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De vuelta a la insipidez

Lunes, 11 abril, 2011

Y se terminó. Lima ha sido un viaje increíble, incluso sin hacer turismo. Pero debo admitir que he descubierto algunas cosas que, según parece, son bastante comunes en toda latinoamérica. Esto es, la inexistencia de clase media. He podido comprobar de primera mano el abismo brutal entre la clase alta de la capital del país y la baja, sin que parezca haber ningún peldaño en medio. Realmente no sé si esto es bueno o malo. Si esta clase social baja, proletaria y casi desheredada, fuese capaz de tomar el control de su propio futuro y se organizase, la situación podría cambiar un poco para todos. El que los ricos sean tan ostentosamente ricos da que pensar, sobre todo en los niveles en los que la corrupción se mueve en estos países. Perú, envuelto en el clima de las elecciones que se celebran justo hoy, mira con recelo a uno de sus candidatos que, al parecer, «ha sido puesto ahí por Chávez». Otra de las alternativas es PPK «el gringo», abanderado de los norteamericanos; Keiko, que siempre jugará con desventaja por ser la hija de Fujimori; o Toledo, que perpetuaría el mandato de Alan García. Ninguna de las opciones parece entusiasmar a los peruanos que poco a poco están perdiendo la fe en la política. No me extraña, los programas no son mucho mejores que los de sus homólogos en España o los contrapuntos en Canadá. La situación política en general da bastante asco, y las opciones razonables, bajo mi punto de vista, no suelen ser mayoritarias. Desconozco qué porcentaje de la población va las urnas y ejerce su derecho, pero puedo presuponer que una buena parte de los barrios jóvenes (poblados pseudo-chabolistas del extrarradio) no está demasiado interesada en lo que los partidos proponen o dicen que harán. Bastante difícil debe ser ya para ellos tener algo para comer cada día. Una situación un poco alarmante pero que, por contra, parece ser la misma desde hace ya algún tiempo. Lima se está expandiendo a pasos agigantados y con el crecimiento las diferencias entre las riquezas de unos y otros se acentúa. Es como una olla a presión que vaya a explotar tarde o temprano. Pero dejemos la política y la difícil situación del Perú a un lado.

Así se las gastan en las playas privadas de Lima

Así se las gastan en las playas privadas de Lim

Como venía diciendo, Lima ha significado un nuevo mundo para mí, he aprendido cantidad de cosas, desde las meramente técnicas o históricas, hasta las más relacionadas con la condición humana, las culturas y la resistencia al cambio. Cuanto más viejos más difícil es cambiar. Doy fe de ello. Podría decir que mi forma de ser, al igual que la de otros tantos, depende un poco de si estoy en un ambiente cómodo y relajado con gente que conozco y de total confianza, como celebraciones con familiares y amigos, con respecto a situaciones en las que en principio debo medir tanto comportamiento como palabras, como en reuniones de trabajo y encuentros laborales algo más distendidos. Y esto se hace más evidente con la edad. Es por ello que las cenas de empresa, tan populares en las vísperas de Navidad, son como una fusión de ambos mundos, virándose cada cual a su entorno habitual conforme la noche avanza. Es en ese tipo de celebraciones en las que uno se da cuenta de cómo son sus compañeros de trabajo y cómo suelen aparentar ser. Al menos en una cultura en la que el alcohol es el disparador más aceptado de la diversión. Pero, ¿qué sucede cuando las líneas que delimitan el trabajo y el ocio se desdibujan? Pues que es difícil saber dónde empieza un comportamiento y donde termina otro. Se debe tomar una determinación, o te comportas como lo haces normalmente, digamos, siendo un malhablado y bromeando, o tomas la rectitud del ambiente habitual de una reunión con clientes. Confieso que cuando esa situación se da yo suelo optar por ser recto y serio. O al menos lo intento. Y aunque esto no puede servir de excusa a lo que voy a contar a continuación, espero que los que me conocen de verdad sepan o puedan vislumbrar lo que sucedió realmente.

