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In the jungle

Sábado, 26 octubre, 2013


(Todo es mágico y peligroso, todo)

Retomando la crónica del viaje a Costa Rica, que ya es hora. Como decía, me quedé en lo de la estación. La verdad es que una vez que pudimos ver el sitio donde estaba la estación de autobuses y el tipo de ambientazo que había por alrededor, volvimos a dar gracias a los padres de Roberto por llevarnos hasta allá en coche. Por cierto que va a ser tito pronto, ¡enhorabuena a toda la familia!

Los autobuses en Costa Rica son, cómo decirlo, muy diferentes a los autobuses de Canadá, pero a medio camino de los españoles. La forma en que ticos y españoles relajan las reglas de todo es muy parecida, y está muy lejos de la rectitud canadiense (aunque quien haya viajado en Greyhound sabe que tampoco hay tantísima diferencia). Es una sensación extraña. De un lado está el yo acostumbrado a que todo funcione según lo previsto tras años viviendo en Ontario, y por otro el andaluz que aun recuerda ir en el maletero de un coche desde Sevilla hasta Jerez. España, con el boom de los nuevos adinerados y aquel extraño enriquecimiento de la clase obrera a expensas de la ilusión del ladrillo, empezó a creerse su propio discurso. Los nuncabajistas los llamaban, y eran aquellos que absurdamente pensaban que los precios subirían y subirían hasta el infinito, y que, por tanto, ellos serían cada vez más y más ricos. Todos podemos ver hoy en qué ha degenerado esa codicia. Pero uno de los efectos secundarios ha sido el bofetón de realidad y la vuelta a la esencia, a aquello que nos hace andaluces, y españoles, claro. Poco a poco. Llegó un momento en que creímos que estábamos en New York City o Melbourne, y todo debía ser lujo y comodidades. ¿Para qué arreglar el azulejo del baño cuando puedo poner un nuevo cuarto de baño entero? ¿Por qué no comprar un segundo coche, o un coche mejor? ¿Qué es eso de ponerse una camiseta de propaganda (cuando yo las he llevado en el colegio hasta la saciedad)? ¿Matalascañas para veranear? ¡Ja! Mejor Riviera Maya. En fin, ni tanto ni tan calvo. Quizás la cura de humildad sea la única cosa buena que esta crisis está dejando. Pero volviendo a los buses, lo que quería decir es que pese al alboroto y el desorden, los buses de Costa Rica (y al parecer nosotros fuimos en uno de los buenos) me resultaron acogedores, y lo que es mejor, habituales. Sin aire acondicionado, con gente viajando de pie durante horas, jaleo constante, música todo el tiempo. No sé, me dio nostalgia tanto parecido a cómo las cosas fueron una vez en mi propia tierra. Lo que no quita, claro está, que uno deje de quejarse de la cani que habla por el móvil a todo volumen, del gordales que se pone a comer comidas apestosas durante el viaje, o de la típica señora que no quiere abrir la ventanilla para que entre un poco de aire fresco porque entonces ella «coge frío». Pero qué artistas son, y somos. De cualquier forma, casi 9 horas de bus justo después de llegar del avión sin haber dormido se hacen un poco pesadas. Todo se vuelve nebuloso y difuso y comienzas a mezclar las siestas intermitentes con la realidad, creando un exótico paisaje medio onírico medio cierto. Y es que la flora y orogragría de Costa Rica es espectacular. Es exactamente como te la imaginas o como ves en las fotos y documentales. Estar en un bus que va por una carretera (por tramos, carreterucha) que transcurre por medio de la costa a una lado, y la naturaleza al otro, es una delicia visual y sensitiva. Más aun viniendo del frío invierno canadiense y sus sociedades de hormigón y mall.

