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Se acabó la Pascua

Martes, 26 abril, 2011

Ha sido extraño pensar que mientras yo pasaba una semana de lo más tranquila, en la otra parte del mundo, así como en muchas otras, comenzaba la mayor fiesta religiosa del año. Uno de esos locos lugares es Sevilla, donde la Semana Santa se vive con un fervor exagerado. Si lo pienso con detenimiento podría decir que nunca fui religioso, ni siquiera cuando era muy pequeño. La comunión, ese ritual por el que pasas a tomar la sangre y el cuerpo de Cristo, qué cosa más aberrante, la hice, como casi todos los niños, por los regalos. Teniendo en cuenta lo que un regalo significa para un niño de familia humilde no es de extrañar que tomarme esa hostia mojada en vino y rezar alguna que otra vez fuesen sólo males menores, condiciones necesarias. Lo cierto es que jamás me aprendí ninguna de esas canciones de mierda, ni siquiera las más pegadizas –es tan alto, qué, se sale por abajo… pero bueno–, así que durante la celebración me limité a abrir la boca y hacer como si me las supiese. Y eso es exactamente lo único que hice en mi comunión: abrir la boca constantemente. Maniático, y a veces un poco obsesivo, solía tener muchas manías, muchas. Una de las peores fue la que adquirí unos semanas antes de mi primer sacramento de la Eucaristía. Debido a unas boqueras de lo más desagradable que tuve y al temor de volverlas a tener, me dedicaba a abrir la boca para estirar las comisuras de los labios y así supuestamente evitar que saliesen de nuevo. Ahora no tiene mucho sentido, pero para cuando me quise dar cuenta de que esa medida era estúpida ya tenía la manía conmigo y estropeó todo el espectáculo, pues cada 2 minutos abría la boca lo máximo que podía pero intentando sin éxito que nadie se diera cuenta. Lo peor es que para mi escarnio particular todo quedó convenientemente registrado en vídeo y es una mofa que me acompañará por el resto de mi vida.

Guardo aun otro recuerdo incluso anterior de mi relación con la Iglesia. Una vez vislumbrada la posibilidad de que recibir juguetes sólo por tomar un poco de galleta para helado con vino no estaba tan mal, había de inscribirme en el registro de la parroquia del barrio, que por aquellos entonces estaba en construcción. Obviamente, como niño que era, mientras mi madre arreglaba el papeleo con Don Ramón, el cura más hijoputa y desagradable de los pocos que he conocido, comencé a jugar subiéndome a lo que sería la tarima desde la que se impartirían las misas. Pero un cable negro y no muy visible cortaba el paso en cada subida y bajada para advertir del peligro de la zona aun en obras. No lo vi, obvio. Mi juego consistía en dar vueltas por esa tarima subiendo y bajando de ella, con la suerte de que el cable metálico estaba un poco más alto que mi cabeza y no lo advertía en mis raudas pasadas. Hasta que una de las veces, no sé muy bien qué movimiento hice, mi cabeza chocó de frente con él y de la propia inercia del movimiento pegué media voltereta en el aire y caí de espaldas dando con la nuca en el suelo y quedándome algo mareado durante largo tiempo. Fue un drama que recuerdo turbio. «Puta iglesia de mierda», pensé, supongo, con otras palabras. Menudo primer contacto. Por suerte no he tenido muchos más.

La primera vez que fui a ver un paso de Semana Santa me harté de andar, como es habitual, y solo logré ver la parte de detrás de la Virgen de no sé qué cofradía. Cuando al lunes siguiente Miguel, mi profesor de 2º de EGB, nos pidió que dibujáramos los pasos que habíamos visto y yo le planté un paso visto por detrás se quedó un poco estupefacto. Por supuesto que pintar 4 ó 5 cirios y una gran velo que va desde la cabeza a los pies es bastante más fácil que pintar un cristo, la cara de una virgen o a 500 nazarenos. Tuve la suerte y la desgracia de no haber visto un carajo, pues me tocó explicarle, con la locuacidad de un niño de 9 años, que eso era todo lo que había visto y que no estaba intentando eludir la tarea. Aunque la acabé en 5 minutos, coloreada y todo. Aquel maestro, que creo me tenía en buena estima, parecía saber de buena tinta que no me estaba escabullendo y me lo dio por bueno. Entonces aprendí el poder que da el saber aparentar.

