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Ver el cielo rendido a tus pies

Jueves, 26 enero, 2012


(Colaboración especial de Wendy Sulca, me pareció mejor que Andresito…)

Y así fue, amigos míos, como una fría mañana, bien temprano, partimos a la aventura de subir al Machu Picchu. Lo cierto es que la cosa está un poco desvirtuada y corrompida de tanto turista, entre los que me incluyo, por supuesto. Antes de llegar a Aguas Calientes, que es el pueblo más cercano a la montaña, olvidé mencionar que a la pobre Espe le habían abollado la maleta a la llegada de Cusco, a lo que en principio no le dimos mayor importancia pero traería cola. Llegar a Aguas Calientes puede hacerse básicamente de dos maneras: a pie, en lo que se tarda unas 3 horas y media mientra disfrutas del paisaje y el cambio de entorno a selvático; y en un tren de manufactura francesa creo que recordar que conecta ambos pueblos, y que por cierto has de reservar con días de antelación, pues siempre se llena. Lo del tren, como otras tantas cosas en Perú, tiene su miga, pues resulta que además de construirlo una entidad francesa en época de Fujimori, aun mantiene a día de hoy el poder sobre la recaudación, por lo que cada nuevo sol que gana va a parar a sus arcas, no a las del Perú. Lamentable lo que los gobiernos le han hecho al país. Algo parecido, pero menos grave, pasa con el aeropuerto de Lima, del que dicen es uno de los mejores de América del Sur. Doy fe de que era bueno, y de que quizás también tengan el peor, en Juliaca, en el que he pasé unas amargas horas, pero no adelantemos.

Peruvian South Park

Peruvian South Park

Machu Picchu, que era algo así como un santuario religioso-astronómico y palacio de recreo para las autoridades incas, está en lo alto de una colina, entre las montañas Machu y Huayna. También hay dos formas de llegar, andando por el serpenteante camino de la ladera sur de Machu o en un bus. Nosotros, sin saberlo, ya teníamos incluido el bus en el ticket de la entrada, y bueno, no era plan de malgastar energías y dinero. Mientras subes, incluso en autobús, puedes notar perfectamente el cambio en la densidad del aire, en el paisaje, en el ambiente, hasta que llega un momento en que, a través de un claro en la flora, te das cuenta de lo alto que estás y la vista que ante ti se expande. Impetuosa y arrogante, la cordillera de los Andes se extiende ante la vista.

El caminito de subida a Machu Picchu

El caminito de subida a Machu Picchu

La entrada a las ruinas está bien controlada con el gobierno. Justo antes de las escaleras de entrada al recinto hay un super hotel de lujo en el que dicen que la noche cuesta acsi $1000, un poco exagerado pienso yo. Cuando me lo describieron pensé en una mamarrachada como la del Algarrobico, pero no, es bastante comedido y como hay que seguir subiendo para entrar en Machu Picchu, pues no estropea especialmente ninguna vista. Por supuesto no deja de ser un poco insultante semejante cosa allá arriba, no te lo esperas.

Antes de entrar y ser registrado en el sistema informático del recinto, varios guías se acercan para hacerte saber de sus servicios. Vale la pena entrar con un guía que te explique un poco todo lo que allí hay, pero contratar a uno privado suele ser caro y es mejor opción hacerlo en grupo. Lo malo de esta segunda opción es que el guía tiene una programación, la suelta y se larga, dejándote tiempo para que hagas fotos y tal. Tuvimos suerte por una parte, nuestra guía era bastante buena y nos contó un montón de detalles curiosos de la historia y, como lo llaman los cuzqueños, descubrimiento científico de Machu Picchu. Por otra el día no acompañó mucho en lo que a fotografías se refiere, aunque en persona sí disfrutamos de las maravillosas vistas y el espectáculo paisajístico, en las fotos todo sale quemado a causa del cielo un poco nublado y las nubes. Al principio incluso creímos que no podríamos ver la típica imagen que siempre sale en todas las fotos. Algo que no supimos hasta que llegamos allí fue que en el Perú separan las estaciones de la sierra, sobre todo de la ceja de selva amazónica como la de la montaña sagrada, y el resto del país. Con la mala fortuna que creyendo que íbamos en verano, pues en el hemisferio norte ahora es invierno, resulta que en realidad también están en lo que llaman  la estación de las lluvias. No hace frío intenso, pero suele llover y el azul del cielo no se deja ver mucho. Confieso que me quemé la cara y el cuello como un guiri cualquiera a causa del sol tras las nubes; los mosquitos, en cambio, no hicieron acto de aparición por la misma causa lluviosa. Una de cal y otra de arena.

Tener un guía, como os digo, tiene partes buenas y partes malas. Incluso aunque sea to buena gente llegas a odiarlo cuando empieza a llamar al grupo mientras tú intentas disfrutar de un momento de sosegada tranquilidad y paz, viendo como el paisaje juega con las nubes y la montaña respira brumas que se escapan para distraer tu atención. Es alucinante, al ser temporada de lluvias y entrar en uno de los primeros turnos no estuvimos muy atosigados de turistas y hubo momentos de plena serenidad y armonía. Es difícil describir la sensación de estar en un lugar hecho por el hombre y a la vez tan bien amoldado a la naturaleza. El halo de misticismo que rodea cada rincón es tan real que sorprende, incluso cuando te destripan para que servía cada una de las construcciones de las que ves los restos, el misterio de esa forma de vida casi aniquilada por la colonización y la guerra civil te hace pensar en un montón de cosas y, de repente, en nada. Te quedas embobado mirando al infinito. Hasta que un grito estridente de nuestra guía me hace volver en sí y seguir el camino y las explicaciones. Después de todo creo que prefiero viajar por mi cuenta.