Tucán perfectamente fotografiado por Espe

Tucán perfectamente fotografiado por Espe

Cuando por fin llegamos a Golfito como era de esperar nos saltamos la parada del ferry. No hubo forma de saber que aquella barca de pacotilla con un letrero de madera pintado con Titanlux iba a ser el ferry oficial para llegar hasta Puerto Jiménez. La idea era comer algo en el restaurante Buenos Días, que estaba justo al pie del muelle del que salía el ferry, pero como nos equivocamos de parada, nos encajamos al final del camino, donde el conductor nos dijo que había que bajarse. Tocó caminar, no mucho por suerte, ya que junto a otro viajero conseguimos coger un taxi que no parecía muy sospechoso y así llegamos casi al ferry, que estaba a punto de zarpar, motivo por el que no hubo tiempo de comer nada. La travesía cruzando el Golfo Dulce es realmente bonita. Es el momento en el que uno se da cuenta de que está yendo a la selva. Hasta algunos delfines nos acompañaron brincando fuera del agua alrededor de la embarcación.

Monetes esperando para darnos la bienvenida

Monetes esperando para darnos la bienvenida en Ojo del Mar

Cuidado con los niños cruzando

Cuidado con los niños cruzando

Al otro lado, ya en Puerto Jiménez, un taxi debía estar esperándonos para llevarnos por fin a nuestro primer alojamiento, Ojo del Mar en Matapalo. Como imaginábamos que llegaríamos super reventados a ese punto, contratamos un taxi con Ojo del Mar, que claro, no fue barato, pero resultó ser un tipo más o menos agradable y un paseo tranquilo, con algunas paradas para ver tucanes y otros bichejos. Eso, como estáis suponiendo, ya no era carretera sino un camino de tierra lleno de agujeros brutales y piedras. Sólo jeeps y cosas así pueden ir por allí.

Entrando al eco-lodge

Entrando al eco-lodge

Carpa común en Ojo del Mar

Carpa común en Ojo del Mar

Antes de dirigirnos al hotel le pedimos al taxista que parara en el único super mercado que hay en Puerto Jiménez, ya que una vez pasados ese punto la única comida con la que cuentas es la que lleves contigo. Intentamos comprar cosas que no se pusieran malas. Nuestra compra fue un poco pobre, porque no conseguimos encontrar chacinas duraderas como el salchichón o el chorizo, obviamente, y tuvimos que conformarnos con unas salchichas que hacen allí que son como el chopped pork o la mortadela, un poco de pavo, un par de latas de atún y algo de queso; además de una buena cantidad de pan para hacer bocatas, algo para desayunar rápido como las deliciosas galletas Chiky, y dos botellas de 750ml de agua. Como comprobamos después, nuestros cálculos y la capacidad de soportar el calor de la comida fueron un pequeño problema, pero no adelantemos.

