana. E intentamos arreglar las facturas del hospital, lo que aun no está resuelto. Por estar en Canadá y ser y trabajar como estudiante graduado, el seguro médico UHIP te cubre las visitas al doctor y las emergencias, pero no el viaje en ambulancia. Así que preguntamos también en el seguro de estudiantes graduados, quiénes tampoco supieron aclararnos el asunto. Finalmente acudimos a la oficina de consejo legal, donde nos dieron un número para un abogado especializado y nos informaron de que no sólo el seguro del otro vehículo debía cubrir esos gastos, sino que debía indemnizarnos. De momento estamos a la espera de hablar con el abogado, cuya primera media hora es gratis y el resto a precio de oro. Ya veremos en qué acaba todo.

En fin, que lo importante es que todos estamos bien, los 4. Y que pese al susto pudimos disfrutar de un sitio increíble como Bruce Peninsula y la rica comida que habíamos llevado, lo que incluye, por supuesto, taper de tortilla de patatas y filetes empanados. Así que no os preocupéis, siento los días de incomunicación, y ya os iré manteniendo al tanto de lo que pase.

Lago Huron

Lago Huron

Preparando la candelita tras cortar la leña

Preparando la candelita tras cortar la leña

De derecha a izquierda, Espe, Jimena e Itziri

De derecha a izquierda, Espe, Jimena e Itziri

Sí que llegaba hasta alto el hike

Sí que llegaba hasta alto el hike

Preparando s'mores

Preparando s’mores

Atestado de turistas en esta época del año

Atestado de turistas en esta época del año

Idiotas e imprudentes los hay en todos sitios

Idiotas e imprudentes los hay en todos sitios

Grotto rules!

Grotto rules!

Todos estamos bien, que es lo que importa

Todos estamos bien, que es lo que importa

Vacaciones Santillana

Lunes, 19 agosto, 2013


(Y sí, ésta fue la canción más sonada en San Fermín 2013, puag! :X)

Bueno, bueno. Vaya verano intensito que he tenido. Casi ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que escribí por aquí antes de la entrada de la boda de mi hermano.

Me quedé, si mal no recuerdo, en el viaje a Chicoutimi, y poco pasó después. Bueno, sí, hicimos el examen del IELTS, el maldito examen del IELTS. Yo saqué un 7 de 9, con lo que ya tengo ese requisito del programa cubierto (además de poder ya optar a la residencia permanente en Canadá). Pero Espe se quedó a medio punto y ahora está esperando la fecha para repetirlo.

Al poco llegó ya por fin la hora de irnos a España. ¡Ueeeee! Nuestro vuelo, que salía directamente desde London, tenía escalas en Ottawa, Frankfurt y Madrid, y luego un AVE nos llevó hasta Sevilla. Qué viaje más largo y pesado. Y eso que las escalas no eran muy extensas.

Al día siguiente de llegar a España fue la boda de mi hermano. No es ningún secreto que si algún día me caso será por cuestiones prácticas, y por lo civil, obvio. Y si puede ser sin celebración mejor, pues si el rito sólo responde a la pragmática no tiene mucho sentido celebrar nada. El caso es que mi hermano hizo lo propio, primero una boda civil y luego una celebración. La parte civil fue en el Juzgado de Paz del pueblo, y la casamentera parecía que había desayunado con Chiquito, haciendo chistes y gracietas mientras nosotros reíamos mitad forzados por lo ridículo de la situación, mitad llevados por el deseo de que nada saliese mal. Pero la verdad es que la tía se lució. Primero confundió de nombre a la novia, y luego hizo una comparación un tanto estúpida que es mejor no repetir. En ese punto lo único que queríamos era ya salir de aquella sala y poder ir a comer ricos manjares. Ese almuerzo fue sólo para nosotros, los hermanos y las parejas de los hermanos. Y la comida estuvo bien buena. Ya al día siguiente se hizo la celebración propiamente dicha, aunque tampoco fue una boda multitudinaria, y es que es absurdo hacer que la gente venga a tu boda casi por compromiso. Lo que hizo mi hermano y su mujer es lo mejor: una celebración pequeña con los hermanos, amigos y sólo los familiares más cercanos.
Y es que siendo realistas, ¿qué sentido tiene invitar a nuestros 2000 primos si la última vez que hablé con uno fue en 2001? Ninguno…

La boda fue muy bien. Fue más una cosa familiar que algo grande. El sitio muy bonito y elegante. Y la comida estupenda y adecuada. Ni sobró ni faltó nada, al menos a mi modo de ver. Así que ese fue el plan. Comer, beber y pasarlo bien en familia y amigos cercanos.