Machu Picchu antes de que el día abriese

Machu Picchu antes de que el día abriese

No es que el día no abriese, al final abrió un buen rato y pudimos ver las cosas como es debido. El problema fue que además de Machu Picchu pudimos conseguir las entradas para el Huayna Picchu, y tuvimos casi que ir corriendo para no perder nuestra hora, con lo que tras las explicaciones del guía no hubo mucho tiempo de hacer buenas fotos. Pensando que el día ya se quedaría bien decidimos pasear tranquilamente tras bajar del Huayna Picchu. Nada más lejos. El Hyana Picchu, que es la montaña alta que se ve siempre detrás de la roca sagrada (en la foto la que esté casi completamente cubierta de nubes), no es una montaña cualquiera. Cada día sólo 400 personas pueden subir a ella y si eres uno de los afortunados que consiguieron la entrada con antelación como nosotros más vale no desaprovechar la oportunidad. Ningún guía sube contigo a esa montaña, no es como Machu Picchu que se trata de un lugar domesticado, es una montaña que si bien tiene restos de lo que alguna fue una escalera inca, no deja de ser peligroso e incluso te hacen firmar a la entrada eximiéndose de cualquier responsabilidad y asumiendo que tú eres el único responsable de lo que te pase. Da un poco de mal rollo, pero después de estar un rato en la cola y ver la gente que sale, casi como si fuese una atracción de feria, uno piensa que «si esa vieja guiri ha podido subir yo también, fijo». Y así lo hicimos.

Al principio la subida parece sencilla, los escalones están bien distribuidos e incluso en algunos tramos hay unos cables metálicos clavados a la montaña a modo de barandillas que te dan bastante seguridad. Pero al rato de estar subiendo uno empieza a ser consciente de la empresa que tiene por delante. Es bastante alta para alguien que el máximo deporte que hace es sacar al perro, y muchas partes del camino son un poco peligrosas. Además nunca nadie te avisa de que la condenada coramina te quema la lengua y te da gases, así que te vas peyendo como un mirlo tan contento mientras cuasi-escalas y rezas por que el de detrás no pueda vengarse. No hubo más remedio que pasarse a la hoja de coca. En el hostal de Cuzco donde nos hospedamos, el mismo sitio en el que probamos el primer mate de coca, nos obsequiaron con una bolsita de hojas que nos fue muy útil. Cogí unas seis o siete hojas y me las metí en la boca. Se trata de mezclarlas con saliva hasta que creas una pequeña bola de masa extraña con las hojas, y que colocas en uno de las cavidades mofletiles. A cada rato, para ir reponiendo energías, debes darle un pequeño mordisco, más bien sólo clavar los dientes y esperar a que el caldillo salga y te impregne la boca. Entonces te lo tragas, sigues tu camino y esperas a que haga efecto. Y lo hace. Al rato de estar subiendo empiezas a notar la boca un poco dormida, esto es, funciona. No es que pegue un subidón y de repente estés que te sales de la pelleja, es algo paulatino, sinuoso, sin darte cuenta estás pegando zancadas en escaleras de piedra subiendo una montaña de más de 2 500 metros sobre el nivel del mar. Un solo bolón me dio para subir la montaña entera, me tomo otro y soy capaz de bajarla haciendo el puto pino. No obstante el efecto más gradual, tanto en llegar como en irse. Incluso con coca teníamos que parar cada cierto tiempo para reponer fuerzas. Es muy importante llevar lo imprescindible, agua y comida energética. En Perú venden unas semillas apelmazadas en forma de barrita que parece alpiste con pegamento pero que tiene los suficientes nutrientes. Es ideal porque ocupa poco, no pesa nada, y alimenta lo justo. Fruta es también mandatory.


(Casi en la cima de la Montaña Joven, justo detrás de Machu Picchu)

Cuando por fin llegas a la cima, o lo que creías que era la cima, te das cuenta de que parte del disfrute es el sólo hecho de subir. Los paisajes, las vistas, la experiencia. Es entonces el momento de sentarse, respirar el aire más fresco que jamás hayas respirado y contemplar las ruinas de la Ciudad Sagrada, el sagrado Salcantay nevado, y el río Urubamba. Increíble. Te sientas, con las piernas colgando y sin sentir miedo. Lo único que puede romper un momento así es un grupo de niñatas argentinas haciendo el capullo y ocupando el espacio en el que tú quieres sentarte a disfrutar del momento. Qué cantidad de argentinos y brasileños, se conoce que es la época de viaje para ellos; en verano toca lo propio para los turistas europeos. Pero no te importa, los maldices y piensas en tirarlos a todos a tomar por culo montaña abajo. Todo con tal de que te dejen disfrutar de ese momento especial, mágico, de conexión con la Pacha Mama, con los ancestros incas y una sabiduría que hoy ya no vamos a comprender. Ese equilibrio con la vida natural me dejó muy sobrecogido. Estar allí arriba y respirar la misma paz que 700 años antes respiraba otra civilización es sorprendente.

