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Sin noticias de Dios

Lunes, 22 noviembre, 2010

Pues no, aun no he tenido noticias de mi supuesta intervención. Lo único que ahora me preocupa es poder ir a Sevilla por Navidad, no porque le tenga ningún apego a la celebración del nacimiento de Cristo, sino por ver a mi familia y amigos, que ya voy teniendo muchas ganas. Tengo un futuro incierto, quizás el cirujano me desaconseje o incluso prohíba montarme en un avión, o quizás el post-operatorio deba ser de absoluto relax y cuidado. No lo sé, igual me voy sin operar y no pasa nada, pero necesito saberlo por si las moscas. Os mantendré al tanto, si para el jueves sigo sin saber nada me presentaré en la consulta a preguntar qué pasa.

Tampoco es que haya tenido precisamente mucho tiempo libre estos días: el máster ya ha comenzado, la semana que viene tengo mi primera presentación en inglés sobre reconocimiento de textos escritos a mano (más en concreto, sobre el análisis automático de la composición de una página híbrida — imágenes, texto y títulos), ha sido la inauguración oficial del CulturePlex Lab (el sitio donde trabajo) y hemos organizado una cenita de despedida para nuestro roommate indio favorito, Karthick.

Karthick listo para la Pasarela de Milán.

Karthick listo para la Pasarela de Milán.

La semana comenzó tranquila, primero un lunes, luego un martes y después le siguió un miércoles. Fuimos preparando un poco todo lo que había que presentar para enseñar el laboratorio: diapositivas, vídeos, catering, proyectos, etc. Pero como en toda casa de vecino, dejamos algunas cosas para el final y algún que otro proyecto no estuvo presente. Aun así todo salió sobre ruedas, menos asistentes de lo esperado pero con una muy buena impresión general. La idea era que mientras el director del laboratorio, aka mi jefe, iba dando la charla, detrás, en una pantalla gigante, se fuesen proyectando los vídeos y las demos de los proyectos más llamativos y nuevos. Os dejo a continuación un vídeo elaborado por nosotros con code_swarm que muestra la frecuencia absoluta de las acciones acometidas por los personajes «graciosos» en varias comedias de Calderón de la Barca.

Después de la presentación en sociedad en una sala enorme, los invitados disfrutaron del piscolabis y los interesados pudieron ir a ver el laboratorio y formular todas las preguntas que quisieran. A mí me tocó atender a un amistoso chino trabajador de la Weldon Library de la universidad, y a una agradable argentina de Film Studies interesada en los vídeos. Por supuesto, como pasa con estas cosas, te pegas un rato hablando en inglés hasta que de repente hay una señal de que tu interlocutor entiende el español y es entonces cuando la conversación se vuelve más cercana. Una extraña sensación sin duda. Como alguno ya sabrá, recientemente descubrí que una de mis vocaciones frustradas es ser director de vídeo clips musicales, y así se lo hice saber, nunca se sabe si algún día podré quitarme esa espinita. La pobre me miró como el marchante de arte mira a los que no comprenden el cubismo, lo noté, pero me importa una mierda. Intentaré mantener el contacto.

Al terminar todo, nos quedamos algunos miembros del equipo y estudiantes y fuimos a tomar algo al Molly Bloom’s. Es un pub irlandés bastante decente y con buena comida. Yo compartí una deliciosa hamburguesa, no tan grotesca como las del Alibi que ya os mostraré, pero sí bastante riconuda. Los canadienses son una gente muy especial, cualquiera que haya visto la serie Cómo conocí a vuestra madre puede atisbar de qué hablo y debe saber que los chistes que se hacen sobre ellos son todos ciertos. A veces son educados hasta la náusea, o quizás es porque yo vivo en una zona pija, un microcosmos con ambiente universitario y alejado del Canadá profundo, del Canadá real. Vete tú a saber. Esa noche, tras la comida, pedimos unas pitchers de cerveza, no sé exactamente cuantas, quizás 6, pero éramos como 8 ó 9 personas (¡estúpida RAE!) así que tampoco tocábamos a demasiado alcohol por cabeza. El colmo del sinsentido llegó cuando estábamos más animados, bailando un poco la horrible música en directo que había en la sala y nos dispusimos a pedir una nueva jarra de rica cerveza. «Lo siento, pero ya habéis bebido demasiado, no puedo serviros más». Atónitos nos quedamos, ni estábamos borrachos, ni la estábamos armando, ni había demasiada gente en el local. No nos sirvieron más, en este país de alfeñiques se responsabilizan ellos si eres tú el que sale dando tumbos por la puerta de su bar, eso podría ser bueno en principio, pero créanme amigos, no lo es porque te cortan el grifo sin previo aviso. Estupefacto me hallo. Así que no nos quedó más remedio que ir a otro bar, entrar como su acabáramos de salir de trabajar y tomarnos allí, esta vez sí, la última, la que siempre sobra. Así somos los españoles, no nos gusta que nos digan cuánto podemos o no podemos beber, aunque lleven razón. Ésa es otra de las grandes diferencias entre los canadienses y nosotros.