La pequeña Lucía

La pequeña Lucía preguntándose quién era la de la voz aguda que la sostenía

Ana con la cara embelesada

Ana con la cara embelesada

Jesús pensando en si comprarse un helado o no

Jesús pensando en si comprarse un helado o no

Un par de días más tarde volvimos a volar, esta vez Inglaterra como destino. Primero tomamos un AVE hasta Málaga, y luego un avión para llegar a Manchester, donde algunos de nuestros amigos están viviendo. Entre ellos Durán y Sergio, y por supuesto, Jesús y Ana, que acaban de traer al mundo a una nueva criatura, Lucía. Fue bastante brutal ver a ese pequeño ser y cómo les ha cambiado la vida a los dos. Ana ya era madre, pero Jesús no, y se le ve super padrazo y concienciado. Es evidente que se esfuerza por darle lo mejor a su hija, y no me refiero a lo material, sino a valores en los que criarse y nociones morales con los que desenvolverse. Lo que a veces, se quiera o no, puede entrar en conflicto en la pareja, y bueno, no se trata siempre de convencer al otro de que tu enfoque es mejor, sino de ceder y aunque no estés totalmente de acuerdo, aceptar a la otra parte de la educación de la niña. Es mi opinión nada más, y ya sabemos lo que pasa con las opiniones. Además es algo que no sabré bien hasta que no me toque a mí en primera persona, que quién sabe, igual ya no está tan lejano😉

Sergio con la tez mortecina

Sergio con la tez mortecina

Modelo Duranio T-800 con su programa

Modelo Duranio T-800 con su programa “Gracietas y Muecas” 2.0 activado

Me encantó verlos a todos, pero me dio pena no poder tener unas horas de tranquilidad con Ana y charlar sobre la vida y los impuestos, que desde hace ya dos años no hemos podido tener un rato para contarnos nuestras cosas (aunque yo hago lo que puedo por aquí). A Durán, al que hacía ya mucho no veía, lo encontré genial, con su claridad de pensamiento tan habitual y sencilla, y esa extraña capacidad de simplificar cualquier problema por complicado que parezca hasta el punto de hacerte ver lo absurdo de perder el tiempo pensando en ello. Lástima que se les vaya de Manchester, y es que a su novia le ha salido un buen puesto de profesora en España, así que le toca vivir de la parienta hasta que le salga un curro. Sergio, aunque lo encontré bastante apagado, encontró trabajo mientras yo estaba allí, así que no pudo ser mejor. El cambio fue radical. Tras dos meses tirando de ahorros su situación hubiera alarmado a cualquiera, y es normal que eso acabe dinamitando el ánimo. En España, en cambio, lo noté incluso peor.

Menuda decepción me llevé al ver el estado en que estaba la estatua que honra la memoria del genio Alan Turing, con los labios pintados de rojo y pendientes a juego. En fin.

Menuda decepción me llevé al ver el estado en que estaba la estatua que honra la memoria del genio Alan Turing, con los labios pintados de rojo y pendientes a juego. En fin.

Manchester es una ciudad industrial, utilitaria, con opciones, fea como un demonio. No creo que sea difícil hacerse a la rutina de la urbe, sentirte cómodo en ella, e incluso pensar en establecerte allí cuando las cosas te van bien, pero creo que todo es motivo de la inercia. También me pasó a mí. London grows on you, decían. Y así es. El caso es que si Manchester también crece en ti, ten cuidado
no sea que engrendres un alien.

