Skip to content

Al final va a resultar que me lo he inventado todo

Viernes, 31 diciembre, 2010

No salgo de mi asombro. Igual es el regalo de estas Navidades, una alucinación postraumática o una broma de mal gusto. Si volvemos la vista atrás, hace casi tres meses os contaba que me había quedado sordo de un oído. He vivido lo indecible desde aquel día: búsqueda de sanidad público-privada, citas con médicos de cabecera supuestamente competentes, recepción de noticias demoledoras, miedos a volar en avión por los posibles problemas derivados, reflexiones sobre la pérdida de audición y sus consecuencias, e incluso una cita con el especialista que me tiene que intervenir dentro de dos semanas. No exagero, estoy citado para cuando regrese a Canadá con un otorrinolaringólogo que ha de evaluar la conveniencia o no de reconstruirme la membrana timpánica usando para ello tejidos de otras partes del cuerpo que prefiero no conocer. Todo muy grotesco y rápido. Todo con un regusto a mártir en el paladar que no podía quitarme. Y todo, parece ser, para nada.

Este martes ha sido el día de los Santos Inocentes en buena parte del mundo, conocido por conmemorar «la matanza de todos los niños menores de dos años nacidos en Belén, ordenada por el rey Herodes con el fin de deshacerse del recién nacido Jesús de Nazaret». O al menos eso es lo que dice la Wikipedia al respecto. Yo más bien recuerdo ese día como el de las putadas, en el que te pueden hacer cualquier tipo de broma, desde alguna mofa inocente y sin malicia hasta otras más pesadas y jodidas. Una inocentada es lo que parece esto. Ese día, sólo para despejar dudas, acudí al otorrino del hospital San Juan de Dios de Bormujos con una cita preferente y urgente otorgada por la pasante de mi médico de cabecera. Una chica amable que me facilitó el volante tras contarle mi tragicomedia y comprobar que era imposible inspeccionar mi oído, pues una nutritiva capa de cerumen había estado creciendo en silencio bajo la orden de la médica canadiense de no tocarlo. Al llegar a la consulta me recibió un doctor de unos treinta y muchos, pijo hasta la náusea, prepotente, arrogante y con aires de superioridad, con el que, más o menos, mantuve la siguiente conversación:

— Buenos días –espeta maquinalmente el Dr. Petulante.
— Hola, qué hay –y me quedo esperando a que me invite a tomar asiento, haberme educado en frente de los mejores colegios da sus frutos; pero no lo hace el cabrón–, me siento si no le importa.
— A ver, cuéntame un poco qué te ha pasado.
— Mire Dr. Imbécil, hace unos meses me partí el tímpano con un bastoncillo sin querer, cosas que pasan, y en la sanidad canadiense ya me han citado para operarme, pues no me han dado muchas esperanzas de recuperar del todo la audición.
— ¿Pero usted siente que no escucha?
— Hombre, la verdad es que respecto a cuando tuve el accidente escucho realmente bien, aunque a veces tengo la sensación como de falta de audición.
— Bueno, vamos a examinarte a ver qué encontramos.

El laureado Dr. Cretino me sienta entonces en una silla clínica inclinada y me examina el oído. Le advierto que puede haber montañas de mierda. La extrae toda rápidamente usando un instrumento harto desagradable y algo doloroso. Una chica me llama acto seguido para una audiometría. Dentro de ese ataúd aislado pulso un botón cada vez que oigo un sonido por los auriculares. Salgo de esa cabina. Me invita a que me siente de nuevo en la silla del escritorio de la consulta para que el Dr. Soberbio me explique los hallazgos.

