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Las cosas que no se cuentan

Lunes, 18 junio, 2012


(Pronto, muy pronto, un merecido descanso)

Cuando empecé a escribir este diario, en mayor o menor medida, apenas conocía a nadie a este lado del mundo. Todo mi círculo estaba aun en España. Entonces era fácil hablar de cualquiera y dar mi opinión sin pudor. Pero debido por una parte al adoctrinamiento de la ultra-corrección canadiense, y por otra a mi actitud de indiferencia absoluta hacia quiénes me importan una mierda, el espacio que ahora ocupan aquellos que están en mi periferia es insignificante. No puedo negar, sin embargo, que sea difícil. Nunca llevo bien las decepciones, nunca lo he hecho. Sólo perdono en contadas ocasiones y nunca jamás olvido. Lo que no quiere decir que viva amargado lleno de odio hacia los demás. No, vivo muy tranquilo, es como me imagino que soy, y si los demás me ayudan a que los encaje a dónde siempre debieron haber estado, pues menos trabajo para mí, que ya de por sí soy bastante flojo.

Mi sentido de la traición es, digamos, sutil, y casi no ha variado desde que era realmente pequeño. Es una de las cosas que más recuerdo de mi niñez, las ocasiones en que de una u otra manera me he sentido traicionado. Uno de los primeros ejemplos que me vienen a la mente fue en casa de mi abuela paterna. Su casa tenía dos plantas y una puerta que daba a la calle. En la primera, justo al entrar, había un pasillo largo que daba a un patio. A orillas del pasillo la habitación de mi abuela, un saloncito con mesa de camilla, otra sala aneja con vitrinas llenas de fotos, y una pequeña cocina en la que siempre recuerdo hormigas, vasos de vidrio verdes –irrompibles, por cierto–, y pucheros con mijitas que rehusaba comer y por los que hoy pagaría lo que fuese. Más adelante, en el patio, algo así como un taller en el que uno de mis tíos, carpintero, creo que trabajaba. Una extraña habitación, medio cajón desastre medio cuarto de invitados, con un baúl. Y el baño, aparte, aislado. Imagino que habiendo sido primero un váter separado de la casa y, con el devenir de los tiempos, transformado en algo más moderno y normal hoy día. La planta de arriba, sin embargo, respiraba una atmósfera diferente. Nada más subir las escaleras que empezaban en el patio, con una solería que tengo grabada para siempre, escalones de baldosas marrones, enormes para el yo de mi recuerdo, y un tubo a modo de barandilla, verde unas veces rojo otras, se llegaba como a otro patio cubierto con un tejado temporal medio plástico verde medio de chapa que era la antesala del salón y otra habitación. Pero dejemos este ejercicio de descripción ineficaz e imprecisa de mi memoria visual. El caso es que un buen día me encontraba con uno de mis muchos y desconocidos primos en el baño de la planta baja, ése que está en el patio y alejado de todo lo demás. Y sin saber muy bien por qué, dentro de algún estúpido juego de atrevimiento, me instó a que encendiera la luz del baño, situado encima del lavabo y para el que, dada mi estatura por aquel entonces –sí, hasta yo he sido pequeño–, había que asirse primero al bidé hasta ponerse de pie para poder alcanzar el interruptor. No recuerdo si fue ése hecho exactamente el del escarnio o si además rompí algo. Pero mi primo, más espabilado que yo, lo que no era difícil, me perjuró que si me subía nunca jamás se lo diría a nadie. Lo siguiente que recuerdo es su dedo delatador señalándome mientras decía mi nombre a mis padres, abuela y tíos. Ni siquiera recuerdo el castigo, quizás alguna guantá en el culo o un aspaviento por el brazo. Suficiente para echarme a llorar. Su cara, en cambio, es algo que no creo que pueda olvidar. Y desde entonces ha sido así. Ese día aprendí una lección muy importante: por muy imbéciles que creas que son los demás, siempre pueden joderte cuando menos te lo esperes. Por defecto, no confíes en nadie.

Estoy casi seguro de que es la primera vez que cuento esto a nadie. Ahora, resguardado en el pasar de los tiempos y la distancia con aquel otro yo de mi infancia, me resulta fácil. Pero las decepciones, que cuando se trata de personas casi siento como traiciones, se han ido acumulando en mi vida hasta decidir que era hora de tratarlas como lo que son: la norma. Y así es, ahora vivo más tranquilo sin preocuparme de que nadie me vaya a dejar un mal sabor de boca que me afecte y me haga estar pensando continuamente qué hice yo mal.