Todo en Chester es felicidad

Todo en Chester es felicidad

Por ejemplo, durante nuestra estancia visitamos Chester, una ciudad a poco más de una hora de Manchester. Si bien es cierto que es casi un decorado, no lo es menos que el contraste hace que te de des cuenta de lo horrible que es Manchester, en términos al menos de riqueza visual y paisajística. Chester, en cambio, parece sacada de un cuento. Aunque nosotros tuvimos la fortuna de ir uno de los pocos días al año en que celebran carreras de caballos en el hipódromo, lo que atrae a gentes de todos los escalafones, y la bajunidad inglesa es bastante
desagradable y asquerosa. En general, los ingleses con los que me crucé tanto en Manchester como Chester me parecieron gentes muy maleducadas y bastante cretinos, con cero respeto por los demás, y poquísima clase. Vamos, todo lo contrario de la imagen que pretenden dar de señoritos tomando el té. Sólo toman cerveza y hacen el cafre.

Agradable viejo espontáneo regando sus plantas en Chester

Agradable viejo espontáneo regando sus plantas en Chester

Otro de los días, para celebrar que Sergio había encontrado un curro, decidimos salir por la noche para ver cómo era el panorama nocturno de la ciudad. Y bueno, hay algunos sitios chulos que visitar, lástima que las peleas obliguen a cerrarlos antes de tiempo. De hecho, el garito en el que pasamos mayor tiempo era un antro para gays que a cierta hora, cuando todo lo demás cierra, se llena de la morralla de pasados que no tienen a donde ir. Y mención a parte merece la moda y estilo mancunianos… Difícil de definir, y es que cada ciudad tiene sus cosas en los asuntos del vestir y el peinarse.

Fue una muy agradable visita que me encantaría repetir en algún momento, pero la realidad es que puede que tarde mucho en volver a Manchester.

A saber cuándo los vuelvo a ver a los tres juntos

A saber cuándo los vuelvo a ver a los tres juntos

A la vuelta aproveché para ir a la playa un par de días, en realidad una noche, que además fui invitado por la madre de Espe a un hotel en Cádiz justo en frente de la playa. Qué me gusta el agua del mar y qué bien se estaba. Y es que si la playa no es salada, ni es playa ni es ná, y que vengan los lagos canadienses con sus arenas blancas y digan lo que quieran.

Y ya para rematar, al día siguiente de volver de la playa, tocaba irse a Pamplona, para vivir la fiesta de San Fermín 2013. Entre viaje y viaje me dio tiempo, por supuesto, de ver a la familia y a los pocos amigos que ya quedan por tierras sevillanas y hablar un poco de la vida desde el punto de vista del emigrante convencido de que volver ya no es una prioridad. En Sevilla cada cuál se busca las papas como puede, y cuando ya no puede más, decide irse o tirar por trabajos aun peores, es decir, sin contrato, sin cotizar, y casi sin dignidad. En España siempre queda la doctrina de la economía sumergida, si no fuera por ella esto ya habría explotado en serio.

No tuve mucho más tiempo antes de volverme a marchar. Esta vez a Pamplona, para experimentar de una vez por todas las fiestas de San Fermín, sí esas en las que la gente corre delante de los toros y se emborracha a más no poder. Mi idea era que fuésemos los más posibles, pero es imposible. Primero se apuntó Sixto, que se apunta a un bombardeo. Luego, dada una casuística cósmica con los contratos de Mª Ángeles, también se apuntó ella. Por último estuve apunto de creer que Sergio vendría. Y Bellido, si le hubieran dado las vacaciones también se hubiera apuntado al viaje. Pero no pudo ser y fuimos Sixto, Mª Ángeles y yo. Planear el viaje, como casi siempre, fue un desastre. Lo dejamos todo para última hora y nos costó encontrar combinaciones decentes de trenes para llegar y volver de Pamplona a Sevilla. Sixto quería que fuésemos en bus… Va a ser que no. Y menos mal que no lo hicimos así. Al final conseguimos no pagar demasiado y con horarios no excesivamente malos. Y una vez allí, Lola, la madrina de Espe que vive en Pamplona, nos estaba esperando para llevarnos a nuestro alojamiento. Lástima no haberla contactado antes, pues nos podría haber conseguido un sitio mejor donde dormir, y más barato probablemente.

