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No es ciudad para viejos

Domingo, 31 julio, 2011


(A saber qué significa)

El viernes por la noche sufrí un shock. Era ya más de la hora de la cena y tras horas de estudio y perderme el primer día del Festival de las Costillas, seguía esperando a Espe para comer algo. En su trabajo de monitora que, aleluya, ya ha terminado, tocaba la fiesta de despedida y, supuestamente, no iba a extenderse. Con tal de no atiborrarme a gordadas mientras esperaba el momento de zampar en compañía, me puse incluso a doblar la ropa de la lavadora. De verdad necesito que alguien me explique cómo coño se dobla un puto tanga. La ropa de mujer es un asco. Los hombres sólo tenemos 3 formas de doblar la ropa: 1, como si fuese una camiseta; 2, como si fuese un pantalón; y 3, estilo ropa interior, es decir, que cada cuál haga lo que pueda. Pero no, las mujeres tienen 3 mil tipos de prendas distintas y unas se tienen que colgar, otras se doblan de una manera, otras no se doblan porque se estropea, etc. Cosas de la convivencia en pareja. Pero no es ése el motivo de mi shock, no. Una vez doblada la ropa y convenientemente guardada en sus cajones, intenté ponerme de nuevo a estudiar, pero qué les voy a contar, las semanas y semanas de incansable estudio ya empiezan a hacer mella y mis habilidades para perder el tiempo alcanzan niveles estratosféricos, así que entré en Facebook y me recordó que era el cumpleaños de una amiga muy especial que está de gira por latinoamérica con su espectáculo Rumba Itinerante. Fue entonces cuando me sorprendió una foto que vi entre sus amigos. Su prima había sido madre. Su prima, Mar, que siempre había sido una loca, ahora tenía un niño. Me dejó un poco tocado y me hizo pensar en cómo cambian las prioridades. No hace mucho más un viejo amigo del colegio también había sido padre. Luego otro. Y otro más. Cada vez más y más gente de mi generación y, lo que es peor, de las venideras. ¿Esto qué coño es? ¿Un buen día uno se levanta y siente que es la hora de tener un hijo? Ya empiezo a tener la sensación de que voy tarde. Siempre he querido ser un padre joven, pero la vida y, sobre todo, mis prioridades y mi egoísmo, lo están retrasando. Tampoco es que sienta la llamada. Que tu pareja sea varios años más joven tampoco ayuda, pues tiene un reloj biológico distinto. En fin, al menos me queda mi hermana, que siempre será mayor que yo. Aun cuento con esa ventaja 😉

Gérome y Mar (no le he pedido permiso, pero esta foto es su foto de perfil pública)

Gérome y Mar (no le he pedido permiso, pero esta foto es su foto de perfil pública)

El día siguiente me lo tomé casi entero de descanso y fui a ver qué era esa cosa por la que los canadienses llevaban todo el año esperando, según nuestro vecino. El famoso RibFest o Festival de las Costillas. Quizás no lo esperabais, pero no soy un gran apasionado de las costillas, en general siento cierta repulsión a esa clase de comidas que hay que mordisquear y separar de los huesos a las que están adheridas. Sí, soy un fino, y a mucha honra. El sólo tacto de la grasa en mis manos de hace sentir sucio y no lo soporto por mucho tiempo. Pero no sólo de costillas vive un festival de las costillas, también había hamburguesas, algo parecido remotamente al a carrillada (pulled pork), salchichas pinchadas en un palo, y toda clase mierdas varias. Lo único que me digné a probar fue el pulled pork, que se sirve en pan de hamburguesa y, por supuesto, con la salsa especial barbacoa de cada stand. Muy rico y muy insano. Pero vale la pena, supongo.

El Cerdi Trofeo del Ribfest

El Cerdi Trofeo del Ribfest

Pasear estos días por el Victoria Park, que es dónde casi todo se celebra aquí en verano, era una experiencia simpsoniana: familias enteras, desde niños en carrito hasta ancianos, haciendo cola en los super puestos de costillas, cocineros pintando de barbacoa la carne con sus brochas de cocinar, helados multi-color para el calor, y, lo mejor, la zona de los borrachos. Como este país es tan cívico y no se puede beber cerveza en la calle siquiera cuando están de fiesta, en estos festivales reservan una zona especial donde sí está permitido. Completamente vallada y vigilada, los guardas se cercioran de que todo el que entre tenga la edad permitida, no beba más de la cuenta y no saque ni una vaso al exterior. Es como estar en una ratonera de alcohólicos. No se siente uno muy bien ahí dentro. Al menos no hasta la cuarta cerveza.