La Catedral de Lima (creo recordar)

La Catedral de Lima (creo recordar)

Aun no recuerdo cómo en un momento dado de mi visita a Lima salió a colación mi ligera afición al cajón flamenco. Descubrí con sorpresa que el origen de tal instrumento en realidad era peruano y que el que llegó a España y fue popularizado a nivel mundial es, en realidad, una modificación del genuino llevada a cabo por alguien cercano a Paco de Lucía, Rubem Dantas, que lo descubrió e hizo suyo para formar parte ya de la tradición flamenca hasta el punto de confundirse su propio origen. Conversando sobre el asunto nos recomendaron acudir a un espectáculo de percusión afroperuana en directo, en la casa de Don Porfirio, un pequeño antro que nos vendieron como de lo más local y auténtico pero que resultó ser más guiri-oriented que otra cosa. El sitio estaba bien, no lo dudo, los bailarines supongo que eran bastante buenos. Algunos bailes, como el que se hace con un pañuelo blanco, me recordaron bastante a las sevillanas. Otros eran más parecidos al claqué. Desde el primer minuto que entré en aquel sitio supe que sería un bochorno para mi persona y que todos los astros se confabularían para que tuviese que salir a bailar o tocar el cajón, lo que resultase más humillante. No me equivocaba. Nada más llegar los integrantes del grupo con el que iba, todos al menos 7 ó 10 años mayores que yo, se las arreglaron para dejarme la silla que estaba más cerca del escenario mientras ellos quedaban convenientemente resguardados en lugares seguros y libre de amenaza danzarina. El otro gran error fue sentarme en un sitio en el que les daba la espalda si quería ver los bailes. Y llegó el baile de la vela. Es un baile en el que a ella se le coloca un cinta blanca en el culo y mientras lo menea, el hombre, sosteniendo una vela, debe intentar prenderle fuego. El rito se repite algunas veces en cada sentido, por aquello de la paridad, supongo. Cuando terminaron el espectáculo tocó el turno de la participación del público, y claro, todas las personas con las que iba estaban confabuladas, no sé si consciente o inconscientemente, para que yo saliese e hiciese el ridículo más espantoso. La muchacha, de una atractivo indígena y cuerpo bien curtido por el baile, rápido dio un vistazo alrededor, y tras mirar detrás de mí, alguien debió hacerle un gesto señalándome para que me escogiese. Sintiéndolo en lo más profundo de mi corazón no era ni el momento ni la compañía, y qué diablos, odio esas putas mierdas de salir a bailar, así que me negué, no una ni dos, sino las que hicieron falta hasta que la muchacha y todo el local se dieron por vencidos. Mi situación estomacal tampoco era la más idónea y me extirpaba la poca seguridad con la que cuento en esas situaciones. Sí, fue una vivencia de lo más humillante que espero no se repita en largo tiempo. Pero perjuro que lo volvería a hacer cuantas veces hiciesen falta. No es necesario arrebatar la dignidad de un hombre de esa manera al que, por cierto, nunca le gustaron ese tipo de actos públicos de lucimiento vergonzoso. En fin, a eso me refería con que cada uno es como es y cada día que pasa lo será más.

Mi pequeña adquisición

Mi pequeña adquisición

Qué complicado es eso de los comportamientos en sociedad. Decía una buena amiga, ahora perdida en algún lugar de Argentina, que cada persona es un todo, pero que depende de con quién se rodee será que sacan de él unas u otras cosas. Si es eso cierto, y empiezo a creerlo desde que vivo en Canadá, añadiría que no sólo actúan las personas de manera individual sino también los colectivos y ciertas situaciones. No son pocas las veces que he deseado estar rodeado de mi gente, de la antigua, donde realmente me siento tal y como soy, más como en casa. Donde no tengo que preocuparme por ese tipo de movidas incómodas y todos saben, de algún modo, que esas cosas no son para ti y ya no se cuestiona. En el fondo, si lo pienso, creo que incluso soy distinto con mi familia y con mis amigos. Con los pocos que me quedan y que están, cada uno, en una punta del mundo. Qué putada.