El viaje fue largo, pero con esta baraja de cartas de Mª Ángeles se pasó volando :-P

El viaje fue largo, pero con esta baraja de cartas de Mª Ángeles se pasó volando😛

Y es lo del alojamiento fue otro cantar. Al ser ya fiestas internacionalmente famosas, gracias entre otras cosas a Hemingway, sus artículos y su novela The Sun Also Rises (titulada en España La Fiesta), la marea de guiris, de mayoría australiana, engullen todas las plazas de alojamiento posible meses antes de la celebración. Buscamos, buscamos y buscamos. Llamamos a un buen montón de sitios sin encontrar nada por debajo de los 90€ por día y persona. Hasta que me dio por mirar si había sitio en las residencias universitarias. Algunas incluso anunciaban directamente estar disponibles de manera especial durante los Sanfermines. Pero por desgracia todas estaban ya sin sitio. Fue mala idea buscar el alojamiento con sólo una semana de antelación. Todas menos una… ¡La Residencia Universitaria Nuestra Señora María Emilia de Riquelme! Tuvimos nuestras dudas respecto a si era buena idea quedarse en un sitio regentado por monjas, más que nada por aquello de llegar borrachos y apestando a vino a las tantas de la madrugada. Pero he de confesar que fue todo un acierto. Situada a walking-distance de la polivalente Plaza del Castillo, donde todo sucede, fue el sitio ideal para descansar sin los ruidos de los fiesteros y reponer fuerzas cada día. Además de que cada uno de nosotros tenía su propia habitación. Y aunque los baños eran compartidos, éramos los únicos en aquél edificio medio convento medio escuela, por lo que todo estaba super limpio y listo. Vamos, hasta teníamos el desayuno incluido. Lástima que no tengamos ninguna foto de la Hermana Ramona, que parecía ser la que más controlaba aquello. Sí que nos dio un poco de cosa al verla, pues parecía muy seria y tal, y nosotros no precisamente católicos practicantes, pero después resultó ser de lo más agradable y comprensiva. La única pega fue que cerraban las puertas muy temprano y cuando llegábamos por la noche teníamos que llamar a un porterillo hasta que una de las hermanas se levantaba a abrirnos. Claro, nosotros aguantando la risa mortalmente hasta que llegábamos a las habitaciones en la planta 3. Menudo espectáculo debimos ser.

¡Gracias, María Emilia!

¡Gracias, María Emilia! ¡Gracias, María Emilia!

El primer día en Pamplona, tras la paliza en el tren, decidimos dar un paseo por el casco histórico, para ver cómo se llegaba al Ayuntamiento, donde sería el famoso Txupinazo, y hacernos con el uniforme correspondiente de pañuelo y faja rojas, en honor al mártir San Fermín, más pantalón y camiseta blancas. Dimos unas vueltas por el centro, nos tomamos unos vinos y poco más, de vuelta al convento, literalmente. A la mañana siguiente había que estar en planta tempranito, pues para poder ver el Txupinazo hay que ir con tiempo para coger sitio, ya que la plaza es minúscula. No recuerdo la hora a la que nos levantamos, pero sí nuestro rico desayuno a base de cubatas :S Y es que la tradición es comer fuerte una vez al día, muy temprano, y aguantar todo lo que se pueda. Incluso un transeúnte nos dijo que empezando así poco íbamos a durar. Pobre meapilas, no sabía a quién le estaba diciendo eso.

El sólo hecho de llegar a la Plaza del Castillo el día del Txupinazo ya es de por sí digno de ver. Todo el mundo vestido de blanco nucelar, en hordas, marchando y listos para la fiesta. De todas las edades, desde niños hasta ancianos. Una vez allí la cosa ya cambia un poco. Empiezas a ver cómo la gente se lanza vino y comienzan las manchas y las típicas postales de San Fermín que tanto vemos por la tele. Pero eso sólo es el comienzo.