Así lucía nuestra cabaña

Así lucía nuestra cabaña

Más espaciosa de lo que parece a simple vista

Más espaciosa de lo que parece a simple vista

Con visitantes en cada esquina

Con visitantes en cada esquina

Una vez llegas a Ojo del Mar la primera sensación es que estás en un anuncio. Todo es como en las fotos, exactamente igual. Las plantas, los animalillos, los bichacos como puños, el ambiente, el mar a lo lejos, la iluminación natural con fuego, etc. Por eso lo que más impresiona es lo que no has visto antes en las fotos: los sonidos de la naturaleza. Para recibirnos parece que había allí una orquesta de aulladores, unos monos de bosque primario (el más alto, se supone), que empiezan a pegar berridos como si no hubiera mañana. Y lo mejor es que cuando uno empieza los otros monos le siguen. Da miedo, eso lo puedo confirmar. Si no sabes que son putos monos te acojonas. Pero eso no es todo, durante la noche la cantidad de sonidos extraños que llegas a escuchar hace que estés más tenso que Eduardo Manostijeras poniéndose una lentilla. La primera noche fue jórribol total. Llegamos super cansados y casi no pudimos dormir con todos los chasquidos, quebradas de hojas y alaridos lejanos de alrededor. Porque donde dormimos estaba literalmente en la nada. En ese tipo de sitios, eco-lodges los llaman, suele haber dos opciones para dormir: las tiendas o tents y las cabinas o cabins (atiende a la traducción, debería ser cabañas). Las tiendas son tiendas de camapaña así super pepinas con camas decentes y elevadas del suelo. Las cabinas son espacios también elevados pero que emulan como una habitación, salvo por el pequeño detalle de que no tienen paredes y el techo está hecho de pajizo. Te sientes totalmente indefenso. Por fortuna sí que hay mosquiteras para las camas, pero a ver quién era el guapo que se quedaba dormido después de que una cosa parecida a una cucaracha te cayera en la mano. Nos costó al menos 2 noches acostumbrarnos a dormir en la selva, es una experiencia única, pero requiere de tiempo y paciencia. Con todo, hay que decir que el sitio es de ensueño y muy recomendable. Tiene una carpa principal con el bar, sillones, libros y cosas así para que los huéspedes puedan compartir experiencias, lo que es sin duda una de las salsas del viaje. Y también ahí se hacen los desayunos y las comidas. Ojo del Mar incluye el desayuno, pero nosotros, como ratas alimañas, compramos la comida en el mercado con la idea de gastar lo menos posible. Lo que no sé si a la dueña de aquello le gustó mucho o no, porque como era de origen alemán y de facciones más bien inexpresivas, nunca supimos si era su cara normal o su cara de disgusto. Como fuere, tuvimos la brillante idea de traer con nosotros chocolate, y yo además llevaba escondida una caja de bombones para sorprender a Espe el día de Navidad. Qué mala idea, coño. Si algo hay en la selva costarricense es hormigas, de todas las clases, tamaños y características. Así que todo el tiempo estuvimos sufriendo por la comida que cargábamos de un día para otro y por el chocolate y los bombones. La dueña del lodge nos hizo el favor de guardar en la nevera nuestras cosas hasta que saliéramos, pero cada vez que íbamos a por comida era un poco incómodo, porque el sitio está pensado para que pagues por todas las comidas. Lamentablemente, a $20 la cena con una tuvimos más que suficiente, se ponga la dueña como se ponga.

Hormigueiras cortando sus hojeiras

Hormigueiras cortando sus hojeiras

Playacas de ensueño

Playacas de ensueño

E incluso playas vírgenes a 20 minutos andando

E incluso playas vírgenes a 20 minutos andando

Otra cosa buena de Ojo del Mar fue que teníamos nuestra propia “ducha”. Era un caño de agua que muy disimuladamente caía a través de un bambú para que todo pareciera natural. Obviamente no había cortinas y estaba al nivel del suelo. Debo decir que es una experiencia maravillosa ducharse en bolas rodeado de naturaleza con agua fresquita. A Espe no le hacía tanta gracia al principio, y para mear sí que le daba miedete ir sola, pero acabó encontrándole la gracia también. También teníamos la playa como a 10 metros, lo que era fantástico.

¡Y hasta ducha fresquita!

¡Mmm, qué fresquita!

El primero de nuestros miedos llegó al descubrir nuestra inutilidad en entornos naturales. Somos urbanitas y es lo que hay. Si me das un mapa de metro llego a donde sea, ahora con un mapa topográfico de la zona y andando por la jungla soy inservible. Nos dimos cuenta de eso en una de las excursiones que hicimos por nuestra cuenta al día siguiente. Se suponía que había un senda a partir de la cual se podía llegar a dos caídas de agua distintas, cada una en un punto. Fuimos incapaces de encontrarla. Al día siguiente encontramos una de ellas, sólo la pequeña y muy muy sencilla, según nos contaron los huéspedes. Eso hizo que nuestra idea original de cruzar la selva por nosotros mismos en una caminata de más de 8 horas empezara a estar un poco menos clara. Tampoco nos tranquilizaron mucho las historias que nos contaron de gente desaparecida y el hecho de que todo el mundo iba con guía. Así que, asustados, decidimos que intentaríamos contratar un guía en el siguiente hospedaje para el camino.