— Pues no veo indicios de rotura del tímpano.
— ¿Cómo? –patidifuso.
— No sólo no tienes nada sino que nunca lo has tenido. Tu tímpano está perfecto y no muestra evidencia de que haya estado roto o haya sido regenerado. Así soy yo, me cuelga la polla y me quiero a mí mismo.
— ¿Pero eso cómo va a ser? ¿Cómo puede haber un diagnóstico tan distinto? –casi no atino a articular frases ante tal respuesta.
— Pues eso tiene una respuesta clara: los médicos canadienses apestan y no tienen ni pajolera idea. En cambio yo soy superior a todos ellos y tú, pobre mortal, tienes que creer lo que te digo.
— Entonces, ¿no tengo nada? –flipando cada vez más.
— No. Nada de nada. De hecho te doy el alta médica para que te vayas a tomar por culo y no vuelva a ver más tu cara de mierda.
— Vaya… Está bien, ¿me puede dar un informe para presentarlo ante la sanidad de Canadá? No me gustaría que me operaran de algo que no tengo.
— Por supuesto, toma, te doy este post-it con mi nombre y mi firma. No necesitas más garantías. Ahora puedes marcharte.
— Muchas gracias, adiós.

Me fui de allí aun en una nube de incertidumbre. Juro que la conversación está transcrita casi como fue en realidad. ¿Os imagináis qué pasaría si me operan de un oído sano? ¿Es el primer diagnóstico denunciable? ¿Me merece la pena? Y la gran pregunta, ¿quién coño lleva razón? ¿Tengo o no tengo el oído perforado?

Espero que todas estas incógnitas queden resueltas cuando vaya a visitar al especialista en Ontario y, con un poco de suerte, corrobore el criterio del especialista andaluz. En fin, otro capítulo más que incluir en el berenjenal de mis dolencias. Qué infortunio el mío.

Y poco más, sólo quería contaros un poco el estado de mi oído y desearos un Feliz Año 2011 a todos.

Anuncios
7 comentarios leave one →
  1. Viernes, 31 diciembre, 2010 06:24

    Yo sigo esta filosófia de vida: al médico no voy si no es en ambulancia. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que si no te duele no tienes nada, si oyes relativamente bien, si en tu casa te parece que el televisor está un poco alto, no tienes ningún problema de audición.

    • Viernes, 31 diciembre, 2010 06:36

      Ojalá hubiera sido todo tan fácil. Pero cuando te sangra un oído te acojonas un poco, aunque con el tiempo se vaya yendo el dolor.

  2. Isa permalink
    Viernes, 31 diciembre, 2010 07:12

    Yo tengo el tímpano transparente de tantas perforaciones y cicatrices que éstas me dejaban, siempre de manera natural (no es que me de gusto pinchármelo con palillos ni nada de eso). Cada vez que me ha ocurrido se me ha reconstruido de manera natural y tengo el oído finísimo. Cada vez que un médico me lo mira se asusta porque es poco común, de hecho me han querido desgraciar en más de una ocasión. No te dejes! No te preocupes y ten cuidado donde metes las uvas este fin de año!!! Happy new year!

    • Viernes, 31 diciembre, 2010 07:28

      Qué envidia, tienes poderes de regeneración, como Lobezno. Ojalá yo también los pudiera disfrutar 😦
      ¡Feliz Año!

  3. Nacho permalink
    Sábado, 1 enero, 2011 11:24

    Esto lo leí en una plaquita en una consulta: “Un médico cura, dos dudan y tres muerte segura”. Es lamentable esto de la disparidad de criterios, pero desgraciadamente hay médicos buenos y malos, como ocurre con fontaneros, informáticos, taxistas, camareros, políticos, profesores, … La coña es ver ahora quién tiene razón. Por muy pijo que fuese el gachó, yo quizás le haría caso. Tiempo hay de operarse y usar tejidos de otras partes (ayyyyyyyyy). Y de pasar del refrán y escuchar nuevas opiniones. ¡Mucha suerte y feliz 2011!

    • Sábado, 1 enero, 2011 03:55

      Buenísima la inscripción. Lo que sí es verdad es que el médico de aquí se motraba bastante seguro de sí mismo. Espero que sea el que lleva razón y me evite una intervención.

Trackbacks

  1. Tweets that mention Al final va a resultar que me lo he inventado todo: -- Topsy.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: