Skip to content

El viaje de ida a Canadá

Viernes, 10 septiembre, 2010

Muy buenas, como alguno de vosotros ya habrá advertido, sigo vivo. Intentaré hacer un resumen de lo acontecido en esta última e intensa semana de mi vida. Aunque por ahora sólo mencionaré lo truculento de mi viaje de ida.

Todo comenzó allá por un lejano 24 de agosto de 2010, fecha prevista para mi marcha a las tierras baldías de Ontario. Pero el visado no llegó a tiempo, es más, llegó una hora después de que mi avión saliera de Madrid, siguiendo con la serie de catastróficas desdichas que he vivido desde el comienzo de la tramitación del maldito documento. Cada papel que perdían los parisinos (y es que en España el consulado canadiense no tramita permisos de trabajo) me costaba la friolera de ~40€ para que les llegara al día siguiente por mensajero, a lo que hay que sumar el pago doble de las tasas por un error en el concepto de la transferencia, la cancelación del vuelo y búsqueda de uno nuevo, etc. Vamos, que me ha salido más caro ir poder entrar en Canadá que comprarme un puto coche… Pero así sucedió, el día estipulado desde hacía más de 3 meses no pude viajar y me tocó quedarme en España y buscar un nuevo vuelo. Tras llamar infinitas veces a la agencia con la que contraté el anterior, conseguí hablar con un ser humano, pero no era digno, creo que ni pasaba el test de Turing, así que insistí hasta que una amable voz femenina consiguió sacarme del atolladero y ofrecerme un cambio de día para la ida justo una semana después, oferta que acepté ipso facto, pero a la que seguía un recargo de casi 300€. Tengo esperanza en que la University of Western-Ontario, mi lugar de trabajo actual, se haga cargo de esto y me lo reembolse en un bello cheque.

Así, la madrugada de un caluroso 2 de septiembre mi vuelo salió de Sevilla destino Madrid, donde hizo 4 horas de escala que, de no ser por una señora mayor de Texas muy agradable y que hablaba Español con la que estuve charlando distendidamente, hubieran sido una espera alienante, como lo son todas las esperas en escalas de vuelos. Charlando sobre la vida al sur de los Estados Unidos, de cómo ellos comparaban a los mejicanos allí con los rumanos de aquí (¡sic!), de que la crisis la estaban notando más los sureños que el resto del país y de que había que ser gente de provecho en esta vida y querer a los tuyos (la pobre acababa de tener un serio percance con una hermana que vivía en Madrid), llegó el momento de partir hacia Filadelfia.

Afortunadamente, el trayecto transatlántico también transcurrió de manera apacible, nada hacía presagiar lo que me encontraría al llegar a Pensilvania. Sentado en el lateral del Airbus A320 (creo) en la fila de a dos, me tocó compartir estancia con un chavalín de 3º de ESO, también sevillano, que viajaba solo son otros cuatro compañeros hacia Toronto en un programa de estancias en el extranjero para aprender inglés. «Hay que tener los huevos muy gordos para viajar solo a Toronto pasando por Filadelfia con 13 años», fue lo primero que pensé; lo segundo fue Joseph Merrick, a causa del extraño aire que el pobre tenía en la boca. Por cortesía no llegué a preguntar y siempre tendré la duda de si era un flemón venido a más, una deformidad facial o la secuela de alguna enfermedad. Como fuese, perdí la oportunidad de ofrecerle una tacita de té.