Nuestro saco de kilo de mini-huevitos Cadbury

Nuestro saco de kilo de mini-huevitos Cadbury

Para entonces ya le tenía bastante aversión a la Semana Santa y poco a poco, conforme iba conociendo mejor cómo funcionaban las cosas y qué significaban, me iba despegando definitivamente de ese sentimiento. Cuando tuve edad suficiente para ir solo con mis amigos a La Madrugá mi padre insistió en que no podía ser y no me dejó. En Sevilla, ir a ver los pasos que salen de la noche del Jueves Santo al Viernes Santo es mucho más que un simple acto de fervor. Los chaveas suelen salir a pasar el rato, hacer un poco el cafre y luego pasarse a ver algunos pasos, si es necesario. A veces el entorno puede ser un poco hostil. Así que yo, ante la negativa de ir de mi padre, decidí que al menos podía acompañar a mis amigos en el autobús hasta el centro de la ciudad y luego, sin bajarme para ahorrarme un billete, retornar a casa montado en el bus, pues era una línea circular. Pero claro, no contaba con que la ciudad se transforma, se paraliza, las calles se cortan y las rutas de autobuses se modifican para dejar vía libre a los pasos. Al llegar a la que sería la última parada el chófer dijo que ahí «había que bajarse tor’ mundo». Sentí un escalofrío por la espalda. No recuerdo bien si esa noche finalmente me quedé y fue mi primera Semana Santa o si conseguí tomar algún otro autobús de vuelta. Años más tarde la tradición de la Semana Santa siempre acababa con un gofre de chocolate, diría que era la mejor parte. Y años después simplemente la única opción era irse de la ciudad esa semana porque hacer cualquier cosa que no fuese ver procesiones se volvía imposible. Quien me iba a decir que llegaría a extrañarlo un poco.

Mohammed sintiendo un placer extremo al comerse mi ratilla de chocolate

Mohammed sintiendo un placer extremo al comerse mi ratilla de chocolate

A este lado la tradición es bien distinta. Aunque los días coinciden sólo es festivo el viernes y se celebra lo que llaman la Pascua. Leyendo la Wikipedia descubro que el huevo siempre ha sido un símbolo de vida y se ha usado para celebrar el inicio de la primavera desde tiempo inmemorial, la época más fértil del año al menos en el hemisferio norte. De ahí que el conejo, dada su gran capacidad para procrear, se tomase como icono. Al parecer el huevo tiene una fuerte carga simbólica que va desde el endurecimiento del corazón del faraón Ramsés II que no permitía la salida del pueblo hebreo de Egipto en la tradición judía, hasta la persecución de Herodes a Jesús y las trampas que Dios puso en su camino para que no lo encontrara de la religión cristiana. Su origen, sin embargo, parece datar de la Edad del Hielo, cuando tras el invierno las aves migratorias volvían y ponían huevos que, tras tener casi agotadas las provisiones, servían de alimento hasta que los hombres podían de nuevo cazar con el buen tiempo. Así que viene de bien lejos. Lo de pintarlos podría ser la consecuencia de una prohibición de la Iglesia de comer huevos durante la cuaresma, por lo que la gente los cocía y los pintaba para separarlos de los huevos naturales de manera que pudiesen comérselos el día de Pascua. Rápidamente se extendió por toda Europa esa tradición de pintarlos que perdura hasta nuestros días en muchas partes del mundo. Ya ven que mezcla de culturas, incluso el nombre tiene extraño origen: en español proviene de la Pésaj hebrea mientras que en inglés, Easter, es una deformación del nombre de la diosa anglosajona de la primavera, Oaster.

