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Así es cómo uno se hace viejo

Martes, 15 febrero, 2011

Trabajando y trabajando. Menudas semanas que llevo de trabajo. Ya soy el workaholic oficial del laboratorio. Y encima estos días está por aquí Fernando Sancho Caparrini, mi tutor de proyecto final de carrera, mentor laboral y ahora compañero de trabajo desde la lejanía. Sus visitas son agradables pero implican aun más cosas por hacer y en tiempo récord pues suelen ser, por fortuna, algo fugaces. A esto hay que sumar los trabajos finales del máster y estudiar, claro. De las cinco asignaturas he dejado por imposible una sobre CLIPS. Se supone que CLIPS es un lenguaje que facilita la creación de sistemas expertos, esto son, sistemas que deben dar más o menos las mismas respuestas que daría un humano experto en un campo concreto. Muy chulo, sí, pero el lenguaje es el infierno y las prácticas demasiado numerosas. Me quedé atrás bien rápido. Las otras cuatro por las que estoy luchando también me resultan atractivas e implican un montón de cosas por hacer: una ontología en OWL para clasificar el arte barroco (tendríais que ver hasta qué nivel se ha tenido que bajar, humanistas…),  ejercicios en Aleph/Prolog para aprendizaje automático y reconocimiento de patrones, un simulador del éxito o fracaso de los bares de Sevilla según ciertos atributos y hábitos de los clientes nocturnos, un programa de computación basada en ADN para ejecutar programas siguiendo el modelo de Sticker y, por último, otra cosa sobre Sistemas P que aun tengo por decidir. Sin olvidar mis labores como director técnico del laboratorio y las dos asignaturas a las que voy como oyente. En fin, siento la perorata pero necesitaba desahogarme de algún modo, si no iba a acabar majara.

Así de majara, o más...

Así de majara, o más...

Supongo que ritmos parecidos son los que llevan esos cincuentones que una mañana se levantan preguntándose qué han hecho con su vida. Reconozco que no es la primera vez que paso por capítulos de este tipo en los que ni para echar una ñorda a gusto tengo tiempo, pero a veces me olvido de que también he de cuidar a los que tengo cerca y dedicarles un rato de mi día. Al fin y al cabo siempre he considerado que compartir vivencias y experiencias es la salsa de la vida, lo que no quita que de vez en cuando uno quiera sencillamente estar solo. Lo que me lleva a pensar en la convivencia, algo que uno siempre imagina más fácil y que, de hecho, debería serlo. Pero como no somos personas constantes es raro que la convivencia también lo sea. Aun así, con nuestros más y nuestros menos, no me puedo quejar de compañeros. Supongo que uno siempre se imagina que el problema son los demás y no se detiene a pensar en las cosas que el resto puede no soportar de ti. Intento ir aprendiendo poco a poco, pese a que cada día descubro que la norma conforme pasan los años es ser un poco más intransigente. Parece que vamos reduciendo el conjunto de cosas que nos resultan importantes y llega a dar la falsa sensación de flexibilidad cuando en realidad es puro pasotismo. En cambio en lo más cercano cada vez permitimos menos cambio y más rutina.

Una de las cosas más duras que un buen día tuve que asumir es que mi madre era mi madre y mi padre era mi padre, al menos hasta donde tengo constancia, por lo que yo, me guste o no, iba a tener cosas de ambos, tanto buenas como malas. Lo más gracioso del asunto es cuando de repente uno se oye a sí mismo hablando con el discurso de su padre. Ese día, que llega sin avisar, te ves obligado a reconocer a ese viejo barrigudo y culipano hablando por tu boca, pensando en tu cerebro. De pequeño solía pensar que el trabajo dignificaba, que había que trabajar para vivir. Una noche cualquiera tuve una conversación con mi madre, que era cercana a mi postura, y con mi padre, que era de la postura contraria, es decir, vivimos para trabajar. Por aquel entonces yo veía como una aberración la idea de mi padre, pero poco a poco he ido cayendo en la cuenta de que no estaba tan equivocado. He empezado a pensar como él y ahora me da que tenía razón. Un poco injusto que la sabiduría de la vida no se pueda aprender más que viviendo, se ahorraría uno una buena tunda de palos. También estaría bien que te avisasen de que te acabarás convirtiendo en tus padres, te guste o no, con variaciones más o menos importantes. Son otras muchas cosas las que uno va descubriendo que tiene de sus progenitores, afortunadamente, un buen número de ellas buenas. Otra cuestión importante son las diferencias de género. Cada vez resulta más habitual escuchar chistes o bromas sobre las diferencias entre los hombres y las mujeres. Ya no sé si somos nosotros los que han creado los tópicos o son los tópicos los que han influido en nuestro comportamiento. Como anécdota sólo mencionar cómo este hecho queda magistralmente registrado en la serie Mad Men, en la que en un momento dado una chica dice algo que, supuestamente, está por encima de su intelecto y se acerca a las ideas que podría haber tenido un hombre. En ese momento uno de los jefes dice, literal, «es como ver a un perro tocar el piano». Tuve que descojonarme.

