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Desarraigando que es gerundio

Miércoles, 17 agosto, 2011


(Así sí que iba yo a las JMJ…)

Una deliciosa ironía. Recuerdo a la perfección la odisea de mi primer viaje a Canadá pasando por los Estados Unidos y el correspondiente infierno. Todo era nuevo y un poco estresante. No saber desenvolverte siempre añade un pelín de angustia a cualquier situación. Ahora, casi transcurrido un año, salir del país ha sido de lo más fácil. Lo desagradable fue entrar en España. Qué país de antipáticos e imbéciles. No sé si siempre hemos sido así o si es algo que sólo ahora que vivo fuera soy capaz de percibir. El vuelo, retrasado media hora como casi siempre, nos hizo llegar a Madrid más tarde de lo esperado, a lo que hay que sumar el desastre en las cintas de equipajes de Barajas, que usó la misma para 3 vuelos provenientes de lugares tan exóticos como Santo Domingo, República Dominicana y Toronto. Podéis imaginar la que se lió con todos los turistas regresando de sus vacaciones viendo como sus maletas no terminaban de aparecer. Las nuestras, cómo no, salieron de las últimas. Y aun quedaba coger el metro para llegar a la estación de trenes. Algo más de un minuto antes de que saliera el tren llegamos al puesto en el que te hacen pasar las maletas por un escáner. Corriendo y ya cansados, le mostré a la señorita el papel y le expliqué rápidamente lo que pasaba que si me dejaba pasar rápidamente. Me dijo que sí. Con lo que no contaba era con un segurata estúpido y desagradable que de la manera más obtusa me impidió pasar hasta que no verificase mi maleta. No sé si él nos hizo perder el tren o si ya lo habíamos perdido, pero el caso es que aquel tipo antipático fue el culmen de una serie de contratiempos que pudo conmigo. Estuve apunto de enzarzarme en una discusión completamente sin razón, él sólo hacía su trabajo y yo no podía exigirle ser agradable. Por fortuna para ambos no me siguió mucho el rollo y todo se quedó en un par de voces más altas de la cuenta y punto. Y así fue, por perder el tren tuvimos que pagar un suplemento del 20% a la ya abusiva tarifa de trenes AVE para poder tomar el siguiente. Ni me importó, había entrado en estado de apatía extrema. Todo me daba igual y sólo quería llegar a Sevilla.

Bajar del tren en la capital andaluza, en pleno agosto y a media hora de la tarde, fue una experiencia que casi había olvidado. El calor. La calor. Qué barbaridad. Horroroso. Esa sensación de aire caliente. Sentir que respiras fuego. Y encima llego y me toca la noche más calurosa del año. Eso sí, preferible a la humedad miles de veces aunque también bastante asqueroso. Por fin llegué a casa, esta vez sin sorpresa, pero con una bienvenida igual de acogedora. Vinieron todos mis hermanos y relativos cercanos, cenamos cualquier cosa y a dormir, que estaba destrozado después del viaje. Al día siguiente tocó levantarse temprano y ponerse de nuevo a estudiar y trabajar. No voy a repetir lo harto que estoy de estar así. La idea, después de todo, era poder disfrutar el menos de las noches, los amigos, la familia y la comida. Ese día cené con mi familia y al día siguiente con algunos ex-compañeros de trabajo a los que hacía mucho que no veía. Me gusta sentir que pese a la distancia y el tiempo aun puedo compartir una noche de risas con ellos. Formaron una parte fundamental de mi vida durante varios años y no me gusta que la gente se esfume y desaparezca así como así. A veces no está en tu mano, pero procuro no perder el contacto siempre que me es posible. Las conversaciones entre cerveza y buena comida acabaron en La Carbonería. Los secretos y verdades abundan cuando todo es nuevo tras un año lejos pero, a la vez, carecen de demasiada importancia, pues son ya demasiado locales y te afectan, si acaso, sólo de soslayo. Cada vez que regreso a Sevilla el desarraigo es más fuerte. Es como visitar una parte de tu pasado que está ahí esperándote al salir del aeropuerto. La ciudad, en cambio, es más susceptible al paso del tiempo y ve cerrar las puertas de locales míticos que ocupan un lugar especial en mi juventud, o plazas que dicen renovarse y pierden todo el encanto que una vez tuvieron. Las personas cambian de manera distinta a los lugares. Hay quienes se quedan anclados en el pasado y ven pasar de largo todas las opciones de futuro, cómodamente sentados en los bancos de una ciudad que poco a poco deja de ser la misma. Un buen día te levantas y ves que ni estás donde querrías ni con quiénes te gustaría. Será parte de la madurez.

Mañaneo auténtico

Mañaneo auténtico

Visitar esta ciudad se está convirtiendo en una lucha interior entre el viejo yo que se resiste a cambiar de modo de vida y quiere seguir estirando los años dorados; y el, digamos, nuevo yo, casi esclavo de su trabajo, en una ciudad perdida de Canadá dónde no hay espacio para los treintañeros, ahogados entre familias jóvenes y jóvenes universitarios, y ante el que empieza a conformarse una visión de futuro que para nada es la que tenía planeada, ni en tiempo ni, mucho menos, en espacio. Es curioso como cambia la noción del tiempo: de pequeños una hora nos parecía una eternidad, un poco después el día sería la nueva frontera, con la llegada al colegio el trimestre se impondría, el curso escolar llegaría casi con la universidad, ahora mido las cosas en años y, en un futuro, quién sabe. Leí no hace mucho que esta extraña forma de percibir el tiempo podría estar relacionada con lo que aprendemos. Mientras más cosas nuevas aprendamos, más lento se nos hará el tiempo, razón por la que según envejecemos vamos perdiendo esa capacidad, esto es, cuánto más viejos menos aprendemos y más rápido se nos pasa todo. No sé qué veracidad tiene esta teoría, pero a mí me encaja a la perfección eso de que dependa del aprendizaje, pues me da una explicación aproximada de porqué me gusta tanto viajar y conocer cosas nuevas.

¡Listos para entrar! (Fuente: José K)

¡Listos para entrar! (Fuente: José K)

Parece que tengo una especial habilidad para escribir un montón de palabras sin decir nada. Lo cierto es que lo vengo haciendo ya hace mucho (si no siempre) dado que, cómo sabéis, no tengo mucho tiempo de ocio. Los dos únicos días que me permitido han sido los pasados domingo y lunes, coincidiendo con el Creamfields Andalucía 2011. Si las cuentas no me fallan es el 6º año que hago la «Romería del Creamfields». He ido al festival en Villaricos, en El Ejido y ahora en Jerez, pasando desde sus inicios perrofláuticos y de poco aforo hasta ediciones masivas, desde dormir de cualquier manera en los pinares de las playas almerienses a hacerlo en una bella casa rural, de ir conociendo sólo a uno o dos artistas hasta conocerme todo el repertorio del cartel. Fue mi inicio con los festivales y quizás sea también mi final. Muy lejanos quedan ya aquellos viajes de Sevilla a Santander pasando por Almería y Madrid, o las rutas hacia Portugal. El Creamfields siempre ha sido la señal que marcaba el final del verano y puede que esta vez sea incluso el cierre de una época. Un edición extraña pero musicalmente espectacular. El primero de dos días seguidos, de 8 de la tarde a 8 de la mañana, demasiado ya para mi marchito cuerpo. El primer día, sin embargo, noté que algo no iba bien. El público era extrañamente joven, quizás tenían la edad con la que yo empecé a ir de festivales, e iban ataviados con ropas coloridas y gafas de pasta estilo Ibiza. No era muy habitual antes. Ropas negras, rastas, gorras con las vieras curvas, pantalones cortos oscuros y, sobre todo, no ir enseñando el cuerpo constantemente, eso era lo normal. Otra historia, vamos. El segundo día tuvo menos afluencia, supongo  que The Prodigy, pese a sus desastrosos directos, sigue atrayendo a la gente y su último trabajo está realmente bien. Para mí fue de lo peorcito del festival. Lo mejor quizás Paul Kalkbrenner, que unió melodías muy animosas con potencia pa’ tu carro de la wena, el mayor descubrimiento, para bailar tanto a lo happy como como a lo dark. Le siguen muy de cerca los míticos Paul Van Dyk y Laurent Garnier. El primero derrochó vitalidad, su sesión fue un crescendo constante, sin treguas, sin medias tintas, pura energía para bailar sin parar y acabar extenuado. Da gusto estar rodeado de gente pasándoselo genial, se transmite muy rápido y ése es el buen rollismo tradicional del Creamfields. Por su parte Garnier era justo lo que necesitábamos para el segundo día, un montón de estilos que te transportaban desde la tranquilidad incluso apta para la conversación con los amigos hasta los beats de oscuridad con los que te obligaba a moverte casi sin darte cuenta. Qué manera de dirigir el ánimo del personal, una máquina, sí señor. Me perdí a Eric Prydz y su Call On Me, pero coincidía con 2manydj’s y su espectáculo Radio Soulwax, y claro, estos tipos enganchan, son una apuesta segura, ellos lo saben y nadie se va de su sesión sin terminar. También hubo otros, como Armin van Buuren, que si bien lo hizo genial, es de un pasteleo ya excesivo, con tantas vocecillas y letras de rayos de sol y juntos para siempre. Pero en fin, estuvo más que genial. Decir también que The Bloody Beetroots estuvieron también a la altura, pero al ser ya segundo día de festival, un grupo que suele provocar que la gente se embrutezca y se formen corrillos de jipis saltando unos contra otros, estuvieron un poco más light que de costumbre, lo cual también agradezco. La única nota gris fue Henry Saiz, uno de mis preferidos, pero que innovó en un sentido que no me esperaba para nada y claro, me fui un poco decepcionado de no escuchar sus grandes temas.