En la cima absoluta del Huayna Picchu

En la cima absoluta del Huayna Picchu

Pero aun podíamos subir más, así que lo hicimos. Llegamos hasta lo que llaman el sillón del inca, que es una piedra que corona la montaña desde dónde el más alto sacerdote podía contemplar la ciudad al completo. También el muy pillo mantenía allí, supuestamente, a las vírgenes locales. Una vez estuvimos arriba del todo, disfrutando de una vista única de Machu Picchu que rara vez se ve en fotos, y de todo el entorno que lo rodea, comenzó a llover, y a llover bien fuerte. En cuestión de segundos estábamos empapados, suerte que llevábamos abrigos impermeables. La peor parte se la llevaron las piernas y los pies. Podía exprimir literalmente cada pernera. Las rocas, por las que ya corría el agua hacia abajo, empezaban a estar cada vez más resbaladizas, y la sensación de inseguridad se fue apoderando de nosotros. Si subir fue duro, bajar lloviendo no fue nada agradable. Cada pisada, cada saliente en que el que buscabas asirte, y cada movimiento para no perder el equilibrio tenía que ser pensado y repensado ni querías desplomarte montaña abajo. Lo más difícil fue justo al iniciar la bajada, que es donde estaban las escalinatas más angostas y estrechas. A penas me cabían los pies y tuve que bajar como una lagartija, medio gateando medio en cuclillas, parecía la puta niña del Exorcista. Mientras subes sólo miras abajo para contemplar, extasiado, la vista desde la altura. Mientras bajas tratas de no mirar mucho alrededor y centrarte en poner los pies en terreno firme. Pasamos un poco de miedo. Suerte que coincidimos con otros dos turistas que también bajaban y todo se hizo un poco más divertido. Terminada la cima, que fue lo único peligroso, el resto de la montaña es tan sencilla de bajar como de subir. Me quedo con la experiencia, el temor racional, y la aventura. Esa sensación de poder con todo, que te empuja pese al peligro, es como una inercia que te mueve en la vorágine del viaje. Ni te lo planteas. Ahora en frío soy consciente de que corrimos algo de peligro, un poquito al menos.

La pena fue a causa de la lluvia cerraron la otra parte del recorrido de la montaña que yo también quería hacer, y menos mal, porque sólo en coronar la cima y bajar tardamos como 3 horas y la segunda parte es incluso más larga. Llegado a un punto de la subida el camino se escinde en dos: a la derecha te lleva a la cima y comienza la escalada, por así decirlo; a la izquierda se abre un camino que rodea la montaña a esa altura y que esconde una cueva usada, presumiblemente, para actos funerarios, y la famosa escalinata tallada en roca. No es ésta sea distinta a las demás, pero al parecer es el tramo más largo de la montaña que mejor se conserva. Una verdadera lástima, pero las autoridades lo cerraron por la seguridad de los viajeros. Ahora me pregunto yo, si nos hacen firmar responsabilizándonos de nuestros actos, ¿qué sentido tiene cerrar parte del camino? Y a la salida nos dijeron que con la cantidad de lluvia era realmente peligroso. Yo les creo.


(La bajada se hizo un poco peligrosa con la lluvia, la verdad)

Y bueno, por culpa de la condenada lluvia selvática, que añadió un toque de emoción muy interesante e irrepetible, estábamos tan mojados y el cielo tan negro que no nos quedamos más tiempo en Machu Picchu, pues poco podíamos fotografiar y todo lo que queríamos ver ya lo habíamos visto. Así que hicimos cola en el bus de bajada y nos fuimos al hostal a mendigar unas duchas de cortesía. La dependienta de turno se opuso, lo que fue magistralmente gestionado por Eva que la increpó a que nos diese al menos una habitación para cambiarnos. Obvio que nos duchamos todos con tranquilidad y descansamos un poco ya con ropa seca y calcetines locales que hubo que comprar, pues sólo llevábamos lo puesto y una muda de ropa interior que ya usamos. Al salir la misma dependienta nos quiso cobrar por la ducha, a lo que aprovechando que había otros clientes que estaban resolviendo algo con ella, hicimos oídos sordos y salimos de allí por patas. Lo que sigue es el camino de vuelta, primero a Ollantaytambo y luego a Cuzco. Es un poco agobiante la manera en que manejan a los turistas, casi como hordas o rebaños. También es cierto que si vuelves de Mahu Picchu y no tienes transporte hasta Cuzco estás en un severo aprieto, por lo que nuestro micro bus, mejor dicho, nuestra camioneta con asientos, iba lleno hasta las trancas y con gente hasta en la guantera. Nosotros como rata alimañas que somos cogimos hasta asiento mientras el chófer iba poniendo temones de Camilo Sesto, Roberto Carlos y mravillas por el estilo. Cuando por fin llegamos nos fuimos directos al hostal a sobarla, que al día siguiente queríamos ver algunos pueblos de alrededor.

Todo va tan rápido cuando viajas que a los tres días has vivido tantas cosas que parece que llevas dos semanas de un sitio para otro. Ahí la gran diferencia entre el día a día en que las semanas pasan sin pena ni gloria y todo es lo mismo y el viajar y conocer gentes, culturas y lugares nuevos. Es por eso, supongo, que adoro viajar, porque en parte me hace sentir un niño que aprovecha cada momento y que aprende algo de cada minuto. Por eso el tiempo va más despacio, porque lo pasas aprendiendo y disfrutando.