Contaba esto porque hay un hecho que ha empezado a ser un mal en mi vida y que si en un principio pensaba que era algo heredado cada vez estoy más seguro de que está relacionado con la edad, el confort, la comodidad y que también adolece a otros muchos. Cuando era menos viejo –hay que ir empezando a usar ya estos eufemismos, señores–, recuerdo que tenía bastante más energía. Siempre acababa apuntado a algún plan e iba. Pero según pasan los años empieza a fallar la segunda parte. Continúo intentando movilizar a la gente para hacer cosas, ya menos, es cierto, pero ahora me es cada vez más difícil acudir a los eventos que yo mismo promuevo. Sé de buena tinta, por pura estadística, que al final suele valer la pena, pero me cuesta horrores. El último ejemplo lo viví el domingo pasado. En esta ciudad nunca pasa nada y por casualidad hace unos días descubrí que Benny Benassi venía a una sala relativamente nueva llamada New Yorker London. Desde el minuto que me enteré de la noticia procuré congregar a un mínimo grupo para acudir a verlo en directo. Y eso está bien, pero se acercaba el día del evento e iba teniendo menos ganas de ir mientras que animaba a más gente para venir. Algo extraño, sin duda. Acabé yendo, por supuesto, y lo pasé genial. Aunque es bien cierto que no sé si algún día podré acostumbrarme a la manera que tienen de intimar y bailar las gentes de Canadá en las discotecas/bares/pubs.

Y eso es todo. Estos días, además, las temperaturas se han relajado un poco, por lo que la nieve, antes de que que empezara a lloviznar y todo se convirtiera en mierda negra y placas de hielo, tenía el estado perfecto para hacer muñecos. Es super fácil hacer uno, no tenía ni idea. ¿Saben eso típico de los dibujos en los que un personaje se cae por una montaña nevada y empieza hacerse una bola cada vez más grande? ¡Pues así es! Cuando mi peluquero canadiense me lo contó pensé que se estaba quedando conmigo. Pero es real. Basta con hacer una pequeña pelota y hacerla rodar por la nieve. En cuestión de un par de minutos tendrás ya una bola de nieve demasiado pesada incluso para levantarla. Es el momento de seguir rodándola un poco más y convertirla en la base de tu muñeco. Es muy divertido, la verdad. Cuando la nieve está así es como jugar en la arena mojada de la playa pero manteniendo el ojete limpio. Entre Espe y yo construimos al viejo Herbert Spencer, el viejo muñeco de nieve de mirada triste y sonrisa alegre. Quizás tenga algo que ver su pena de cárcel de varios años y su antiguo apodo: le llamaban Herbet ‘the Pervert’, vayan ustedes a saber por qué. El pobre tuvo una efímera vida, cuando cuando terminamos la sesión de fotos su pecho se desprendió y su cabeza quedó fusionada con la nieve colindante. Quiero creer que Espe no lo empujó, pero la duda me perseguirá durante el resto de mi vida.

Herbert Spencer, el viejo muñeco de nieve tristalegre. Era tan adorable.

Herbert Spencer, el viejo muñeco de nieve tristalegre. Era tan adorable.

Siento haber escrito este post rápido y mal. Ya me despido hasta la próxima, para la que espero seguir vivo si no ando enterrado en montañas de trabajo y estudio. Disfruten por allá de la diferencia de casi 40 °C con respecto a este London. Dicen que ya sólo queda poco más de un mes de invierno de verdad. Que luego vendrán las lluvias. En otoño había que limpiar hojas, en invierno hielo, en primavera barro y en verano a saber qué coño tendremos que quitar. ¡Ohh, Canadaaaaaa!

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6 comentarios leave one →
  1. Mirian permalink
    Martes, 15 febrero, 2011 10:09

    jajaja, qué chulo el muñeco de nieve, siempre he querido hacer uno!

  2. Martes, 15 febrero, 2011 05:53

    Me gustaría ver ese “simulador del éxito o fracaso de los bares de Sevilla”. ¿github? 😉

    Y trabaja menos, copón.

    • Martes, 15 febrero, 2011 08:10

      Sí, tío. Espero después de estas semanas relajarme un poco.

      En cuanto presente el código y lo evalúen lo cuelgo. Pero estará seguramente en NetLogo o Repast.

  3. Sergio permalink
    Martes, 22 febrero, 2011 11:37

    “Cuando era menos viejo –hay que ir empezando a usar ya estos eufemismos, señores–, recuerdo que tenía bastante más energía. Siempre acababa apuntado a algún plan e iba. Pero según pasan los años empieza a fallar la segunda parte. Continúo intentando movilizar a la gente para hacer cosas, ya menos, es cierto, pero ahora me es cada vez más difícil acudir a los eventos que yo mismo promuevo”

    100 % de acuerdo, eso es asín. Impactante la historia de Herbert the Pervert, pobre muñeco XD

    • Martes, 22 febrero, 2011 12:10

      El pobre y adorable Herbert. Llego a pensar sobre qué fue antes, si la indolencia de no hacer las cosas según se acerca la fecha o la vejez.

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