Txupinazo! Con Ikurriña incluída

Txupinazo! Con Ikurriña incluída

Nuestra idea era, cómo no, llegar a la Plaza Consistorial y vivir el momento de locura máxima de toda la fiesta. Adelanto que no es tarea fácil. Las calles aledañas que desembocan en la plaza se embotan de gentes faltando aun horas. A nosotros, que llegamos con tan sólo 30 minutos de anticipación, nos costó la vida ir abriéndonos paso hasta una esquina de la plaza con la calle Mercaderes desde la que decidimos el día antes que habría una buena vista de todo. Con lo que no contábamos era con la concentración brutal de borrachos y fiesteros, bebiendo y arrojando vino a espuertas, ya que pasado cierto punto no te dejan entrar con botellas de cristal ni tapones, así que el despiporre está servido. El sólo hecho de intentar llegar al enclave acordado fue suficiente para que nuestras ropas acabaran con un delicioso aroma y un color burdeo violáceo de lo más característico. Tras luchar contra la horda anónima y conseguir estar lo tres donde dijimos, una nueva marea humana, en su sentido más literal, nos arrastró hasta prácticamente el principio de la calle por la que habíamos venido. No exagero, en algunas ocasiones casi no necesitaba tocar el suelo con los pies, me arrastraban. Y lo que para mí no fue más que algo un poco incómodo pero divertido, para otras personas, sobre todo chicas menos corpulentas que yo, fue un horror. Muchas se desmayaron, una incluso a dos metros de mí. Otras gritaban enojadas que no podían respirar, o que dejaran de empujar, como si fuese un único individuo el causante del atropello. Pero lo peor para ellas estaba por venir. Antes, como no quería quedarme sin ver el famoso Txupinazo, tenía que llegar de nuevo a la plaza, pero en el camino había perdido a Sixto y Mª Ángeles entre la marabunta. Oía sus voces de vez en cuando, o los veía de refilón; pero una vez separados ya no pudimos volver a estar cerca hasta que todo terminó. Conseguí llegar de nuevo a nuestra esquina, o al menos a un lugar cercano, faltando apenas unos minutos para que todo explotara. Fue entonces que muchas chavalas, en su afán por respirar un poco de aire fresco y ver algo, tuvieron la brillante idea de subirse a los hombros de algún muchacho. El espectáculo estaba garantizado. Nada más elevarse por entre la media de las cabezas, torrentes de vino salen disparados desde todas direcciones con un único objetivo, la chica. Acto seguido, las manos sin nombre comienzan a trepar por su cuerpo en un intento tocar al menos un pedazo de su piel. Lo siguiente ya roza lo primitivo. Las mismas manos, arropadas en la multitud, terminan por arrancarle la ropa hasta dejarla prácticamente en paños menores en el mejor de los casos, o con alguna vergüenza al aire en el peor. Esto, cuando se ve en las fotos, hace pensar que no pasa nada, cuando se ve a lo lejos en la plaza, piensas que igual es un poco desproporcionado. Pero cuando lo ves a un metro de distancia te das cuenta de lo cavernícola, brutal, y desconsiderado del comportamiento (lo que no quita que uno termine alzando la mano a ver qué palpa…). Instantes más tarde la chica pide que la bajen para recomponerse. En total no han sido más de 1 minuto o 2, 30 segundos más y seguro que acaba preñada. Lo más curioso de todo es que, pese a lo violento de presenciar el hecho, y el salvajismo que uno le presupone al verlo, Mª Ángeles tuvo la iniciativa de preguntarle a una de ellas que cómo estaba o si necesitaba algo, ante lo cuál la chica contestó que «no pasa nada, es los que hay en San Fermines». Personalmente me sorprendió la actitud de la chica, no ya por el hecho de subirse a hombros de un desconocido a sabiendas de lo que le iba a pasar, que cada cuál es libre de hacer lo que quiera, sino por dar por sentado que la actitud animal de la muchedumbre de alrededor es la norma. Es en este punto que radican todas las críticas a los comportamientos que se ven San Fermín y que tanto se han promulgado por los medios últimamente. Yo no soy quién para juzgar una fiesta que ni me pertenece ni a la que pertenezco, pero quizá un poco menos de brutalidad sería bienvenida para que la cosa no acabe yéndoseles de las manos, sea todo más amigable a los desconocedores de la tradición y sobre todo un poco más respetuoso con todo el mundo.