Tras la paliza de las montañas Joven y Vieja, el día siguiente, que sería el penúltimo en Cuzco, nos lo planteamos un poco más tranquilo. Fuimos a Chincheros, un poblado donde casi todo el mundo habla quechua y donde las mujeres son especialistas en tejer a la antigua usanza, de manera natural, usando tintes para dar color a las telas con las que crean todo tipo de prendas. Luego las venden en los mercados, no a muy buen precio al principio, pero es cuestión de regatear y conseguir al menos el producto a un 60% más o menos del primer precio que dicen. Estuvo curioso ver los elementos que usaban y usan para teñir los tejidos, desde cactus o maíz negro morado –del que sale la rica bebida la chicha morada–, hasta una especie de insectos que aplastan y restriegan y que dan un tono púrpura carmesí muy intenso. Eso sí, me voy con la pena de no comprarme unos de esos fantásticos sombreros.

Lugareñas en Chincheros

Lugareñas en Chincheros

También visitamos las Salineras de Moras y las terrazas agrícolas de Moray. Las primeras me impresionaron por lo inesperado. A lo largo de la falda de una colina, y aprovechando un río que de la montaña sale con agua salada, hecho para el cuál –y según dicen– no hay aun una explicación vehemente, los lugareños se dedicaron a construir pequeñas piscinas de unos centímetros de altura que, pasada la época de lluvias, dejaban secar al sol para luego recoger la sal que usaban como moneda de cambio. Te deja un poco estupefacto ver las más de 3 000 salineras y descubrir que no ha cambiado mucho ni el modo de uso ni los dueños, ya que se transmiten de generación en generación, así como lo salado del agua, que es unas 7 veces más salada que el agua del mar. Un extraño pero atractivo sitio.

En cuanto a las segundas, las terrazas agrícolas de Moray, no digo que también fuese un sitio bonito también, pero a esas altura de viaje nada que no hubiésemos visto ya de uno u otra forma.

Salineras de Maras, que no de marras

Salineras de Maras, que no de marras

Por la noche decidimos dar un paseo por el barrio bohemio de Cuzco, San Blas. Uno tiene la sensación de estar caminando por el centro de Granada, con sus cuestas infernales y sus calles empedradas. Es realmente bonito y con encanto. Pero ha sido absolutamente invadido por perroflautas extranjeros que te miran con ese aire de superioridad tan desagradable. Como diciendo, «aquí vienen los turistas». Me dan pena. Todos siguen el mismo patrón: extranjeros, de español no nativo, ataviados con ropas locales, pelos largos y barbas ellos, peinados perrofláuticos ellas. Se creen los amos y señores del barrio y sólo ellos tienen derecho de disfrutarlo con su esencia verdadera. Eso sí, el olor a marihuana es una constante en casi cada calle. También hay un mercadillo de artesanía y artistas locales de verdad, puesto que el barrio tiene tradición. Una cosa llamativa es la Escuela de los Mendivil, que se dedicaron, nadie sabe muy bien porqué, a hacer estatuillas de lsa vírgenes y otros símbolos religiosos con el cuello desproporcionadamente largos. Al verlo se te queda la cara como, eeeh, ¿es esto necesario? Pero con el tiempo se han ganado un hueco y su popularidad es más que evidente. A mí, absolutamente inculto en las artes, me parecían de lo más horrible. Pero en fin, las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene una.

Nuestro último día en Cuzco lo dedicamos a visitar Tipón y sus ruinas. Quizás lo más destacable, además de la increíble obra de ingeniería hidráulica que montaron allí los incas, es que al tratarse de zona de sierra andina es muy común la preparación del cuy. Se trata de un mamífero perteneciente a la orden de los Rodentia, más conocido por nosotros como cobaya o Conejillo de Indias, y que se parece más a un hamstercillo que a una rata. El caso es que lo tapiñan. Primero lo matan –por fortuna–, le meten hierbas por el culo, le abren un costado para meterle aun más hierbas, y lo ponen al horno a que se cocine. El resultado es un delicioso uy desagradable plato. Un tipo de carne entre el pollo y el conejo con un sabor que nunca antes había probado. Eso sí, da un poco de grimilla comérselo, desmenuzarlo, ir partiendo las costillitas, roer los mini musculitos de las patas y llegar hasta las manitas. Pero bueno, donde fueres haz lo que vieres, y estaba bien bueno el bichejo. Aunque no sé si me volvería a zampar; bueno, sí lo haría. Además debe ser comido con las manos para respetar la tradición.

Cuy, o Cavia Porcellus

Cuy, o Cavia Porcellus

También aprovechamos para visitar las ruinas amuralladas de Piquillacta y su curiosa historia. Se cuenta que existía una princesa, Sumaccttica, de hermosura inigualable, por lo que estaba siendo cortejada por multitud de hombres a fin de conquistar su corazón. Sin embargo, la muchacha, que de tonta no tenía un pelo, decretó que el primero que lograse traer agua desde más allá de la montaña hasta su poblado sería el merecedor de su amor. Y es que la cosa estaba regular de agua por allá. Al oír la petición, que equivalía a construir un acueducto subiendo y bajando las faldas de Racchi, todos se retiraron de la petición de mano. Todos excepto dos, Atocrimachi y Auquittito. Y entre ellos comenzó la competición. La tarea era, pues, tan farragosa y faraónica que Atoccrimachi se retiró de la contienda, a lo que Auquittito respondió completando la obra. La princesa, agradecido, cumplió su palabra y se casó con él en una ceremonia por todos laureada. Atocrimachi, desolado por la derrota y por haber perdido a la mujer más bella conocida, se ahorcó. Pero, tristemente, la fortuna no estaba del lado de Auquittito, pues la construcción del acueducto le dejó muchas secuelas en brazos y piernas, por lo que pasaba mucho tiempo descansando en los aposentos reales –que serían para verlos–, con la desgracia de que, al estar el poblado atestado de pulgas, las heridas se le infectaron y murió al poco tiempo. Es por eso por lo que al poblado, hoy día, se le conoce como Piquillacta, que significa literalmente Pueblo de las Pulgas. A día de hoy aun pueden verse los acueductos completo e inacabado que ambos pretendientes construyeron. Manda huevos el tema.