Una de las cascadas que casi no encontramos

Una de las cascadas que casi no encontramos

A la mañana del tercer día, tras dos noches en Ojo del Mar, nos fuimos hasta Carate, el último punto antes de entrar en el Parque Nacional de Corcovado. El camino entre uno y otro se puede hacer andando, pero para no cansarnos de manera innecesaria, pues la selva nos esperaba, decidimos ir en colectivo, un medio de transporte muy habitual en Costa Rica que consiste básicamente en un camión al que te subes y agarras como puedes, mientras luchas para no reventarte el culo con las carreteras de arena y los ríos a cruzar (como unos 12, incluyendo algunos en los que el agua casi cubre las ruedas). El camino, aunque tortuoso, fue una experiencia agradable que nos regaló la oportunidad de ver algunas mariposas morpho: enormes, azules, bellísimas y de buen augurio según cuentan.

Hay que ser justos, ese colectivo hasta tenía los asientos acolchados

Hay que ser justos, ese colectivo hasta tenía los asientos acolchados

El sitio en que nos quedamos en Carate es con diferencia el más caro pagado de mi bolsillo en donde he dormido, y no precisamente el mejor. También es cierto que aunque nuestra intención era dormir primero en tienda en Matapalos, y luego en cabina en Carate, Finca Exótica sólo tenía disponibilidad para tienda, así que cambiamos un poco el plan. El sitio es propiedad de una pareja en la que ella creo que es tica y él alemán o algo así. Pero había una manager inglesa tan intensa que resultaba pesada. Si al menos todas esas ganas de agradar y ser la mejor para ponerse las medallitas se hubieran traducido en atención a los huéspedes, no me hubiera quejado, pero no fue así. Finca Exótica es aun más increíble que Ojo del Mar. Tiene las tiendas en la zona más cercana a la playa, y luego, subiendo un poco la ladera, están las cabinas, repartidas para tener privacidad total. En las tiendas, como comprobamos, sólo estábamos nosotros y los trabajadores y trabajadoras del lodge. Si bien es cierto que teníamos bastante intimidad en la tienda, también lo es que estaba demasiado cerca del váter (aunque los bahíos, sonidos escatológicos y las pestes nunca nos llegaron, todo sea dicho). Quizás lo más llamativo del sitio sea la plataforma de relax y comedor. Está en la cima de la ladera, con vistas muy bellas de la arboleda y el mar a lo lejos. Por las noches encienden velas e iluminan el sitio y queda de verdad como una postal. Llevan un rollo así de mira qué guay somos, qué naturales y qué de fruta comemos, y de Internet ni hablar, sólo para nosotros, no para los inquilinos, lo que personalmente me parece de puta madre, y de hecho había algunos inquilinos muy contentos de hacer como si fueran así, pero yo no soy mucho de aparentar, así que no nos conquistó del todo, más que nada por la actitud un poco arrogante y prepotente que suele ir acompañada a esas formas de hacer las cosas. No obstante, todos se comportaron siempre muy correctamente con nosotros y en general el trato fue extraordinario.

La estancia común y restaurante de Finca Exótica

La estancia común y restaurante de Finca Exótica

Desde casi la cocina

Desde casi la cocina

La terraza

La terraza

Lo mejor, la comida. No muy abundante, pero realmente muy buena. Además el cocinero, Coco, era un tipo muy simpático y accesible, quizás fue con el que más hablamos, pero algunos del resto era como si te miraran por encima del hombro. Claro, el cocinero era el único tico del lugar, salvo la dueña, que no estoy seguro de si también lo era.