El lindo conejillo de Pascua que tanto gusta a los niños

El lindo conejillo de Pascua que tanto gusta a los niños

Aquí parece haberse perdido todo vestigio de lo religioso y para los niños la celebración consiste en salir al jardín o al campo y buscar los huevos de chocolate que el Conejo de Pascua ha puesto. También es época de estar con la familia. Cómo dice Diego, aquí no hay familia, pues doblamos el chocolate. Con lo que me he puesto hasta los mochos de comer chocolate y sus derivados. Lo mejor son unos mini huevitos de chocolate cubiertos de una capa de azúcar de colores que me recuerdan a los Lacasitos pero un poco más grandes y que están tremendos y son muy adictivos. Por supuesto también tengo que mencionar la rata de chocolate que Espe me regaló y cuyos restos aun perduran. Quizás lo mejor de todo, además del día no laborable, fue el gran clima que nos hizo, incluso pude salir a pasear en bicicleta que ya lo echaba mucho de menos. Aunque fue sólo un espejismo, hoy volvemos a tener incesante lluvia y a esta primavera le está costando despegar. Las ganas de disfrutar del Sol se acumulan.

Y poco más. Acabamos de volver de cenar bien tarde en el Alibi porque un ratoncillo de campo se ha colado en casa y no hemos sido capaces de matarlo. Para celebrar nuestra ineficacia, nada mejor que unas cervezas y comida basura. Esperemos que a la puta rata no le de por procrear, pues ahora mismo estará correteando por los conductos de la ventilación de la casa…

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7 comentarios leave one →
  1. Mirian permalink
    Miércoles, 27 abril, 2011 11:34

    Yo creo que Juan Ramón ponía una radio detras de los banquillos en las comuniones, porque yo por ejemplo tampoco me aprendí als canciones y hacía playback :)El caso es que es algo

  2. Mirian permalink
    Miércoles, 27 abril, 2011 11:37

    …que ya he escuchado en otras personas.
    PD. He tenido un pequeño incidente con el ordenador,jejeje

    • Miércoles, 27 abril, 2011 11:54

      Sí, parece unánime lo de que nadie se aprendía las canciones y eso de que Juan Ramón era un poco cabrón.

  3. Guillermo permalink
    Miércoles, 27 abril, 2011 07:21

    Ese video de la comunion tiene su peso en oro… 😄

    Hablando un poco en serio, con el tiempo, la semana santa, como no me afecta directamente casi nunca, empiezo a verlo como arte y patrimonio cultural de Sevilla. No voy desde hace eones, ni creo que vaya en los proximos 32 años… pero bueno, hay que reconocerle el merito…

    Un abrazo!

    • Miércoles, 27 abril, 2011 08:46

      Sí, yo también voy teniendo esa sensación con la Semana Santa. Es más, el año pasado, a sabiendas de que no sabría cuándo podría volver a verla (de la angustia de dejar la tierra, supongo), decidí ver algunos de los pasos más importantes. Tras muchos años sin ir quedé acongojado.

      PD: Todo el mundo sabe que ese vídeo nunca verá la luz… ¡Ni el YouTube!

  4. Iván permalink
    Jueves, 28 abril, 2011 04:16

    Lo de la comunión será unánime, pero de los 15 que éramos yo era el único que no se sabía las canciones, cosa que no entendía porque nunca falté a la catequésis. Me dediqué a hacer playback

  5. Sergio permalink
    Jueves, 28 abril, 2011 06:42

    Yo también he tenido la ocasión de comer el huevo de Pascua chocolatáctico. En Valencia, se hacen las monas de pascua, que vienen a ser bizcochos regados con chocolate y anisetes y huevo y en el centro un huevo sorpresa mitad chocolate blanco, mitad chocolate negro. La verdad que mi evolución respecto a la Semana Santa ha sido igual a la tuya, creo que es algo normal debido a la ciudad en la que hemos crecido y en nuestras ideas religiosas que hemos ido madurando.

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