Y por último, aunque no en ese orden, visitamos el poblado de Andahuaylillas. Anclado en el pasado, aun mantiene las costumbres y medios de subsistencia de su aparición en el pasado colonial. Es un pueblo pequeño, bonito, con una plaza coronada por un centro de alcohólicos anónimos a un lado y un museo indígena e Iglesia barroca al otro. La Iglesia, espectacular en sus interiores, ve pasar el tiempo de sus gentes, de una ferviente fe católica. Los observa mientras acuden a la misa de la mañana cada día. Tuvimos la suerte de ir el día de Reyes y ver cómo los niños, por ser un día especial, llevan a su pastor unas pequeñas figuras para que las bendiga. Parece el niño Jesús, pero no, lo llaman niño Manuelito, y han ocupado el lugar de éste en todas las estampas religiosas del país, desde el portal de Belén hasta las estampillas; incluso tiene estigmas y lágrimas, lo que da un poco de mal rollo. Algo así como la llama, el animal, en una indigenización de lo foráneo para hacerlo más local, más accesible, más duradero. Mecanismos de las culturas y, en este caso, de la religión católica para asentarse en el Nuevo Mundo, que perduran hasta nuestros días. Pero más sorprendente que todo eso, fue el cura que ofició la misa. Debo confesar que me encantó. Un tipo con una capacidad de oratoria sorprendente, preocupado por todos y cada uno de los vecinos –¿cacique?–, y que no dudaba en presentar las escrituras aplicadas a los hechos diarios, explicando cada párrafo con ejemplos de la vida real que todo el mundo pudiese entender. Imagino que esa tradición ha permanecido intocable desde hace algunos siglos. Se siente incluso bien escuchando a una persona así, vamos, que casi me confieso y me hago de su puta parroquia. En serio, sorprendente.

Y con eso acabó el Cuzco y nos despedimos de Eva con la que tan bien lo pasamos. Al día siguiente teníamos que partir a Lima para estar tan sólo un día e inmediatamente después salir pitando para Ica. Por desgracia, una contratiempo de última hora, básicamente que no confirmamos la reserva, nos jodió todo el invento de Ica y hubo que improvisar sobre la marcha. Lo malo es que perdimos todo el día de Lima buscando opciones sobre a dónde ir, dónde quedarnos y cómo llegar. Una lástima, porque si bien el recomendado Hotel Maury es tan típico como cualquier otro lugar emblemático de la capital, su estado de decadencia es innegable. Se percibe con facilidad el tufo a un pasado de esplendor y lujo que nada tiene que ver con la situación actual. No me quejo del hotel, pero genera una expectativa que no puede cumplir. A fin de cuentas era el único hotel al que planeamos ir. Por lo menos son los inventores del pisco sour y tuve ocasión de probar el mejor de todos cuantos he tomado. Especialmente rico y alcohólico.

El altiplano entre Juliaca y Puno

El altiplano entre Juliaca y Puno

Podéis imaginar el estrés que es preparar un viaje unas horas antes de partir. A la mañana siguiente teníamos que dejar el hotel y nos quedábamos literalmente en la calle. Pero tras mucho batallar con transportes, lugares y alojamientos, conseguimos un vuelo para Juliaca, para ver el lago Titicaca y una habitación en The Point Puno, a la orilla del lago. Lo cierto es que la jugada salió redonda. No hay mal que por bien no venga y en esta ocasión más que nunca. El aeropuerto de Juliaca es lo puto peor. Pueden imaginarse una sala del tamaño de una aula grande de cualquier universidad y seguro que no llega a tal dimensión. Desolado, perdido de la mano de Dios, el aeropuerto tiene la pista tan corta que da la sensación de que te vas a chocar contra él. Luego la ciudad es caótica. Resurgida como un centro de intercambio económico, recuerda a una metrópolis de la India o alguna ciudad del sudeste asiático; ha crecido a borbotones, gracias a una emergente economía, sin preocuparse por una ordenación del territorio, los carteles luminosos y los tuk-tuk inundan todas las calles y carreteras escasamente asfaltadas y rara vez con sistema de alcantarillado, por lo que cada vez que llueve el espectáculo de lodo y fango  es digno de vivir. Pura pampa y altiplano. Era sólo el punto de contacto con la zona del lago y de allí fuimos sin pasar más de unos minutos en dirección a Puno, ciudad, esta sí, costera del lago.

El mismo día de llegar al hostal, y tras hablar con el manager, tan agradable y atento por sus inquilinos que hasta se hace cansino a no ser que lleves su mismo rollo y te tomes una cervezas con él mientras te cuenta cosas de su vida pasada como militar, decidimos hacer una primera excursión sobre la marcha al cementerio de Sillustani en la laguna de Umayo. Es interesante pero no gran cosa, al menos aprovechaos la tarde y disfrutamos de algunas vistas bonitas. Lo mejor vendría al siguiente.