El gran cocinero Coco, lo mejor de Finca Exótica

El gran cocinero Coco, lo mejor de Finca Exótica

Desde Finca Exótica también hay un par de rutas chulas para hacer caminando. Una más dura que la otra. Como estábamos un poco acojonados acerca de nuestra incapacidad para sobrevivir en la selva, decidimos hacer la ruta del arroyo del puma, donde supuestamente se había visto un puma caminar tiempo atrás. Lo lamentable del caso es que estuvimos a punto de no encontrar la cascada. Era una ruta señalada de hora y media en la que invertimos como 3. Nuestros miedos se dispararon, más incluso al descubrir que una vez que el sol se va, lo que gracias a la densas copas de los árboles sucede en Costa Rica a las 5 de la tarde, la selva se convierte en un lugar incluso más inhóspito y tenebroso. Las raíces de los árboles se convierten en serpientes ante tus ojos, las ramas empiezan a tocarte, todo está cubierto de pequeños bichos venenosos, etc. Es así como tu cerebro empieza a jugarte malas pasadas y cuando decides que ni de coña vas a hacer el camino hasta La Sirena sin un guía. Entonces vas corriendo a la manager inglesa y le pides por favor que contacte a un guía para que vaya contigo. Pero como es una excursión que no está planificada dentro de los super planes del sitio, pues todo fueron excusas. Primero que era el día nacional de conteo de aves, lo que es cierto, y que su única guía en plantilla no podía porque se iba a contar pájaros. Muy loable, pero llama a otro puto guía. Después que no nos preocupáramos que no había ningún problema en hacerlo solo, que los ríos que había que cruzar no eran para tanto, que ella hasta había cruzado a nado el río Claro, lo que de ser cierto la convierte en la persona más inconsciente del planeta, pues cuando vimos la magnitud de ese río por nosotros mismos casi nos echamos a llorar. La última excusa fue en plan, ah, vale, voy a contactar con un guía y os digo mañana los detalles. Mojón de pico, la muy zorra pasó de nosotros como de la mierda, mal bahío le entre a ella y toda su maldita descendencia. Nosotros ahí hiper cagados con la caminata y casi sin poder disfrutar del impresionante sitio en el que estábamos, y la muy imbécil dándonos largas. Tía, vete a cagar. Todo esto, que no eran más que elucubraciones, fue más tarde confirmado por uno de los hostales de al lado. Si Finca Exótica pretendía ser el Ritch, Lookout Inn, que así se llamaba, era más rollo Hostal Casa Paco. La verdad que la cercanía y el interés en como nos atendieron ante una simple pregunta, y sin ser huéspedes siquiera, fue suficiente para ratificar el trato desigual que nos dio la señorita inglesa. Allí contactamos con una guía especializada que nos confirmó lo que veníamos intuyendo, la inglesa de mierda sólo era la típica estrellita que sólo quería ponerse las medallas. Nos contó que hubo un programa de protección de nidos de tortugas, y que la inglesa estuvo allí la primera y le concedieron un premio a la más máquina o algo así. Pero que una vez pasado eso no volvió a colaborar de forma activa nunca más. Pero eso sí, la charlita sobre las tortugas nos la dio a todos los inquilinos en Finca Exótica. La verdad es que la guía que conocimos en el Lookout Inn fue super agradable, y aunque nos dijo que podíamos ir con un guía al camino por la selva, nos hizo entender que no había de qué preocuparse, que íbamos suficientemente preparados para hacer el camino y que todo iba a salir bien. En resumen, nos dijo lo que necesitábamos oír, sin faldar, sin mentir, sin dar largas ni excusas. Si algún día vuelvo a Carate me alojaré allí, sólo en respuesta al detalle que tuvieron con nosotros.