Mi segunda mayor traición fue, de nuevo, por un familiar, otro primo, el hijo de mi edad de una prima, para ser más exactos (cosas de mi familia). No sé si es que yo tenía un sentido innato de la lealtad o que era incluso más tonto de lo habitual para un niño de mi edad. En este caso el motivo del escándalo fue una frase que si bien ha pasado a formar parte de mi memoria inmanente, puedo ahora identificarla y ver en ella la inocencia de una edad tierna y la maldad del Otro acusador en busca de un castigo para el prójimo. En la casa de mis padres existió cierta obsesión por la leche. Mi hermana puede dar buena cuenta de ello. Nos hacían beber leche por la mañana en el desayuno, por la tarde en la merienda y tras la cena antes de acostarnos. Si te gustaba era una tarea fácil, pero si no estabas perdido a razón de tres veces al día. Por mi parte era un gran aficionado e incluso todavía, en verano, no me desagrada tomarme un buen vaso de leche fresquisia. De hecho se me apetece. Quizás es un preferencia auto-motivada, pues coleccionaba los cartones de leche vacíos para construir barcos a los que le ponía un motor y una hélice de madera. La conclusión de que el cartón de los tetra-bricks era especial vino rápido, la aerodinámica del movimiento de una hélice para impulsar una nave hacia delante en lugar de dar vueltas sobre sí tardó un poco más. Pues bien, era una tarde primaveral y mi prima había venido a casa con su hijo, en adelante mi primo, exactamente 24 días mayor que yo. No recuerdo mi edad, pero sí la conversación. Mi primo hablaba sobre mujeres y tetas. ¡Tetas! Una palabra casi onomatopéyica y a la vez llena de significado, aun por ver en aquella tierna edad. Por enseñanzas de la EGB, algún documental, u otra casa que no recuerdo, sabía a ciencia cierta que existía una relación directa entre las tetas y la leche. Es decir, las tetas, sin saber muy bien por qué ni para qué, podían producir por sí mismas el líquido lácteo para alimentar a sus bebés. Entonces, mientras mi primo decía cualquier suerte de estupideces, yo tuve la brillante idea de soltar, sin despeinarme, que «las tetas están muy buenas porque tienen mucha leche». Y así, felices e inocentes, pasamos la tarde inventando cancioncillas del estilo. Cuando de repente, mi abyecto primo, por aquel entonces mimado hasta la náusea, contó a los cuatro vientos mi ocurrencia a los adultos circundantes, entre ellos mi madre, que del hostión que me endiñó se me quitaron las ganas de mencionar la palabra en lo sucesivo. Por su puesto mi despierto primo no dijo una palabra sobre sus propios comentarios. Muy convenientemente. Y yo, más patidifuso y dolorido en el orgullo que en lo físico, no atiné a delatarlo de la misma manera que él había hecho conmigo. Otro gran día, otro gran palo del que aprendí.

Es por eso que hoy valoro mucho, muchísimo a mis amistades. Y me cuesta horrores hacer nuevas, mantenerlas, confiar en ellas y hacerlas parte de mi vida. Mis amigos, contados con el recelo de quién tiene verdaderamente un tesoro, están ahí y espero que continúen por mucho tiempo, pese a la distancia. Lo que sí que empiezo a comprender de verdad es que amigos así no se encuentran todos los días y necesitan de un cultivo diario que parece que nadie tiene ya ganas de practicar. Pero los necesitamos. Hasta a esas personas que sabemos serán fantasmas en nuestro futuro pasado juegan un papel hoy y no podemos simplemente evitarlas. Porque al hacerlo podemos estar perdiendo grandes vivencias, momentos y quién sabe si algo más. Aunque desde hace ya mucho disecciono a cada persona que me pasa por delante antes de hacerle partícipe de mi existencia y saber que puede contar conmigo, tampoco me niego a nuevas perspectivas. Aunque eso sí, no parece que vayan a llegar, al menos no en este país.