Espe con sus pantalones del payaso de Mikolor mirando al lago Umayo

Espe con sus pantalones del payaso de Mikolor mirando al lago Umayo

El lago Titicaca es inmenso, aunque no tanto como los que tenemos aquí cerca en Canadá. También es el más alto del mundo, y eso, como en el resto de lugares a bastante altitud, se nota en cada paso o esfuerzo que haces de más. Está, además, dividido en dos partes: la peruana, y que ellos llaman el «titi», y la boliviana, o la «caca». Broma en el Perú. Estando virtualmente tan cerca de Bolivia la frustración por no poder dar un saltito más y encajarse en la Paz es grande. Es el momento en que te planteas volver y terminar toda una ruta por las zonas que faltan del Perú, Bolivia, Chile, Argentina, etc. Lo mejor de viajar es pensar en el siguiente viaje 😉 Pero no pudo ser.

Para visitar las islas debes adherirte a alguno de los barcos que cada mañana a eso de las 8 salen de la costa. Y debes tener cuidado porque sólo hacen un viaje, es decir, si vas por tu cuenta a una isla como Amantaní necesitas ir a las 8 de la mañana y para volver sólo lo puedes hacer al día siguiente a la misma hora. Caso distinto es si lo haces con un grupo más numeroso, que aunque salga más caro es más eficiente si cuentas con poco tiempo, pues en el mismo viaje se pueden visitar varias islas. Las primeras fueron las islas artificales de Los Uros. Con la amenaza de los colonos, según parece, los antiguos incas tomaron como vía de escape el lago, al que huían y en el que se ocultaban en sus balsas hechas de totora (juncos). Con el tiempo desarrollarían una técnica para construir pequeñas islas y anclarlas al suelo y más tarde daría lugar a un mini archipiélago dentro del lago construido totalmente de manera artificial. Todo es totora es los Uros, desde las casas, los barcos y las propias islas, hasta los libros o los condones… Que noooo, que es broma, sólo la primero es cierto. Hasta se lo comen, yo lo probé. Toman el junco en su base, la parte más blanca, la pelan como un plátano y se lo tapiñan. No está ni malo ni bueno, pero alimenta. Lo más fuerte de todo es la escasa vida que las islas, los barcos y las casas tienen, pues al estar hechos de juncos se pudren con el tiempo y no van más allá de un año, 6 meses y una año, respectivamente. Una experiencia interesante, sobre todo descubrir que, ante la imposibilidad de mantener su economía basada en los tejidos, su principal fuente de ingresos ahora sea casi exclusivamente el turismo. Y eso se nota en la disposición y amabilidad.

Nada que ver con otra de las islas que visitamos, la isla Taquile. Nada más acercarte a la isla, y debido a que tiene su propio microclima, es como si todas los nubarrones de repente desaparecieran y sólo quedase el radiante y azul cielo que se funde con el mar en el horizonte. El tiempo realmente se ha detenido en la isla. Son casi auto suficientes y de alguna manera sectarios, pues pretenden seguir perpetuando su ya en descenso población de unas 3 000 personas sólo a través de la procreación entre semejantes, lo que causa problemas de variabilidad genética que se traducen en todo tipo de problemas en los nuevos individuos. El vivir de forma tan aislada del mundo tiene sus consecuencias, y cuando los jóvenes comienzan a irse a la capital o a estudiar en las universidades, puesto que Taquile sólo tiene enseñanza primaria y secundaria, descubren un mundo nuevo que se abre ante ellos y rara vez regresan, comenzado una nueva vida en su tierra de adopción. Por contra, la experiencia de la isla es increíble, es un reducto de una vida anterior, un paraíso. También es cierto que son algo machistas por herencia, que se aferran a sus tradiciones –como esa que determina si un hombre está soltero, comprometido o casado por los colores del gorro que lleva–, y que no son tan hospitalarios como en Los Uros, por ejemplo: ni fotos te dejan que les hagas muchas veces, y te dan la espalda para que lo notes.

El horizonte hipnótico de Taquile

El horizonte hipnótico de Taquile

Es un placer pasear los caminos empedrados de la isla, pararse a cada rato a contemplar el infinito del horizonte, donde el cielo se une con el mal y dibuja paisajes vivos que con pura obra de arte. La paz, la comprensión de que nos debemos a la Naturaleza es imposible de evitar. Nuestro urbano, esa aberración, se nos presenta ahora como un monstruo irracional e inhumano. No deja de ser la ilusión del urbanitas que escapa de la mundanal vorágine, pero es bonito mientras dura la experiencia y más bello aun de recordar.