Camuflado

Camuflado

Por fin, cuando ya estábamos todos sopa del vino de uno y de otro, y tras el pequeño altercado con la Ikurriña, comenzaron los cohetes explosivos y los fuegos artificiales que marcaban el comienzo de la fiesta. Toda la plaza ardió en una fiesta báquica de alegría y emoción. La gente comenzó a ponerse los pañuelos al cuello, pues hasta que no se da el Txupinazo y la fiesta no empieza, debe estar amarrado al brazo o a la muñeca. Y todo siguió un poco igual, mareas de gentes embriagas y más vino por todos sitios. Poco a poco le barullo se fue disolviendo, así que nosotros también nos fuimos alejando un poco. Ahora lo que tocaba era, cómo no, seguir bebiendo y celebrando que… ¡Celebrando San Fermín! Al rato encontré a mis dos compañeros perdidos, compramos algo para comer, nos tumbamos con tranquilidad y descansamos un rato en un césped que encontramos por los alrededores.

Ropa limpia. Ropa sucia.

Ropa limpia. Ropa sucia.

Pensamos seriamente ir al convento a cambiarnos y descansar como es debido, pero tras quitarnos los botines comidos literalmente por la mierda caímos rendidos en la esponjosa y cálida hierba. No pasaron ni 10 minutos cuando a lo lejos vimos a David Martín, un ex-compañero de cuando trabajaba en Yaco, que me llamó cuando íbamos en el tren de ida diciendo que él también estaría por Pamplona. Él, que no había estado en el chipinazo, venía con toda la energía. Y como vivió un tiempo en Pamplona y era de Soria, pues conocía a bastante gente e incluso tenía familia. Así que nos levantó del tirón de donde estábamos tumbados y nos fuimos al bar de alguien que conocía. Y de ahí a otro sitio, y otro sitio, y otro. Entrando en muchos de los bares del centro. Saliendo a comer. Bebiendo. En una de las tiendas que ponen el tenderete de cara a la calle, donde habitualmente compras el vino, la sangría, el bocata o lo que sea, alguien se había dejado olvidadas dos botellas de Negrita. Nosotros, que no le hacemos asco a lo que es gratis, las agarramos sin rechistar y sólo necesitamos comprar algo de Coca-Cola. Nos salió bien barato el día en general y la papa en particular. Acabamos en una de las carpas/plazas públicas donde ponen algo de música un poco más bailable, aunque 100% comercial, obvio. Y cuando ya no pudimos más nos piramos a sobar.

Cualquier sitio es bueno en San Fermín para dormir un rato

Cualquier sitio es bueno en San Fermín para dormir un rato

A la mañana siguiente, cuando despertamos, vi que tenía una llamada perdido de Lola sobre las 8. Era porque me había conseguido hueco para ver los encierros, pero ese día nos los perdimos porque estuvimos planchando la oreja hasta bien tarde. Además de que también nos perdimos el paseo que le dan a San Fermín y que merece la pena ver, pero estábamos muertos.

Sombrerín en una de las plazas con conciertos

Sombrerín en una de las plazas con conciertos

Con tranquilidad y menos ansia que el día anterior, fuimos a la Plaza del Castillo, dónde habíamos quedado con David de nuevo. Comimos tomándonos nuestro tiempo, y nos quedamos por el centro tomándonos unos vinitos. El día transcurrió entre la Plaza del Castillo para los conciertos gratis, otro escenario que había no muy lejos, garitos, música en la calle, batukadas por un tubo, y algún que otro espontáneo liándola él sólo y llevando la fiesta adonde iba, como Don Zambón, el hombre orquesta, al que no grabamos porque llevaba un cartel que así lo pedía. Pero vaya maravilla. Al principio sólo vimos una marea de gente super animada y música sonando, así que nos unimos, como es habitual en esta fiesta, para descubrir con asombro que toda la música la iba tocando una única persona. Brutal.

Por la tarde también estuvimos con unos amigos de David, y con ellos ya nos quedamos hasta que nos recogimos, riéndonos un montón porque los tipos eran unos artistas de cuidado. Uno de ellos llevaba una gabardina porque, según nos contó, la abuela le dijo que debía ponérsela para no mancharse.

Los personajes amigos de David

Los personajes amigos de David

De esta calaña eran los nombres de los grupos que tocaban

De esta calaña eran los nombres de los grupos que tocaban

La verdad es que, quitando un momento en el que un tipo hizo unos ademanes raros a Mª Ángeles, ningún día vimos pelea ni malos rollos, lo que es sorprendente dado el nivel de ebriedad del asunto. Además Sixto, sacando a relucir su faceta de Capitán Justicia protector de la desvalida, cosa que yo no conocía por cierto, solucionó la situación rápidamente. Claro está que también nos quitamos del medio rápido por si acaso. Siempre es mejor evitar a los imbéciles que enfrentarlos, al menos desde mi punto de vista.