Espe dibujando una obra de arte para La Noche Blanca

Espe dibujando una obra de arte para La Noche Blanca

Y bueno, quería hablar un poco de todas esas cosas que están, que sentimos, que pensamos sobre los demás, sean malvadas, buenas, despreciables, llenas de prejuicios o no, pero que al final, en parte por un extraño sentimiento de superioridad y en parte por el sentimiento de futilidad e irrelevancia que nos despiertan, nunca decimos. Pero siempre pienso, como todos, quiero creer. Así que al que sea que me haga una putada o me traicione, que sepa que le deseo que se pudra en el infierno, aunque lo salude por la calle como si nada.

Últimamente empiezo a tener cierta consciencia de la experiencia del lector de mis textos. La culpa la tiene este doctorado y enlaces que voy descubriendo sobre la la lectura en sí. Quizás es por eso que poco a poco voy viendo más evidente que debería dejar de escribir esto tan a menudo. No sé.

Por último mencionar que parece que, por fin, mi verano está planificado. Qué ganas, copón. Llego a Sevilla el 29 de julio, tras aterrizar en Madrid. El día 1 de agosto salgo para Praga con Sergio hasta el día 7. Luego, ese fin de semana, el del 10 al 12 o así, intentaré estar con mi familia, si es en la playa mejor que mejor. El 13 llegan Jesús y Ana y partir del 16 tenemos ya alquilada una caravana para hacer un ruta a decidir aun por España junto a Sergio, Sixto y Mª Ángeles. A la vuelta espero que Chiky haya podido de verdad ir a Sevilla, aunque sea por unos días, e irme con él por las playitas, la Tomatina o lo que sea. Y por último, algunos días de merecido descanso real, a la espera del regreso a Canadá el día 3 de septiembre. Va a ser un mes de agosto trepidante que me vengo mereciendo desde hace ya tiempo. Y salga como salga, lo necesito y me vendrá bien.

¡Como dos goticas de agua!

¡Como dos goticas de agua!

Y poco más. Por aquí no hay muchas novedades, salvo que francés de momento parece que va bien y ya sólo quedan dos exámenes para acabar el curso, uno este miércoles y el final de toda la asignatura en dos semanas. Tengo ya ganas de acabe este suplicio, aunque ahora me estoy planteando si tomar el siguiente curso el año que viene, no el intenso, sino el de ritmo normal durante todo el año. Ya veremos. Y bueno, lo dejo aquí, que menuda entrada tochaco. Hasta la próxima.

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16 comentarios leave one →
  1. Lunes, 18 junio, 2012 10:15

    ¡¡A la hoguera con los traidores!!. Aunque siempre he creído que, todos podemos cometer errores y sin querer, traicionar a otra persona. Yo, nunca he sido rencorosa, recalca esto mi madre recordando que, siempre que me daban pa’l pelo y me castigaban yo luego estaba como si nada con ellos y nunca me enfadaba, creo que he sido gilipollas y debería haber tenido más resentimiento para/con los que me han hecho daño. Pero nunca he podido sabe. Se me olvida y puneto. Ahora eso sí, hay grados de traición amigo, las travesuras de niños, por muy malignas que puedan llegar a parecer, son travesuras de niños. Pero cuando somos adultos, ya en nuestro “”sano”” juicio, no merecen un perdón, sobre todo si la mezquindad y la falsedad, acompañada de la premeditación se unen…entonces oiga, eso merece el vacío, cordiales saludos y “me gustan” del facebook, pero vacío. La gente siempre nos decepcionará otras veces, nos sorprenderán para bien. Así es esta vida.

    De todo se aprende, a veces no.

    No deje de escribir, a mi hace feliz oigah.

    Ya mismo estamos en la autocaravana dándolo todo, solo nos falta el mono mayordomo :).

    Un fuerte abrazoo.

    • Lunes, 18 junio, 2012 10:50

      «eso merece el vacío, cordiales saludos y “me gustan” del facebook». Fans 😀

  2. Mirian permalink
    Lunes, 18 junio, 2012 11:12

    jajaja, recuerdo perfectamente el episodio de las tetas.La verdad Javi, es que tienes que reconocer que tú de chico no eras un niño inocente al uso, erás la persona con menos picardia que he conocido nunca. Meterte una de estas era tentador jijijiji.
    Yo pienso que no es bueno esperar demasiado de los demás, así es más fácil sentirte traicionado, y eso es algo que con el tiempo se va aprendiendo.
    Besos.