Taquileña dándome la espalda para no salir en la foto

Taquileña dándome la espalda para no salir en la foto

Terminada nuestra estancia en Puno debíamos tomar un avión de vuelta a Lima. Como ya sabemos cómo van las cosas de aviones, tomamos la determinación de no arriesgar, pues querríamos haber pasado la noche en la isla Amantaní, donde no existe la luz eléctrica y dicen que se ve uno de los cielos, amaneceres y atardeceres más bonitos del mundo. Tuvimos suerte esta vez porque el vuelo se retrasó como 6 horas tras cancelaciones de vuelos por delante y por detrás –lo que nos disuadió de la idea de ir, desde Lima, a ver las figuras de Nazca, lástima. Estuvimos bastante acojonados durante ese tiempo porque la tormenta afectó a todo el aeropuerto de Lima y fue un auténtico caos con mayúsculas. Tras el reventón que supuso el retraso, el cansancio y la poca energía que ya nos quedaba, llegamos de nuevo a Lima a pasar nuestra última noche y nuestra habitación en el hostal más raro de cuántos he visto en mi vida estaba aun ocupada por la anterior huésped, que alegando problemas intestinales consiguió prolongar su estancia más tiempo dejándonos a nosotros para que nos parta un rayo. Indignados y estupefactos le pedimos explicaciones al gestor del hostal y conseguimos que nos aloje gratis en otra habitación con baño compartido. No era gran cosa pero necesitábamos dormir, descansar y darnos una ducha, así que aceptamos. El sitio, repito, era del todo extraño. Alojaba, la mayoría del tiempo, a gentes del Ejército de Salvación, el gestor era un tipo agradable pero inquietante, y su ayudante y a la vez pareja encubierta parecía sacado de la Isla del Dr. Moreau o uno de sus experimentos. Me fui pensando que era un hostal encubierto para gays y lesbianas que yo descubrí por casualidad dada mi nivel de ratidad económica, y que al hacer la reserva no fui consciente de ningún mensaje con doble sentido si es que existe. La duda me perseguirá siempre. Con todo el sitio está bastante bien, de precio, de limpieza, de localización. Casi te sientes como en «una familia», según las palabras del gestor que, otra cosa no, pero maldad el hombre no tenía.

Muertos, esa noche fuimos a cenar al Señoría del Sulco como homenaje, pero tanto Espe como yo, y Eva que tampoco pudo acudir, estábamos medio enfermizos y no disfrutamos de la ricosidad de la comida que otrora me pareció deslumbrante. Aun así, los tiraditos, tiras de pescado crudo macerado en una salsa japonesa, estaban riquísimos.

Y bueno, eso fue todo, que no es poco. Sólo comentar el infortunio de la desaparición de cartera en una de las conexiones del vuelo de vuelta a Canadá y la angustia que es estar en medio de ninguna parte sin poder hacer nada. Ni una reclamación pude hacer porque cuando me di cuenta estaba ya sentado esperando a que el avión despegase. A regañadientes me dejaron salir, a mí primero, y a Espe después a ver si la econtrábamos en la sala de espera de la puerta de embarque, pero nada. Lo más coñazo es que llevaba el DNI español que ahora a ver cómo diablos lo obtengo. Y la tarjeta de crédito española, que encima me dicen que ahora, como estoy en otro país, no me pueden enviar una nueva. Cabreado cancelé todas mis cuentas –una– con ellos y los mandé a freír espárragos soltando sólo bondades por mi boca. Me cogió en plena apoteosis del cabreo. Pobres tele operadores. Además las maletas se extraviaron y costó sudor y sangre volverlas a tener en nuestro poder, salvas, que no sanas, porque la de Espe está completamente rota e inservible. El interior no sufrió daños pero la maleta es para tirarla. Ahora ponte a gastar dinero en llamadas a números no gratuitos, ve a Toronto a conseguir un justificante de que la maleta llegó mal y entonces empieza la guerra con la compañía para que re den un dinero por los perjuicios que dudo sea el costo de la maleta. Frustración.

Así que poco más, bueno no, mucho más que contar, pero me lo guardo, que siempre hay cosas que uno se guarda de un viaje y porque si no, si alguien lee la que es ya la entrada más larga de ésta bitácora sin que el sangren los ojos merece ya de por sí una cervecita a mi cuenta.

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20 comentarios leave one →
  1. Jueves, 26 enero, 2012 11:21

    Colega, este debe de ser el post más largo ever. Ya lo leeré con más calma, pero por lo que se desprende, parece ser que has tenido una experiencia Fushimi Inari Taisha pero más a lo grande. Habrá que ir al Machu Picchu 🙂

    • Jueves, 26 enero, 2012 12:05

      La verdad es que es tela de largo. Pero así me lo saco de encima y además dejo constancia de los recuerdos, que yo para eso soy fatal y se me olvida todo enseguida.

      Y sí, te va a encantar.

  2. Jueves, 26 enero, 2012 03:17

    Me he quedado en la frase de: “Pero en fin, las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene una.” y me he ido directamente al final para leer las “movidas del aeropuerto” luego en un rato me leo el resto….madre mia… ni que fuera un pliego de “El internet de las personas”.

    • Jueves, 26 enero, 2012 05:00

      XDD Tampoco es que leerlo sea un requisito a cumplir. Me ha quedado largo de cojones, I know.

  3. Jueves, 26 enero, 2012 03:51

    Yo he empezado a leerlo en el autobus camino de casa y he llegado mucho antes de pasar de la mitad del post.

    A mí me ha recordado un poco a cuándo vi el Cañon del Colorado por la necesidad de estar un rato en calma mirando al infinito.

    Ya son varias las personas que marcan el Machu Pichu como algo obligatorio de visitar.

    • Jueves, 26 enero, 2012 05:05

      El Gran Cañón tiene que ser una pasada, tengo que conocerlo. Aunque me han dicho que en Utah también hay formaciones que merecen la pena, aunque no es tan inmenso.

  4. Sergio permalink
    Jueves, 26 enero, 2012 06:44

    Mamona, po ya me estás invitando a una cerveza, es lo bueno que tiene tener un poco de tiempo libre en el curro. Esto no hace más que reafirmarme en mi intención de visitar ese mágico lugar llamado Machu Picchu. La verdad que te felicito porque la entrada está realmente currada, has combinado muy bien lecciones históricas con impresiones personales, con todo tipo de detalles que hace que haya disfrutado leyéndolo. No sé con que parte quedarme, pero desde luego tu descripción del Machu-Picchu ha sido muy reveladora.

