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Niágara bajo cero

Miércoles, 26 enero, 2011

El pasado fin de semana, la verdad, no pasó nada interesante, salvo quizás que empecé a ver Boardwalk Empire, dirigida por Martin Scorsese para la HBO, algo que se percibe agradablemente desde el primer minuto. Steve Buscemi fue el reclamo que me incitó a verla, obviamente no por sus cualidades físicas sino más bien interpretativas. Me defraudó un poco que su voz sonara a rata maquiavélica, no es que su contrapunto en el doblaje español suene muy distinto, pero esperaba algo más parecido a su doblador, Pep Antón Muñoz, que tan bien lo hace con el Coronel Hans Landa –interpretado por Christoph Waltz— en Malditos Bastardos. Supongo que ya me he habré acostumbrado.

Así que como este «finde» ha sido tan aburrido, sólo limpieza y visitas a los malls como el de White Oaks, creo que es mejor que os cuente cómo fue el anterior, en el que recibimos la visita de Nino y Stephy. Él es de Huelva y amigo de Diego y ella, alemana y novia de Nino, lo es también por extensión. Estaban haciendo un enorme road trip por todo Norteamérica en un coche alquilado y la visita al pequeño London del otro lado del Atlántico era parada casi obligada entre las cataratas y Toronto. Ambos trabajan en un hotel costero y tienen la mayor parte de las vacaciones en la temporada alta baja de la costa onubense, esto es, el invierno.

Rumana vendiendo un poco de romero en la cola del Joe Kool's

Rumana vendiendo un poco de romero en la cola del Joe Kool's

El día de su llegada la cena era obligatoria hacerla en el Alibi –que por cierto significa coartada, ni puta idea hasta que lo oí en Boardwalk Empire–, una super hamburguesa para ir con el estómago bien lleno a comenzar la ronda de bares de la ciudad. Una ronda que se acaba rápido: sólo hay cinco. Hubo tentativas de entrar en alguno que otro pero al final, tras hacer cola y estar apunto de morir por congelación, conseguimos tener un sitio decente en nuestro querido Joe Kool’s. Nunca nos falla. Y allí estuvimos, bebiendo un poco de cerveza y charlando sobre la vida aquí y allá hasta que a las 2:00 AM no echaron y nos fuimos a casa como pudimos que a la mañana siguiente había que madrugar.

El madrugón considerable, de efecto soliviantado gracias a las leyes que rigen los horarios nocturnos de los bares canadienses, hizo que estuviese todo el viaje intentando dormir. Y es que la mañana amaneció con una tormenta de nieve curiosa en London que nos hizo dudar de la posibilidad del viaje. Bien equipados con ropa barata del Decathlon pudimos llegar hasta donde el bus tenía que recogernos. Esperamos durante casi cuarenta minutos resguardados sólo por un pequeño techado de la escuela donde Espe estudia. Al fin llegó y nos pusimos rumbo a Niágara a velocidad absurda por lo que llegamos como dos horas tarde.

Un árbol que parece un coral o un alga marina.

Un árbol que parece un coral o un alga marina.

Con una media de -5 °C y humedad del 90% quizás no fue el mejor día para visitar Niágara y sus famosas cataratas. No es que la temperatura fuese la más baja que habíamos visto (de hecho hace unos días llegó hasta -21 °C reales, nada de sensación térmica), pero en combinación con la alta humedad y la brisilla que desprendía la monumental caída de agua daban un efecto freezer muy conseguido. Hasta los moquillos se te congelaban. Por contra el espectáculo era increíblemente bello. Todo estaba literalmente congelado, las vayas, las escaleras, las puertas, el suelo. Las cataratas son realmente dignas de ver. No tan impresionantes como me las había imaginado, eso es cierto, ni tan espectaculares como en las fotos, pero sí que merece la pena un viaje de 2 horas para verlas 😛

Lo siento, la parte bonito de las cataratas, la canadiense, no conseguí meterla en la panorámica.

Lo siento, la parte bonito de las cataratas, la canadiense, no conseguí meterla en la panorámica.

Tras llegar a Niágara y quedar un poco impresionados, fuimos a ver las caídas desde abajo, en unos miradores que hay a los pies de la caída y desde los que se observa desde una perspectiva muy interesante. Para llegar hay que usar un ascensor de no sé cuántas plantas gestionado, creo, por el gobierno. Los trabajadores que tuve el placer de contemplar estaban sacados de una novela de terror sobre psiquiátricos o algo peor. La «mandamás» era un especia de troll engordado que nació cuando los grandes lagos no eran más que putos charcos. Y el operador del elevador se había aprendido un par de frases de memoria respecto a la cantidad de agua que por minuto bombeaban las cataratas y los metros que el ascensor bajaba. Un poco dantesco, la verdad. Fue como estar en la parada de los monstruos. Después estuve pensando que serían empleos destinados a personas con algún tipo de necesidad especial, me sentí un poco mal, los pobres no tenían la culpa de ser tan raros. Pero joder, eran tela, tela de raritos.

Señoras que van de compra atravesando la nieve de Niágara.

Señoras que van de compra atravesando la nieve de Niágara.

Y no hay más. Es lo que ha pasado en casi las últimas dos semanas. Casi no he tenido tiempo de pararme a pensar, hay un buen montón de ideas e iniciativas nuevas e interesantes (como Rayuela155!) que me mantienen un poco aislado. A lo que hay que sumar que comienza la recta final de un máster que pareciera que tengo abandonado y del que me tengo que quitar al menos tres de las cinco asignaturas en las que estoy matriculado.

Sin embargo sí que quiero mencionar algo. Lo primero es que ya echo otra vez de menos muchas cosas: comer churros con chocolate, charlas con los amigos en la calle, cenar con mis hermanos o pasear por el parque aun verde de Porzuna. La distancia no perdona. Nunca podré dejar de agradecer a mi familia y amigos por el recibimiento tan especial que me hicieron, pero la realidad es que estoy a muchos miles de kilómetros de distancia y la información a la que tengo acceso y que ellos reciben de mí es cada vez más escasa. Los vínculos culturales se mantienen por mediación de los sucesos cotidianos, de los chismes y de las coñas. Y eso no se puede mantener viviendo en otro continente. Tengo que asumirlo. Me resultó muy curioso el extraño sentimiento de hermanamiento que tuve con los algunos de los exiliados que también volvieron a casa por Navidad, pero más tarde lo comprendí: ellos tampoco comparten la vida diaria y el nivel de conexión es prácticamente el mismo. Una cosa tengo clara al menos, no puedo pretender que mis vínculos no cambien. Es como querer vivir en Canadá y mantener intacto tu grupúsculo vital, exactamente eso. Y es, sencillamente, imposible. Por todo el empeño que se ponga, por muy activas que las personas sean en las redes sociales, las relaciones irán debilitándose. Quizás no perdiendo, pero sí distanciando. Algún sentido tenía que tener que «distanciarse» venga de «distancia». Y ya lo he medio asumido. No intentaré aparentar que nada pasa ni me sentiré extraño a la vuelta. Es algo con lo que ya cuento y que debería incluso facilitarme la vida. Seguiré extrañando muchas cosas y a mucha gente, pero imagino que un buen día todo eso pasará al cajón de la nostalgia en el que ya las cosas empiezan a estar un poco apretujadas. Lo que tiene envejecer, qué faena.

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