El día siguiente ya nos tocaba marcharnos, pero no sin antes ver en directo uno de los encierros. Nos levantamos temprano, muy temprano, y ya había gente que estaba cogiendo sitios en todas partes de las calles Estafeta, Mercaderes y en cualquier otro sito desde donde salen los astados hasta la plaza de toros. Lola, que me llamó porque tenía sitio para uno, nos dio indicaciones de por donde estaba, pero ya habían cortado las calles y no se podía pasar ni atravesar. Tocaba quedarse donde estábamos y ver lo que pudiéramos. Con el paso del tiempo conseguimos llegar hasta la barricada que protege la calle y ver algo. Yo pensé muy seriamente en correr junto a los toros, pero al final no me sentí con la energía suficiente. Menos mal, porque después de ver como corren los toros, a qué velocidad y de qué manera tan brutal, se me quitaron las ganas. Por la tele parece que van hasta lentos, pero una vez lo ves pasar a escasos metros de ti al galope la verdad es que imponen bastante.

El encierro, que terminó en unos 3 minutos o así, dio paso al pasacalles con gigantes y cabezudos, entre ellos el famoso Verrugo, el terror de los niños. Está chulo ver las danzas que se marcan y tal. Además de que parece tradición comprar churros en una de las calles por las que pasa. Y bueno, después eso nos fuimos al convento, nos duchamos y salimos a comer ya con las maletas, pues nuestro tren no tardaba en salir. Todo super calculado, aunque la jugada no salió tan bien como esperábamos. Nuestra idea era llamar a un taxi y plantarnos en la estación en unos 10 minutos. El problema es que los taxis no atendían a las llamadas y por la calle no paraba ninguno. Un poco sorprendidos decidimos ir a una calle principal, pero nada. Nos empezamos a poner nerviosos cuando, ya en la estación de autobuses y taxis tampoco había ni paraba ninguno. Al final, en el último momento, un taxi paró y fue follado hasta la estación para llegar en el momento exacto en el que el tren arrancaba y se alejaba hasta el infinito. Nos dejó un poco destruidos haberlo perdido por escasos segundos. Fuimos a la ventanilla y, por una vez en mi vida, la persona de detrás se comportó de maravilla. Debió ser por vernos reclamar el tren que recién se estaba yendo, o quizás por nuestras caras de derrota, o quizás por ser San Farmín. Como fuere, la señora hizo todo lo que estuvo en su mano, más teniendo en cuenta que nuestra tarifa de Renfe era la más peluquera, y al final nos consiguió una conexión Pamplona, Zaragoza, Madrid y de allí a Sevilla, pagando sólo una fracción de lo que nos esperábamos. Agridulce final de fiesta pero con final feliz como quien dice. En el tren, estábamos destruidos.


(El baile de los Gigantes y Cabezudos)

Dos días más tarde me marchaba ya de nuevo a Canadá. Estas vacaciones desde luego no han podido ser más intensas. Pero antes de eso aun me dio tiempo a ver a unos cuantos de los que me quedaban, entre ellos a la Carmen, el Migue, el Largo, o el Sr. Pascual.

Señor Pascuálido

Señor Pascuálido

Longerboy, cada día más joven

Longerboy, cada día más joven

La Carmen Madrigal, seguro que después de contar uno de sus chistacos

La Carmen Madrigal, seguro que después de contar uno de sus chistacos

Y el Migue, al que recordaréis del viaje en caravana del año pasado

Y el Migue, al que recordaréis del viaje en caravana del año pasado

Lo último del viaje, como no podía ser de otra manera, estaba reservado para la family. Barbacoa como está mandado, mini-pachanga y risas varias. Qué pena me da tener una familia tan genial y tan lejos. Con sus más y sus menos, con sus riñas y sus momentos, con todo, los quiero como son, a todos y cada uno de ellos.

Oro en natación sincronizada

Oro en natación sincronizada

Mi sobrinín

Mi sobrinín

Es que el arte nos viene de familia, a ver cuánto tarda mi hermana en pedirme que quite esta foto...