Nuestra tiki-tent

Nuestra tiki-tent

Y el aseo

Y el aseo

Ojalá todos los senderos de Corcovado fuesen tan claros como este de Carate

Ojalá todos los senderos de Corcovado fuesen tan claros como este de Carate

Ese mismo día, antes de consultar con la guía, habíamos hecho una caminata de unas 2 horas hasta la entrada del parque, pero no conseguimos alcanzarla. En realidad sólo nos faltó como 100 metros, pero no vimos la entrada porque estaba detrás de un lodge, el último y más lujoso de todo Carate, y no quisimos perdernos el almuerzo, que estaba incluido en Finca Exótica. Esa tarde, igualmente tensos pero decididos a hacerlo por nosotros mismos, fuimos a darnos un baño en la playa. Impresionante el agua, la temperatura y la fuerza del mar. A mí me encanta el agua, y siempre que estoy en la playa o incluso la piscina, nunca quiero salir hasta que las yemas de los dedos están a punto de caerse. Pero Espe, que ya llevaba un rato fuera, me insistía en que había que preparar los bocatas y hacer la maleta porque a la mañana siguiente había que salir. Llevaba razón. Justo cuando terminamos de ducharnos nos enteramos de que en la misma playa donde hacía unos minutos estuvimos bañándonos, se había abierto un nido de tortugas y habían empezado a caminar hasta la playa. Maldeciré por siempre a Satanás por haberme perdido ese espectáculo sin precedentes que me moría de ganas de vivir. Pero sí es cierto que de habernos quedado más tiempo tendríamos que haber preparado la maleta con la luz de los frontales, algo bastante incómodo pero que hubiera sacrificado sin dudarlo.

So os fijáis, abajo a la izquierda se ven unos palos y unas tiras de madera entrecruzada. Éso es un nido de tortugas señalizado para su protección

So os fijáis, abajo a la izquierda se ven unos palos y unas tiras de madera entrecruzada. Éso es un nido de tortugas señalizado para su protección

Por la noche de nuestro segundo y último día, la inglesa con su acento nos confirmó, la muy bitch, que no iba a ser posible lo del guía. Gracias por nada, anormal. Cenamos un casado de cerdo buenísimo, y nos fuimos a sobarla. Nos levantamos como a las 6 de la mañana porque era la hora que habíamos calculado para coger las mareas a una altura adecuada que nos permitiera atravesar los ríos sin ser devorados por un cocodrilo o atacados por un bull shark (lamia). Y la dueña del lodge nos tenía preparadas unas bolsitas de desayuno que estaban de puta madre, con su cajita de zumo incluida, lo que es encomiable si tenemos en cuenta que la noche anterior hubo una super fiesta con motivo de la celebración del cumpleaños de uno de los trabajadores y el dueño. Así que rellenamos todo el agua que pudimos, cogimos nuestra comida (y dejamos algunas cosas que no iban a durar más), nos pusimos las pesadas maletas y ala, a andar como cosacos.


(La extraña calma de la selva)

Espe empezó muy contenta la caminata

Espe empezó muy contenta la caminata

Eso que se ve a lo lejos resultó ser un tipo en un burro llevando víveres a la estación La Leona

Eso que se ve a lo lejos resultó ser un tipo en un burro llevando víveres a la estación La Leona

La verdad es que los paisajes son alucinantes

La verdad es que los paisajes son alucinantes

Tuvimos la suerte de que a esa hora de la mañana estaba nublado, por lo que el sol no nos molestó demasiado en el primer tramo que transcurre por la playa justo antes de entrar al parque. Una vez en la entrada, esta vez sí, hay un ranger station, La Leona, en el que puedes rellenar agua, ir al baño, y hacerle preguntas al guarda-parques. El tipo, aunque un poco seco, fue agradable y correcto y nos indicó por donde empezaba el primer trail o sendero. También nos pidió que firmáramos en un papel para saber si nos perdíamos y no conseguíamos llegar a la estación destino, y que por supuesto, pasara lo que pasara, nosotros éramos los responsables últimos de todo. La típica cosa que da un poco de canguelo pero que en realidad no es nada del otro mundo. También vimos que éramos los primeros del día, por lo que lo más probable es que fuésemos solos todo el camino, algo que no nos gustó mucho. Y así comenzó nuestra travesía en lo que ha sido una vivencia extraordinaria, tan intensa como enriquecedora.