Al día siguiente no fue a trabajar ni Panete. Pero yo sí, porque así soy yo, un tipo fanático de su trabajo y con un elevadísimo sentido de la responsabilidad. Lo cierto es que tuve la excelente idea de dejar los dos portátiles que tengo en la puta oficina y no me quedó otra que volver a por al menos uno de ellos. Y aprovechando que aun había excedentes de queso del refrigerio de la presentación en sociedad del laboratorio, me puse púo y además me llevé el restante a casa. Así con las cosas, salió a relucir la alimaña que llevo dentro. Lo peor fue cuando la pobre Maruca fue en busca de un poco de comida y allí sólo quedaban biscotes manidos y nachos rancios. La pobre, qué penita me dio. Pero ese queso nos sirvió para la cena de despedida de Karthick, que se va de vacaciones a su tierra y para cuando vuelva, si todo sale bien, nosotros estaremos ya en Andalucía.

La botellita de los cojones que siempre me apuntaba a mí

La botellita de los cojones que siempre me apuntaba a mí. (Fuente: Karthick).

Fue una comida muy agradable comprada en babaz, a expensas de los indios a los que no le pagamos ni un chavo. Ellos, por su parte, bebieron de nuestras cervezas y nuestro ron, me parece justo. Para amenizar un poco la noche, tras la ingesta, empezamos a jugar a lo que en España se conoce como «Beso, Atrevimiento o Verdad», solo que aquí le quitan lo del beso y lo meten dentro de los atrevimientos. Cómo suele pasar con estos juegos, llega un momento en que sólo quedan las verdades (ya que no era plan de subir el tono de los atrevimientos), y la puta botellita siempre me apuntaba a mí, así que me tocó responder a las preguntas que se me hacían. Pero lo pasamos bien.

Lo bueno que tiene salir un jueves y un viernes es que el sábado estás cansado y te quedas tranquilo en casa, por lo que el domingo realmente es un día que se puede aprovechar. Aunque en este caso lo dedicamos a limpiar como cabrones, que buena falta le hacía ya a la casa. Y en eso ando, terminando el domingo.

Poco más, voy terminando aquí que cada vez hago las entradas más largas. ¡Un fuerte abrazo a todos!

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4 comentarios leave one →
  1. Lunes, 22 noviembre, 2010 03:53

    No sé si os habéis dado cuenta, pero ese hombre lleva el cinturón por fuera. Por fuera de la camiseta.

    A mí me ha parecido raro.

    • Lunes, 22 noviembre, 2010 04:46

      😄 ¡Premio! Al pobre le tocó ponerse mi cinturón así hasta nuevo turno.

  2. Guillermo permalink
    Lunes, 22 noviembre, 2010 05:46

    Ese tio!

    “Así somos los españoles, no nos gusta que nos digan cuánto podemos o no podemos beber, aunque lleven razón” XDD

    Habria que veros en el bar… y ver eso de… “ni estábamos borrachos, ni la estábamos armando”

    Saludos!

    • Lunes, 22 noviembre, 2010 07:47

      XDD Aunque no lo creáis, es cierto. Éramos los únicos animados allí dentro, y estábamos en buen estado.

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