Es que el arte nos viene de familia, a ver cuánto tarda mi hermana en pedirme que quite esta foto…

 

Er cuñao

Er cuñao

Espe, Mirian, Marini y María

Espe, Mirian, Marini y María

 

Father al fondo

Father al fondo

La family!

Y ya lo dejo aquí. Contaré en la siguiente entrada un poco del viaje a Nebraska y sobre todo el espectacular road-trip por el sur de Islandia., que ha sido muy increíble.

Bodorrio

Lunes, 29 julio, 2013


(Te pertenezco, me perteneces)

Es curioso la forma en la que los recuerdos funcionan. A veces olvidamos las cosas que se supone son más importantes, como los temas para un examen o hacer la declaración de la renta; mientras que al mismo tiempo mantenemos en mente los más nimios detalles, como el olor del tupper de filete y tortilla cuando de pequeños íbamos a la piscina municipal, o la forma en la que curioseábamos, con aquella inocencia de niños, las cajas en las que venían los juguetes del Día de Reyes (que en su mayoría eran siempre retales o con algún pequeño defecto, pero más que suficiente para saciar nuestra querencia).

Aunque a decir verdad parece que funcione un poco distinto con las personas. Recordamos a casi todo le mundo, sólo basta un pequeño esfuerzo y fruncir el ceño un poco para que salte de la memoria aquel mejor amigo del colegio, o ese tipo al que sólo veías en las botellonas. Pero lo interesante, es que a aquellos que nos caen mal los recordamos siempre con semblantes altivos, oscuros, desleales. Maquinando su última venganza o plan maquiavélico.

Por su parte, los amigos fugaces, los que sólo estuvieron de pasada, los recordamos a pedacitos, entre cortados, como en gags de humor de un programa malo. Y como un puzzle así es nuestro recuerdo de ellos, a veces quedando sus partes buenas, a veces sólo las malas.

Pero a las personas que valoramos, las que comparten nuestras penas y nuestras alegrías, las que nunca te fallan sin importar lo complicado del asunto, a esas siempre las recordamos riendo. Y no de cualquier manera, sino con sus carcajadas más características, con sus mejores muecas, con la esencia última de quiénes son, como en realidad son. A los amigos más cercanos casi puedo oírlos y verlos a la vez que tecleo esto. Diciendo alguna barbaridad o chorrada mientras se les escapa esa risa incontrolable y contagiosa que no se puede imitar ni pretender. Mis hermanos, por otro lado, están siempre haciendo el idiota en mi mente: el uno diciendo tonterias y riendo con su dentadura Profidén, la otra bailando como una gitanita o poniendo caras, y el otro intentando siempre mantener la compostura y nunca reír a carcajada limpia mientras añade algún matiz nuevo al chiste. Y siempre está, claro, ese alguien especial en nuestras vidas, a quién vemos cada día con una enorme sonrisa dibujada en su cara, riendo como sólo esa persona sabe hacerlo, como nos encantaba escucharla.

Hoy, sin embargo, no se trata de hacer memoria o ponerse nostálgicos. Nuestros recuerdos son parte esencial de quienes somos, de quiénes hemos sido, de quiénes seremos. Por eso, el día en el que celebramos la unión de mi hermano y su ya esposa Mari Ángeles, tenemos que pasarlo bien, reír y disfrutar todo lo que podamos. Por eso tenemos que hacer de éste un día especial, porque hoy se trata
de construir los recuerdos que disfrutaremos mañana. Vivan los novios.

Esta entrada va dedicada, obviamente, a mi hermano mayorm, que se casó hace unas semanas. Es, con algunas adiciones, el discurso de boda que finalmente no me atreví o no pude dar. Así que aquí queda para el que lo quiera leer.

¡Y fotos de la boda, claro!


Tras el baile llega la barra libre, ¡ueeeeeeeeee!

Raúl Draper

Culminando el baile🙂

En la pitanza

Si no le hago la foto al tocado me mata

Por favoreeee!

Esta está mejor

La pareja

Fan incondicional de la cara photobomber de mi hermano el casadero

With my sista

Lástima que salgan borrosos, qué mal hice la foto😦

La otra pareja

Un posado

Con el brodel

Y la Espetec

Se acabó

Y se casarón😀