Y llegué a Filadelfia, sólo yo se el mal trago que me hicieron pasar. Nada más llegar, mi pasaporte, al parecer, daba un extraño error en la máquina del agente de turno, por lo que me enviaron a una oficina de inmigración llena de desheredados hablando en su propia lengua. Sólo y angustiado, intenté hacerme entender con la persona que parecía al mando, pero mis dotes oratorias en el lenguaje de Shakespeare no son lo suficientemente buenas. Por fortuna, había otros españoles que, como yo, habían acabado en esa oficina del infierno implorando por visto bueno. Resulta que tenían que comprobar la ortografía de mi nombre porque en sus bases de datos no se correspondía con la escrita en mi pasaporte y, pasada más de hora y media de incertidumbre, uno de los oficinistas me llamó a una habitación pequeña, húmeda y sin ventanas, lo cual me resultó raro porque todo el mundo resolvía su papeleta en los mostradores. Obviamente me puse en lo peor, «me han metido drojas en la maleta o me parezco a algún terrorista de la Yihad», pensé, y acto seguido me acordé de que mi maleta debía andar extraviada por alguna cinta, presa de malhechores. El pánico me impedía ver, pero el agente resultó ser de lo más agradable y todo pareció resolverse satisfactoriamente para mí. Salí con una sonrisa en la boca pero maldiciendo a todo el aeropuerto de Philly, y comencé a buscar mi maleta, porque en Filadelfia son los pasajeros los que tienen que cambiar la maleta de avión colocáncola en otra cinta, una denominada de transferencia (hacia otros destinos). Pero mi maleta no estaba. La busqué por todas las cintas, pregunté qué pasaba con las maletas de los desgraciados que habían sido retenidos en inmigración y recé (sí, recé) porque no estuviese camino de Arkansas o algo peor. Cuando ya estaba apunto de desistir, pues el tiempo de la escala se agotaba, miré a lo lejos y allí estaba ella: gris, vejada y con el emblema de Roncato arrancado del maltrato, pero era ella, de eso no cabía duda. Corrí en su busca y me dispuse a pasar nuevos trámites para mi tránsito a Toronto; fue cuando caí en la cuenta de que mi reserva para el bus de Toronto a London (ON) estaba mal. Encendí mi viejo y fiel N73  de Orange armado con una SIM simyo y una Card Unlocker de DealExtreme, le costó pillar la red pero conseguí ver ATT en su pantalla. Me supo a gloria. Escribí un SMS urgente a Diego, que ya estaba en Canadá, pidiéndole que me cambiase la reserva porque había sufrido un lapsus con el AM y el PM. No sería el primero. Todo quedó solucionado, demos gracias.

Una vez pude resolver todos los contratiempos en ese gran país que es EEUU y por el que espero no tener que volver a pasar nunca, conseguí llegar a la puerta de embarque que me llevaría hasta Toronto. Nada más tomar asiento en el avión percibí la amabilidad canadiense en forma de auxiliar de vuelo ofreciéndome un extraño brebaje al que llamó «ginger ale». Días más tarde mi adicción sería ya irrefrenable.

Y poco más. Llegué, mi maleta salió de las primeras en la cinta, pasé por inmigración, arreglé mi visado en un minuto y tomé un taxi-bus hasta Cooper Street, donde Esperanza, Diego y Siddhartha me estaban esperando. Tomé una ducha, cené algo y me acosté tras más de 35 horas despierto. Toda una aventura que no recuerdo con especial cariño pero si así vienen las cosas, no seré yo el que se achante.

Anuncios
11 comentarios leave one →
  1. Ana permalink
    Viernes, 10 septiembre, 2010 10:06

    ¡¡Geniaal!! no puedo ser más fans ^^

    • Viernes, 10 septiembre, 2010 10:08

      A ver si soy capaz de mantener cierta periodicidad con este blog de mierder, al menos para que no os olvidéis de mí ({)

      • Ana permalink
        Viernes, 10 septiembre, 2010 10:15

        A los amigos de verdad no se olvidan, por mu lejos que estén 😉

      • Viernes, 10 septiembre, 2010 10:44

        ¿Blog de mierdr, Lisa, o blog de mierdr? 😛

  2. chewie permalink
    Viernes, 10 septiembre, 2010 10:13

    Yeah! Pal Reader!

  3. Viernes, 10 septiembre, 2010 10:44

    ¡Nuevo blog! Ya tienes un suscriptor RSS. 🙂

    Menudo mal trago en el aeropuerto estadounidense, ¡y eso que sólo ibas de transbordo! Ya para entrar al país debe ser terrible.

  4. Guillermo permalink
    Sábado, 11 septiembre, 2010 01:38

    Que te gusta quejarte… 8:D}

  5. Juan Antonio permalink
    Sábado, 11 septiembre, 2010 05:03

    No vale la pena llegar a la meta si uno no goza del viaje.

    • Sábado, 11 septiembre, 2010 06:25

      XDD Hijo de una hiena. Hubiera gozado más del viaje si fuese en el jet privado de Hugh Hefner rodeado de conejitas Playboy y me dejase directamente en mi casa desde Sevilla 😉

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: