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Como un pulpo en un garaje

Lunes, 14 noviembre, 2011


(Todo el mundo necesita llorar sin motivo)

Y lo prometido es deuda. Hoy quiero hablar un poco acerca del choque cultural. A lo largo de todos estos meses he ido haciendo muchos comentarios en este blog. Y en general podrían dividirse en tres temas recurrentes: vejez, nostalgia y viajes. O siendo un poco más condescendiente conmigo mismo: el proceso natural de hacerse mayor, los sentimientos de añoranza de una etapa anterior, y la imperiosa necesidad de viajar como remedio para el alma y la angustia que provocan estas cosas. He hablado en bastantes ocasiones de la experiencia que supone dejar una vida completa e irse a otro país. De todo lo que implica. Pero lo sorprendente del asunto es que, como ya noté en su momento, cualquiera que pase por una situación similar pasará por las mismas, o muy parecidas, fases.

Kalervo Oberg fue un antropólogo canadiense nacionalizado estadounidense y nacido allá por 1901. Durante su vida viajó alrededor del mundo y recolectó todo tipo de impresiones que iba escribiendo para compartirlas con los demás. Fue el primero en identificar y describir las distintas fases de lo que hoy llamamos el choque cultural. Personalmente me siento muy identificado con cada una de las fases, aunque quizás la duración y ciclos varían según los casos.

Siempre cuesta entender las costumbres locales.

Siempre cuesta entender las costumbres locales.

La expresión inglesa más parecida a «como un pulpo en un garaje» es algo así a «como un pez fuera del agua». No deja de ser llamativo que los españoles solamos decir «como pez en el agua» para indicar que alguien se desenvuelve realmente bien y se muestra cómodo en una situación dada, pero que no usemos «como pez fuera del agua» para lo contrario. En fin, usando la fórmula inglesa, podemos decir que un pez no sabe qué es el agua, de la misma manera que nosotros, a menudo, no somos demasiado conscientes de la cultura en la que nos hemos criado. Nuestra cultura moldea nuestra personalidad e interviene de manera muy profunda en la definición de quiénes somos. Este proceso sucede a todos los niveles: lenguaje corporal, expresiones faciales, palabras, tonos de la voz, cadencia de las conversaciones, jergas, frases hechas. Aun recuerdo lo raro que fue descubrir que los japoneses, en tan sólo los 23 días que estuve en el país, usan otros gestos para contar con las manos a partir del seis, pues en lugar de levantar el índice de la siguiente mano, lo que hacen es tocar con la punta del índice el centro de la palma que ya está abierta. Y lo mismo para el siete y el ocho. O por ejemplo, cuando un español intenta decir «yo» con el gesto de tocarse el pecho con la mano abierta, ellos lo interpretan como una forma de decir que se es o alguien es valiente; para referirse a uno mismo con gestos es necesario tocarse la punta de la nariz con la punta del dedo índice mientras se tiene la mano cerrada. Quizás los canadienses en este aspecto sí con más parecidos a nosotros, globalización mediante, pero no en otros muchos. Como en la manera de distribuir el énfasis en una intervención de una conversación cualquiera. Lo hacen distinto y se necesita tiempo para identificar cuáles son las pistas correctas a seguir para conseguir una mejor integración. Son éstas las cosas que sólo se perciben cuando estás, en definitiva, fuera de tu hábitat.

Todo es bello y hermoso en la fase de luna de miel.

Todo es bello y hermoso en la fase de la luna de miel.

Durante los primeros días de llegar a un nuevo lugar normalmente todo transcurre sin demasiados problemas. En tu cualidad de recién llegado estás en cierta forma entusiasmado por estar en una nueva ciudad, país y continente, con todas esas nuevas vistas, colores, sabores, animales, vegetación e incluso olores. Aunque empieces a notar desde el primer momento que hay algo que no te gusta del todo, la novedad oculta ese sentimiento y te casi te auto-convences de que no es para tanto. Lo siguiente es informarse un poco de las cosas que hacer, del ocio local, de esos nuevos sitios interesantes para ir a comer y tomarse una copa. Empiezas casi a entender lo mal que hacen las cosas en tu país de origen, lo mucho que tienen que aprender y lo equivocado que están en todo. A esta fase, una de las más cortas según dice el amigo Kalervo, la llaman «fase de la luna de miel». Un nombre bien escogido, la verdad. Pero todo lo bueno acaba y pronto esos incómodos detalles del principio se multiplican en número e intensidad. De repente, que el autobús siempre puntual se retrase un poco, que te toque una camarera antipática en el país de las sonrisas y la educación o simplemente no entenderte o no saber expresarte –pues el idioma siempre es un gran escollo–, te hacen ver una realidad distinta. Una en la que todos pasan de ti, en la que cada uno va a lo suyo y en la que nadie se preocupa ni una mierder por tu existencia. La amabilidad inicial se transforma en inhospitalidad. Al menos bajo tu punto de vista. Es cuando se supone que entramos en la «fase de rechazo». Todo es una mierda, todo son quejas, nada sale bien, todo te molesta, la comida es un asco, la gente es lo peor, etc. No es que todo esto sea mentira, de hecho en momentos se siente tanto o más real que cualquier otro sentimiento. Incluso puede llegar a ser un problema y tener que ser tratado por algún especialista. Es peligroso y desagradable, pues es la fase en la que se libra la cruenta batalla contra uno mismo en la que decides unas 1 000 veces por minuto si irte de nuevo a tu tierra o quedarte en ese apestoso nuevo país. Ni que decir tiene que hay quienes no lo resisten y se vuelven, quienes sólo lo hacen mentalmente como una forma de luchar contra ello, y quienes permanecen en el debate largo tiempo.

Así se siente uno a veces en la fase de rechazo.

Así se siente uno a veces en la fase de rechazo.

Algunos de los que consiguen vencer el homesick mortal y permanecer en el nuevo lugar, a veces también entran en lo que se llama la «fase de regresión». Es como una forma de reivindicar todo lo que echas de menos: te pones a ver películas sólo en español, escuchas la música típica, procuras hablar español todo el tiempo –lo que en mi caso no hubiera sido difícil–, o buscas por todos los medios comida de la tierra. Por suerte yo nunca he percibido estar o pasar por síntomas así, porque en realidad es un poco estúpido e infantil, aunque respetable, por supuesto. Si no tienes las armas necesarias para combatir un sentimiento es normal que uses lo que tienes más a mano, pero anclarse en algo que no va a cambiar nada y que encima es volitivo de cada cuál, me parece una pérdida de tiempo y una forma de no afrontar los hechos. En cambio, sí que he experimentado volver a ver las cosas de España como lo mejor del mundo, todo, sus gentes, su gracia, su arte, su comida, sus bares. Y también los amigos que allá quedan, la familia, los entornos un poco menos directos, el clima, las vacaciones, las facilidades para ir a la playa, y un sinfín de cosas. España, y sobre todo Sevilla, de repente se presenta como un lugar idílico donde cualquier problema es salvable y más fácil de sobrellevar que en Canadá. Es cuando llega el momento cumbre, no de decidir si quedarte o irte, sino de preguntarte porqué te fuiste a otro sitio, porqué abandonaste una ciudad tan bella y perfecta, porqué dejaste a todos los tuyos sin necesidad, porqué tienes que pasar por eso y, sobre todas las cosas, qué coño estás haciendo tú en Canadá. Es, obviamente, una ilusión causada por el trance de la regresión. Una ilusión muy fuerte que golpea a menudo y puede seguir de una serie de síntomas desagradables como sensación de vacío, depresión, soledad, melancolía, irritabilidad, rechazo, confusión, pérdida de la identidad o inseguridad. Es terrible, para mí de lo más complicado con lo que lidiar. Y amenaza de vez en cuando, asomando el hocico, diciendo «hey, estoy aquí y vengo a joderte el cerebro».

Pasado esto, y creedme que pasa aunque no lo parezca, uno entra en una especie de estado en el que por fin aprende y asimila que ningún sitio es mejor o peor que otro, que simplemente cada uno tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, que son distintos, nada más. En cada lugar hay formas diferentes de enfrentarse a los problemas y de sobrellevar la vida. Poco a poco dejas de sentir esa ansiedad que te impide a veces hacer cosas, comienzas a estar más a gusto con el idioma, incluso aun siendo consciente de que lo hablas fatal. Refuerzas la autoestima y dejas de estar preocupado por lo que meses atrás te suponía una angustia. Cosas como hacer una llamada por teléfono en inglés, tener que ir al banco, o entenderte con el del gobierno, se convierten en tareas abarcables. Por supuesto no significa que ya manejes a la perfección todas esas pistas sociales que se te escapaban, ni que no te sientas mal cuando no te enteras de algo, pero al menos la sensación de poder valerte por ti mismo y de empezar a tener un poco las cosas medio bajo control es muy reconfortante. Es lo que llaman la «fase de la recuperación», y que yo voy a rebautizar como la fase de por fin a gusto. Sí, es una manera de resignarse a resignarse, pero es tu elección, sólo hay que ser consecuente con ella y aprender a apreciar la comida de aquí –¡puag!–, las bebidas, los hábitos y las costumbres. Hasta el punto de que hay algunas que quizás no te importaría exportar a España. Entiendes que empiezas a estar medio integrado, o al menos a no sentirte tan extraterrestre.

Fase de la agustera.

Odiemos todos en la fase de regresión.

Estas fases o estados no tienen porqué tener una regularidad ni un tiempo, a veces incluso en el mismo día pasas por varias de ellas. Es raro, supongo. Por otro lado, aunque esto sí es algo de lo que algunos te advierten, estoy empezando a ser consciente de la deformación de mi español, más hablado que escrito. Es un proceso curioso, porque uno, en pos de mejorar sus habilidades en la lengua extranjera, comienza inconscientemente a construir mentalmente las expresiones en la lengua nativa de manera que al ser traducidas a la lengua foránea, le suponga el menor esfuerzo mental posible. Al principio no se nota y son sólo cambios en el orden, como en lugar de decir «todavía no», usar «no todavía», lo que es mucho más cercano al “not yet” inglés. La riqueza no sólo léxica sino gramatical del español es tan abrumadora, que somos capaces de entender prácticamente casi cualquier expresión, por muy mal que se hayan usado los términos, por muy mal construida que esté, o por muy mal pronunciada que suene. Seguimos estando en disposición de cumplir con lo que se llama la competencia comunicativa, es decir, en última instancia entendemos a nuestro interlocutor y el fin de la comunicación. Lo malo es que, cuando este proceso es constante a tu alrededor, acabas por deformar tu propio idioma. Sin embargo, esta transformación va más allá, pues se va adaptando a formas expresivas que no existen en la lengua nativa y, por ende, acaban por crear vacíos en la forma de hablar y se recurre entonces al «cómo se dice en español tal cosa», lo que es, a mi modo de ver, algo muy triste. Esto sucede cuando las distintas lenguas usan construcciones totalmente diferentes para decir lo mismo, cuando no hay traducción literal pero la expresión es muy común. Como cuando en una lengua tienen un adjetivo concreto para algo que en otra sólo se usa a través de nombres o construcciones verbales. No es el fin del mundo, pero es una sensación que no me gusta.

Por último, sólo comentar que después de creer que todo ha terminado, llega el momento en que vuelves a la tierra tras muchos meses de ausencia y descubres, para tu pesar, que exactamente lo mismo te pasa ahora allí. Uno acaba acostumbrándose a lo que tiene alrededor, por muy poco que al principios le guste, si es lo que ha decidido no queda otra. Así que al volver, probablemente muchas cosas hayan cambiado y una buena parte de ellas tan sólo vivan ya en tus recuerdos. Resulta incómodo y difícil acostumbrarse de nuevo a esos hábitos con los que se supone que deberías estar cómodo. Es como extraño sentir que las cosas que añorabas ya como que las necesitas menos —of course, no hablo de los seres humanos. Es la «fase del choque cultural inverso» o de vuelta a la cultura. Pensarías que al volver las cosas siguen en el mismo sitio, pero no es así. Casi hay también que empezar de cero, imagino. Aun no he pasado por esto profundamente, pero ya se deja atisbar cada vez que vuelvo a España de visita. Una mierda, sí, la vida del emigrante.

En otro orden de cosas, esta semana han operado a mi padre. No era nada grave, aunque una operación siempre es una operación. Afortunadamente todo ha salido bien y el mismo día de la intervención fue dado de alta. Me hubiera gustado estar allí. Ése es el tipo de cosas que se empiezan a apreciar cuando se está lejos, cuando un viaje por cualquier emergencia toma como mínimo día y media y más de 1 000€. Es frustrante. Sobre todo porque esta Navidad lo voy a tener realmente difícil para ir a España. Veremos a ver cómo transcurren las cosas.

Corto ya que este tochaco no se lo va a leer ni Patroklo.


(La vida del emigrante, del vagamundo del sueño errante)

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14 comentarios leave one →
  1. Lunes, 14 noviembre, 2011 11:26

    Cuanta razon tiene ese Oberg y cuanta razon tienes tu con eso de que puedes pasar por cada fase mil veces en el mismo dia jejejejeje, me ha encantado la foto y el pie de foto del pobre perro y ciertamente es muy parecido a lo que puedes sentir fuera de tu pais cuando estas con la gente.

    Lo que tengo seguro es que la fase de la luna de miel ya la he pasado, si es que alguna vez la hubo en esta maldita y horrible ciudad, y ahora me debato constantemente entre las dos siguientes aunque cada vez mas comodo y con menos miedo de hacer el ridiculo, ya incluso discuto con mis compañeros de trabajo y hago bromas.

    Y en cuanto a la fase del choque cultural inverso, aun no he tenido oportunidad de probarlo pero he pensado mucho en eso, tengo la sensacion de que ya siempre sere un extraño este donde este, que cosas.

    Espero que tu padre este bien, tengo muchas ganas de verte Javi, un abrazo

    • Martes, 15 noviembre, 2011 01:53

      Para mí el idioma es siempre uno de los obstáculos a batir, pero es agradable irse sintiendo más seguro de sí mismo poco a poco.

      Cuando vayas a Sevilla sentirás en tus propias carnes eso que tanto has estado pensando. Es extraño. Al menos y hace que las distancias con algunos simplemente sean ya infranqueables. Al menos con los que están lejos siempre debería ser igual, pues nosotros evolucionamos en otros caminos y entornos y eso nos hace, de alguna forma, más cercanos.

      Gracias, Jesús. Por suerte mi padre está bien. Ojalá pudiéramos vernos pronto.

  2. Lunes, 14 noviembre, 2011 12:57

    Cuan dificil se torna esto, creo que no va a ser facil tal y como cuentas y quiza, el viajar continuamente sea la solucion hasta encontrar por fin, el lugar donde te sientas mas agusto y donde tangas mas alicientes y donde veas cada dia cosas bellas, paisajes, gentes, cultura…etc. QUiza viajar cual loco hasta que te de ese “palpito” y sientas el Este es mi sitio, Yo sinceramente lo espero y se, que este no lo es.

    Lo que no se puede es estar infeliz en un lugar eternamente, una vez conseguido el objetivo marcado uno tiene que buscarse otro.

    Intente no dejarse embarcar por el amargor, es lo peor que hay, vea videos de enanos peleandose, gordas cabronas y/o feas que la tratan mal en un programa de tv. Pero no se deje llevar por el pestor !!!!.

    Comprendo perfectamente eso de estar lejos de los eventos familiares que suceden y uno no puede estar, es como estar en una burbuja y solo ves la realidad desde ella y en realidad no la puedes vivir ni sentir de igual modo. Mi abuela murio hace menos de un mes y, desgraciadamente no senti lo que se supone que debi sentir, quiza el crudo refran de “ojos que no ven, corazon que no siente” es verdad, a parte han pasado mas cosas en casa dificiles y no puedo estar, es una putada y te entiendo amigo. te entiendo enormemente, ({)

    Un beso y siga luchando !!

    • Martes, 15 noviembre, 2011 01:57

      Ojalá, oiga, y pudiera pegarme toda la vida viajando en una búsqueda incansable del mejor sitio de todos. Aunque supongo que en algún momento vendrá la suprema responsabilidad de ser padre, algo de lo que tú ya sabes, y eso hará imposible el bello sueño de vivir de sitio para otro.

      Intentaré no dejarme llevar por el amargor. Y también siento lo de sus problemas en casa. Es como un tipo de frustración por no poder prácticamente nada, casi ni dar apoyo, a la vez que te sientes como defraudado de ti mismo por no sentirlo todo con más intensidad. Maldita distancia. Ánimo para ti también.

      • Martes, 15 noviembre, 2011 11:32

        Es exastamente eso “defraudado de ti mismo por no sentirlo todo con más intensidad” ({).

        Pronto estaremos viajendo en la caravana oiga, estoy convenciendo a Jisus !!.

        Ser padre no condiciona que tengas que estar en un mismo lugar, se lo digo yo, SObre todo cuando es bebe aun, cuando empiece a necesitar el niño/a mas estabilidad tendra que decidir. De momento siga viviendo la vida donde quiera :).

        Un abrazoo

      • Martes, 15 noviembre, 2011 03:07

        Totalmente cierto. Que el niño nazca donde me pille 🙂

        Y por cierto, aun es pronto, pero empezaré a atosigaros insistentemente según se acerque el verano.

  3. Lunes, 14 noviembre, 2011 03:14

    Hola Javi!

    Patroklo no se lo leerá pero yo sí. Me ha gustado mucho el post, vaya pedazo de análisis!

    Un abrazo desde Sevilla.
    Manu.

    • Lunes, 14 noviembre, 2011 08:07

      Muchas gracias, Manu. No era fácil llegar hasta el final de semejante tocho 🙂

      • Martes, 15 noviembre, 2011 06:15

        Yo iba a comentar exactamente lo mismo que Manu, es muy interesante, me lo he leído enterito.

        Los 3 meses que pasé en Japón fueron demasiado cortos (y sabiendo que serían solo eso, 3 meses) como para experimentar, pero es cierto lo de la fase luna de miel. Yo no pasé de ahí a amargarme con todo, pero sí a una fase de desencanto que me duró varios años (ya de vuelta a Sevilla, sin ganas de volver a Japón). Cuando regresé en 2010 ya la había superado, y creo que más o menos ya veo las cosas buenas y malas por lo que son, sin autoengañarme tanto. Me imagino que si viviese allí serían sentimientos mil veces más fuertes.

      • Martes, 15 noviembre, 2011 04:36

        Gracias por leerlo, Fidel, está escrito para ti 😛

        Me gusta más esa denominación de fase de desencanto, me parece más acertada, la verdad. Aunque probablemente, si pasas más tiempo o tus perspectivas son a largo plazo, quizás volvieses de vez en cuando a una de las fases anterior. No sé.

  4. Sergio permalink
    Martes, 15 noviembre, 2011 01:29

    La virgen, si que es un buen tochaco, chaval :D. Aunque nunca he estado en el extranjero me da a mí que la fase de luna de miel en mi caso sería inexistente apenas ¿De verdad que los primeros días te sientes como entusiasmado? Yo, y viviendo en Valencia que es España, me sentía atemorizado más bien ante lo desconocido en cierta manera. Pienso más bien que es más normal que en un corto periodo de tiempo pases por todas esas fases, pero quizás debería pasar un cierto tiempo después de haberte asentado. Tampoco creo que pasara por la fase de regresión; lo único que echaría de menos sería a la gente que dejas allí. Con lo demás sí que estoy de acuerdo, aunque repito nunca haya estado fuera (la fase del choque cultural tiene que molar a jierro, jejejejejeje). Eso sí, creo que habría una diferencia en sentir todas esas fases respecto al tiempo que vas a vivir fuera. No es lo mismo que te vayas a trabajar sabiendo que en cierto tiempo volverás a tu tierra, por ejemplo un año, como de irte fuera sin saber lo que el futuro te depara (por ejemplo te ofrece un contrato de trabajo indefinido). En eso ya estás condicionado a pasar esas etapas de una manera u otra. No sé si me he explicado bien. Un abrazo Javi, me alegro que de a que tu padre no le haya pasado nada.

    • Martes, 15 noviembre, 2011 03:10

      Gracias Sergio. La triste realidad es que sabes cuándo te vas pero no cuándo vas a volver. No quería creerlo, pero así es. Y visto lo visto, parece que una vez que estás fuera es más fácil tomar decisiones que te mantengan lejos de lo que alguna vez fue tu hogar.

      Un abrazo, caballero.

      • Sergio permalink
        Miércoles, 16 noviembre, 2011 01:27

        Dirás que “…sabes cuando te vas pero NO cuándo vas a volver”, ¿no? A eso me refería yo, en tu caso lo tuyo es pura incertidumbre.

      • Miércoles, 16 noviembre, 2011 01:34

        ¡Jarl! Corregido 😛

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