    La verdad que cuando he leído lo de la energía del bolón de hoja de coca y tú subiendo grácilmente cual cabra montesa, me ha tenido que venir a la cabeza el magistral gif del gordo ese caminando mosqueado XD. Y como tuvo que ser la bajada de la montaña, hasta yo lo he pasado mal colega.

    Espero algún día ser un pestoso “ricachón” y poder visitarlo.

    Un abrazo, Sr De la Rosa.

    • Sergio permalink
      Jueves, 26 enero, 2012 06:46

      pd: Se te olvidó una cosa por hacer en Perú, ir a un concierto de Wendy Sulca.

      • Jueves, 26 enero, 2012 07:40

        😄 A ella no, pero a una artista local grabando el un vídeo del mismo estilo de música sí que la vimos, ¡y dos veces! La segunda estaban con el Valle Sagrado a sus espaldas y tenías que haber visto al teclista, ultra emocionado bailando como si tuviese un ataque epiléptico.
        Imitadoras de Wendy Sulca

    • Jueves, 26 enero, 2012 07:44

      Aaay, amigo. Yo también espero que algún día seas un pestoso ricachón o que al menos ahorres lo suficiente como para visitarlo. Y si puedo, vuelvo al Perú contigo, porque de verdad que vale la pena.

      Te dejo como regalo al máquina Ron Swanson y su famoso “I hate everything”
      Ron Fucking Master Swanson

      • Sergio permalink
        Viernes, 27 enero, 2012 06:31

        XDDDD “I hate everything” vaya crack. Pues si don Javier, la única manera es ahorrar cual rata alimaña rodentia. Y esos pequeños detalles como el teclista epiléptico son de los que me arrepiento de no haber podido ir hasta allí.

      • Sábado, 28 enero, 2012 12:57

        ¡Hágalo, maldita sea!

  5. Fidel permalink
    Viernes, 27 enero, 2012 06:35

    Uno mi voz al clamor de “¡pero qué largo es este post!”. Que quede constancia.

    Lo del Machu Picchu me lo he leído enterito, y me ha encantado. Estoy entre “tengo que ir allí alguna vez” y “para qué voy a ir, si ya es casi como si hubiese ido”. 😛

    Después seguí leyendo, y cuando vi que no llevaba ni la mitad del post, decidí dejarlo para más adelante.

    • Sábado, 28 enero, 2012 12:58

      >:-D Buaaa ha ha ha! Sabía que podría hasta con el más avezado lector. La verdad es que no quise volver a dividir la entrada en otras dos porque ya se me estaba eternizando.

  6. Eva permalink
    Domingo, 29 enero, 2012 01:08

    Javi, debo confesar que prendí la pc para leer las aventuras del viaje, pero Ave María Purísima…que extenso la hiciste…me lo leí todo en 48 minutos y sencillamente me encantó :)=. No sabía que la Coramina te produjo gases, ahora entiendo porque a la subida y bajada del Huayna Picchu eras el último de la fila jajaja. He sentido como si hubiese estado en Cusco por quinta vez !lo máximo!. Solo algunas pequeñas apreciaciones mi estimado, no es maíz negro sino morado, por ello el refresco que se prepara de dicho maíz se denomina chicha morada :)= Yo me apunto a un próximo viaje, quiero vacaciones again…Puede ser Choquequirao…lo único que nos falto en Cusco y para cerrar con broche de oro la semanita fue estirar el cuerpo en una disco, claro que después de todo lo experimentado eso era lo menos excitante. Saluditos.

    • Miércoles, 1 febrero, 2012 12:01

      Muchas gracias, Eva, me alegro de que te guste. Y sí, yo también quiero vacaciones otra vez, es llegar de unas y ponerte a pensar en las próximas. Si es por el sur del continente, y te pilla con buenos ahorros, serás más que bienvenida nuevamente.

      PD: Corregido lo del maíz 😛

  7. Guillermo permalink
    Jueves, 2 febrero, 2012 03:57

    Buenas!

    ¿Pero al final del post, no te regalan un e-book? Mardisssion… He tenido que borrar parte del temario de ASP de mi mente, para poder leerme esto. De hecho, me estoy tomando un Aquarius, para reponer… 😛

    Gran disertación del viaje si señor, te habrás quedao agusto. Me es imposible quedarme con algo en concreto, pero las descripciones del Machu Pichu y las fotos de la isla de los saborios, egkisitas! Los azules de la primera y el montaje de la segunda… Sencillamente genial! (¿Cogiste a la tipa de otra foto, la borraste y dejaste su vestimenta, y la insertaste en la otra foto?)

    En fin, un placer leerte (esta vez ha necesitado de nuestra dedicación realmente) y ver como disfrutaste tu peaso viaje.

    Un abrazo darling!!!

    • Jueves, 2 febrero, 2012 10:45

      Al menos has borrado lago que ya no te hará falta nunca más, o eso espero 😛

      Muchas gracias, por leerlo, me alegro de que te gustase. Ojalá te sirva algún día cuando vayas a visitarlo, es un MUST en las agendas viajeras y no decepciona ni un ápice, por mucho que te cuenten o que leas. Te adelanto que las islas te van a encantar, y no, ¡no es un montaje! Todo allí parece un puto cuadro.

      Agradezco de corazón el tesón de leer semejante post.
      Un abrazo, caballero.

  8. Fernando permalink
    Viernes, 3 febrero, 2012 04:52

    Maldita sea!!! yo también lo he leido entero que conste… tengo taquicardias, es normal???? jejejeje….

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