Si sólo fuera así de fácil

Si sólo fuera así de fácil

Pero estos capítulos desagradables, que para los demás pasan y ya está, tienen el poder de hacerme reflexionar largo y tendido, ocupándome más tiempo en la cabeza del necesario. Lo que también me pasa cuando en una discusión no encuentro el argumento perfecto. No sé si le pasará a más gente o es sólo cosa de mi malogrado cerebro. En cambio, otro tipo de eventos más serios, como pueden serlo las turbulencias en los aviones, no suelen preocuparme y pocas veces pienso en que podría haber sido un accidente o cosas así. Tengo demasiada confianza en los aviones, para bien o para mal. En el accidentado vuelo de vuelta, en el que tuve que cargar con el cajón peruano que dio tela de por culo –a cada rato tenía que abrirlo y explicar qué era–, hubo un par de momentos interesantes. Ambos turbulencias. La primera fue relativamente brusca pero rápida, así que los pasajeros no tuvieron casi tiempo de quejarse, sólo mostraron una leve sonrisita nerviosa tras la sensación de ingravidez que comienza por el estómago. Pero la segunda turbulencia diría que duró un o dos segundos. Más que suficiente para generar pánico, al parecer. El estruendo fue generalizado, comenzando como un leve chillido, subiendo hasta grito en masa y caras de terror para acabar de nuevo con una risa maníaca. Se piensan muchas cosas en tan sólo una par de segundos, pero yo casi no tuve tiempo para hacerlo durante, puesto que iba hablando con una agradable peruana que vivía en Montreal, así que toda mi reflexión vino después. Recuerdo que sentí un poco de vértigo, pero no fue nada. El resto del viaje, lo poco que quedaba, fue bastante tranquilo. Por supuesto no hicimos escala en Estados Unidos, así que no tuve altercado alguno en las aduanas.

El tímido comienzo de la primavera en nuestro jardín

El tímido comienzo de la primavera en nuestro jardín (Fuente: Espe)

Y poco más. Unos días antes de dejar London llegó a casa Mohammed, un arquitecto palestino –y sevillano de adopción– que se matriculará a partir de mayo en Western y al que de momento estamos alojando solidariamente en nuestra casa. A todos los efectos diría que es andaluz, tiene incluso la misma manera de ver las cosas y de divertirse, lo cual me viene muy bien. Ayer hicimos una pequeña fiesta para celebrar no sé muy bien qué, quizás que hacía ya mucho tiempo que no hacíamos una. La noche empezó normal, con música de Rafaela Carrá –cuanta sabiduría encierran sus canciones–, y luego la cosa fue degenerando hasta convertirse en la noche más surrealista que haya vivido en Canadá desde que he llegado. Pero lo pasamos bien, muy bien. Ya iba haciendo falta deconectar, a todos. El buen tiempo, que tímidamente avanza, es también muy positivo para el ánimo. Los canadienses están ya deseando poder salir a la calle. Buena muestra de ello es que los parques están llenos y la vida comienza a dejarse ver. Ya era hora, esperemos que los veintitantos grados de hoy sean la norma hasta el siguiente invierno. Por último quisiera confesar mi estado de shock ante la extraordinaria insipidez de la comida canadiense. En comparación con la peruana es como su en esta ciudad sólo conociesen el salado, el dulce y el ketchup. Muy triste que mi paladar se vuelva a acostumbrar a la comida local habiendo degustado los mayores manjares del Perú.

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6 comentarios leave one →
  1. Ana permalink
    Lunes, 11 abril, 2011 09:47

    Cuanto más viejos más tercos y dificil de cambiar, eso es asín.

  2. Guillermo permalink
    Lunes, 11 abril, 2011 11:34

    Buenas,

    El cajon no puede ser mas guapo y bob esponja no me puede dar mas coraje!!!

    Saludos!

    • Lunes, 11 abril, 2011 11:40

      XDD Y mejor suena. De los que probé el que mejor sonido tenía. Garantizado por una señora vieja que por allí andaba y que decía tener un don por su buen oído. Así que, 100% garantizado.

      A Bob Esponja no he tenido más remedio que cogerle cariño por mi sobrino, sorry 😛 Pero deberías ver el arte que el muñecote tiene a veces.

  3. Sergio permalink
    Lunes, 11 abril, 2011 02:40

    No podría estar más de acuerdo en el párrafo entre el cajón y la foto de Bob Esponja, y por supuesto en eso de que “cada uno es como es y cada día que pasa lo es más”

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