    PD. Gracias por reservarnos dos días del mes…el nota ave

    • Lunes, 18 junio, 2012 12:08

      Niñatas, dos día de playita, al menos. El resto estaré todo el tiempo en Sevilla.

  3. Lunes, 18 junio, 2012 11:33

    Yo también he tenido un sentido de la lealtad y la justicia exacerbados desde que era pequeño, lo cual también me ha traído mis disgustos, no pocos por cosas que en realidad no merecían la pena. Ahora me considero un poco más sabio, y ya paso algo más de muchos temas que antes me afectaban más. Como dices, es la norma, más vale acostumbrarse.

    ¿Habrá oportunidad de vernos en Sevilla en tu tránsito antes de Praga? Supongo que será muy complicado porque son pocos días y tendrás mil planes en marcha, pero si hay oportunidad avísame. 🙂

    • Lunes, 18 junio, 2012 12:07

      Cuenta con ello, afidelado. A ver si hacemos una cenita como la de la última vez 😉

  4. Guillermo permalink
    Lunes, 18 junio, 2012 01:21

    Para mi la intencionalidad juega el papel definitorio. Por muy grande que sea la “traición” si no puedo relacionarla directamente con una intención clara de hacer daño a alguien que quiero o a mi misma, me pasa como a Ana. Cae en saco roto, se me olvida. Si hay una clara intención de lastimar, se queda grabada a fuego.

    Eso sí… evito que esas “malas experiencias” denominadas como traiciones cambien un ápice mi forma de ser. Soy confiada por naturaleza y me gusta ser así. Prefiero pecar de ingenua que juzgar erróneamente a alguien por valorar con susceptibilidades. Aunque imagino que cada una/o tiene sus mecanismos de defensa…

    • Myri permalink
      Lunes, 18 junio, 2012 01:23

      Ups! Esta parrafada la escribí yo… Olvidé cambiar el perfil antes de darle a publicar…

      • Lunes, 18 junio, 2012 05:34

        No worries, lo imaginé 🙂

    • Lunes, 18 junio, 2012 05:29

      Formas de ser, hay quién tiene fe en la humanidad y quién no. Entiendo lo que dices, pero eso de que la intención sea clara poca veces pasa, y cada vez menos, diría. Pero sí, tampoco es que yo me oponga al mundo entero sólo porque sus acciones me afecten.

  5. Sixto permalink
    Martes, 19 junio, 2012 03:11

    Alimaña me acabo de enterar que vas con sergiement a Praga….todavia no sabes las ganas que tengo yo de ir al este???

    Ya me informaras del plan a ver si cabe uno mas y los vuelos no valen un riñon.

    • Martes, 19 junio, 2012 04:09

      ¡Malditas sean tus caras! Véngase, oiga, aun está a tiempo. Le diré el vuelo exacto y nuestro hotelaco.

  6. Sergio permalink
    Martes, 19 junio, 2012 03:45

    Javi, me quedo sobre todo con el último párrafo antes de la foto de Ruidosa Espe. En efecto, yo muchas he pensado eso y siempre me pregunto si podría haber hecho un esfuerzo por conocer a gente más a fondo; unas veces te sientes con más fuerza pero de repente ves que no hay una respuesta recíproca; otras no tienes ninguna gana y no haces ni el mínimo esfuerzo. Creo que es lo habitual a estas edades pero es cierto que nos podemos perder grandes cosas y que son necesarios en tu día a día (no en la forma en que nos gustaría, quizás) pero así es la vida.

    Respecto a la traición, es una cosa tan subjetiva que algunos la conciben como algo nimio (un día en el que no llamas a alguien y ese alguien se siente traicionado) y otros, a pesar de que le hayan clavado el cuchillo por la espalda, no lo consideran traición o saben perdonar en un santiamén.

    Agosto está a la vuelta de la esquina ¡¡qué ganas!! Un abrazo.

    • Martes, 19 junio, 2012 04:57

      Ojalá pudiera ser así y ver qué la traición me es nimia. Pero no puedo, mi umbral es bastante estrecho a ese respecto. Igual ser más flexible te da más tranquilidad, porque no es lo mismo tolerar que transigir.

  7. Fernando permalink
    Viernes, 22 junio, 2012 03:16

    Chapó!!! poco más que decir… la genética es asínnnn, es lo que tiene…

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