The Bloody Beetroots Death Crew 77

The Bloody Beetroots Death Crew 77

Armin van Cake (Fuente: Violeta)

Armin van Cake (Fuente: Violeta)

La música electrónica ha sido para mí algo más que una afición, casi un modo de vida. Me ha permitido viajar, convivir con buenos amigos, descubrir y experimentar y, sobre todo, pasarlo bien. Desde bastante pequeño sentía ya un cierto magnetismo por este estilo, aquel canal de música alemana VIVA me enseñó qué era el Love Parade y desde entonces deseé ir. Lástima que no haya más ediciones. El vídeo que encabeza la entrada es un tema que me marcó, si os fijáis en el minuto 2:35 aparece una chica flipándolo en colores subida a los hombros de algún amigo. Siempre quise vivir esa experiencia en directo y saber qué se sentía. Fue en el Creamfields del primer año donde pude quitarme la espinita viendo en directo God is a DJ de Faithless.

Atentos a la pandilla (sólo falta José K) (Fuente: Violeta)

Atentos a la pandilla (sólo falta José K) (Fuente: Violeta)

Y eso es todo. Ya apenas me quedan aquí unos pocos días más de trabajo y estudio antes de volver a Canadá sin saber a ciencia cierta qué va a pasar con nada, ni con el doctorado, ni con el máster, ni con el visado, etc. Prefiero no pensar mucho en ello y aplicarme lo máximo en esta última recta final, a ver si consigo lo que me propuse, aunque lo veo complicado.


(La electrónica cuanto más nostálgica más gusta)

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7 comentarios leave one →
  1. Espe permalink
    Miércoles, 17 agosto, 2011 10:11

    You can!

  2. Miércoles, 17 agosto, 2011 10:42

    Que mierda que me lo perdí 😦

  3. Miguel permalink
    Miércoles, 17 agosto, 2011 11:32

    Te entiendo perfectamente. Algo así me pasó a mi en mis idas y venidas desde el 2003. Y aun cuando he vuelto a permanecer aquí durante 5 años seguidos sigo teniendo ese pequeño sentimiento extraño. De hecho intenté volver a uno de esos sitios que ya consideraba más mi hogar que Sevilla, y una vez allí el sentimiento era el mismo, tampoco era lo que esperaba. Puede que como tu dices sea la madurez, no lo sé, lo que si se, al menos en lo que a mi respecta, es que con las personas que sienten ese desarraigo tengo mayor afinidad y no me dan la impresión de haberse quedado anclados en el pasado.
    De todas formas con el intelecto que posees(según predican todos tus allegados) seguro que logras tu objetivo.
    Bueno artista, que no se por qué te he escrito esto, pero ya no lo voy a borrar. Un placer haberte conocido y sorpresón de Paul Kalkbrenner.

    • Miércoles, 17 agosto, 2011 11:57

      Yo también suelo tener esa sensación de afinidad con los expatriados desde que estoy fuera. Y me alegro que no borraras el comentario 🙂 ¡Viva Kalkbrenner!

  4. Sergio permalink
    Lunes, 22 agosto, 2011 12:41

    Qué te voy a comentar sobre el desarraigo del que hablas cuando lo hemos hablado infinitas veces? Extraña sensación, sin duda alguna. También para mí, que estoy entre dos aguas y no sé donde me encuentro bien y donde mal (quizás en los dos sitios sienta esos dos estados). Respecto a la romería, me has hecho recordar aquella primera vez de Cream en la que tenía un nudo en el estómago y en la que se me quedó grabado en el cerebro la sensación de entrada al recinto y esos beats de sonidos golpeando en mi cuerpo (anda que iba a saber yo que carajo era un beat por aquel entonces). Es una extraña sensación la que tengo siempre al acabar cada edición; como un recuerdo nostálgico de cada una de ellas (este año acentuado con la ausencia de alguna que otra persona significativa) y que me hace sonreir al recordar cada buen espectáculo (este año esa sensación me la ha provocado, sobre todo, el señor Kalkbrenner); pero también la cara de satisfacción del cantante de Faithless al ver que la gente se volvía loker cuando sonaba el Insomnia, los puños saliendo de las chimeneas en la primera imagen que veíamos del espectáculo de Chemical; los millones de confettis tirados en el concierto de Fischerspooner y 2 many djs, Tiga con su camisa de leñador, Deep Dish y su “Say Hello”, gente que se abrazaba como loca cuando sonó el Kids hace 2 años con los 2 many…BRUTALIC, simplemente él….en fin….un abrazo amigo, espero que estos cuatro meses tengan que pasar como tengan que pasar y vernos en Navidad, aunque sean pocos días.

    Toma temonaco!!!!!!

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