Por suerte o por desgracia tampoco estuve allí mucho tiempo, las obligaciones pesan en mi cabeza. Voy a echar mucho de menos este salvaje jardín y la sensación a bosque que tengo cada vez que me siento a estudiar y, tras mirar por la ventana justo al lado de mi escritorio, siquiera puedo ver la casa de enfrente. Nunca he tenido jardín hasta que llegué a Canadá, de hecho es el primer habitáculo que no forma un bloque de pisos en el que vivo, pero creo que prefiero un jardín salvaje e indomable a uno bien bonito, cuidado y de revista. Ya veremos. De momento os dejo un vídeo lo que es atravesar el jardín cada día cuando voy a trabajar. ¡Qué gozada!

No quiero terminar esta entrada sin despedirme de dos amigos a los que quiero un montón que, por cuestiones de la vida y de lo mal que están las cosas por Sevilla, se han atrevido a dar el salto, cambiar de país, e irse a vivir a Manchester a probar suerte. Espero de corazón que les vaya mejor que en España. Es muy fácil decir «me voy a otro país», pero según se acerca la fecha suelen pasar dos cosas: la primera es acojonarse a un nivel insospechado por todo lo que se queda atrás, no sólo familia y amigos, sino todo un estilo de vida, lugares comunes, forma de divertirse, eventos a los que nunca has faltado, reuniones espontáneas, decir no a viajes que no sean ir a casa, y un triste etcétera que ya irán descubriendo por ellos mismos. La segunda es que de repente te ves sumido en una vorágine y una inercia de la que eres incapaz de salir y, un buen día, toca hacer la maleta, sin que lo hayas pensado bien del todo. Pero déjenme decirles una cosa, algo así nunca se piensa bien del todo, simplemente se toma una decisión en un momento y, sin saber muy bien por qué, vas haciendo los preparativos maquinalmente, sin creerte todavía lo que estás haciendo. Como su hubiera una fuerza superior que te empuja a ello. Un buen día es la hora de las despedidas. De ver a todos aquellos que sabes tardarás en volver a ver, de reírte de los chistes cotidianos, de compartir risas que ya saben a nostalgia, y lágrimas de emoción, miedo y a la vez entusiasmo e ilusión. Así es, señores. Irse de la tierra nunca es fácil. Y lo que es peor, tampoco lo es volver. Espero de corazón que consigan llenar ese hueco por el que se ven obligados a dejar la patria. Desde aquí, con el sabor que sólo otro expatriado conoce, mi más profundo apoyo y ánimo. ¡Vamos, que vosotros podéis!

¡Mucha suerte, oigans!

¡Mucha suerte, oigans!

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4 comentarios leave one →
  1. Myri permalink
    Lunes, 1 agosto, 2011 01:08

    Espeluznante primera parte, que comparto al 100%… solo que sumado a la sensación de que siempre tendré la sensación de ir tarde hasta que sea tarde.

  2. Ana permalink
    Lunes, 1 agosto, 2011 08:48

    Sí, tu ponme encima a Sigur Ross que casi me tiro por la ventana de la pena :__. Describes, por lo menos mis sentimientos actuales, a la perfección. Todo esto lo he ido planeando, como un juego, esperando a que saliera otra cosa aquí, como un plan B, tantas horas sin hacer nada en casa, hacen que una planee sin parar. Pero como bien dices, un buen día, ta das cuenta de que sin saber cómo, ni porqué, estás de lleno en el proyecto y que te vas. No es que no quieras hacerlo, pero el miedo y la nostalgia meten presión y ahogan, no deja pensar con claridad, no deja disfrutar de nada, es difícil…..no consigues disfrutar al 100% de las despedidas, de las vacaciones en familia, ni de nada, tu cabeza está más allí que aquí. Mezcla de sentimientos desconocidos por mi hasta ahora.
    Gracias por estar ahí, leyendo odios, frustraciones y los avatares de la vida.
    Ahora nos toca compartir una etapa diferente amigo :).
    Un beso enormee.
    ¡¡¡ Le veré en Navidad !!! ({)

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