16km en poco menos de 8 horas, parecía pan comido...

Aquí ya habíamos andado algo más de 3km…

Árboles serpenteantes

Árboles serpenteantes

El camino está, de alguna forma, divido en dos mitades más o menos. Y cada mitad tiene partes que transcurren por la selva y partes que transcurren por la playa. Y las partes sencillas, creímos al principio, eran las de playa. Nada más entrar, quizás a los 20 minutos caminando, empezamos a ver gente que venía de regreso de la otra estación, que había salido prácticamente de madrugada y ya estaba llegando de vuelta. Lo siguiente fue un aviso pasivo agresivo de Espe de que me quedara super quieto y retrocediera lentamente. Acojonado, obedezco y descubro para mi sorpresa una serpiente gigantesca subiendo por la rama que casi tocaba con la cabeza. Sí, me hice caquita líquida. Después nos enteraríamos de que era una constrictora y que pese a ser tan grande nada podría haberme hecho más que la molestia y el susto. De cualquier modo, mejor ser más precavido el resto del camino, pensé.


(Dio miedete, sí)

Caminar por la selva es agotador. No sólo por el peso, sino por la extrema atención a los detalles que hay que aplicar. Al principio, al ser un entorno tan distinto, prestas o crees prestar atención a absolutamente todo. Tu cerebro te dice que vas andando por un lugar repleto de estímulos que no conoce, se flipa, y comienza a fijarse en todo. Es agotador. Dar un paso, mirar el suelo e identificar de entre las raíces si hay serpientes, mirar arriba no vaya a ser que haya otra serpiente, mirar atrás cada 4 pasos más no sea que no reconozcas el camino de vuelta, al mismo tiempo mirar a los lados por si las cosas que hacen moverse las ramas y los arbustos no fuesen amistosas, y por supuesto mirar hacia adelante, tratando de ver la senda por la que tienes que seguir caminando. Como digo, extenuante a nivel mental. Un par de horas más tarde, milagrosamente tu cerebro ha empezado a hacerlo todo maquinalmente, sin darte cuenta. Es más, tus sentidos se agudizan como por arte de magia, empiezas a sentirte más natural, andas de manera más relajada, e incluso te vuelves capaz de diferenciar huellas de personas en el fango, y eso que lo de las huellas es las típicas cosas que ves en películas o series como Perdidos y piensas, «sí, claro, anda que vas a poder distinguir huellas en la selva», pero puedes, sí que puedes.

Y así caminando llegamos al primero de los dos ríos que había que cruzar. La marea aun no era lo suficientemente baja, pero el Río Madrigal no tiene la fama de peligroso que tiene Río Claro, el segundo a cruzar. Así que aunque cubría bastante, nos pusimos las mochilas en la cabeza y lo atravesamos. Obviamente después de pensarlo y debatirlo un rato, y tras preguntarte unas cien veces porqué habíamos decidido ir a la selva por nuestra cuenta. Y si a mí me cubría y casi me llegaba la ingle, a la pobre le llegaba por la cintura y casi se le cae la maleta, además de una chancla casi se me escapa por la corriente. La putada es que el resto del camino tuvo que ir mojada y con la humedad de selva no se secó bien, lo que terminó provocándole una herida nada agradable por rozadura. Fue el primer momento de inflexión del camino.

Espe señalando por dónde le había llegado el agua, en ese río Madrigal de engañosas aguas

Espe señalando por dónde le había llegado el agua, en ese río Madrigal de engañosas aguas

Seguimos andando, pues, desesperanzadoramente sin ver más que 3 personas desde que pasamos la estación La Leona, y venían también en dirección opuesta. Los siguientes humanos en esas primeras 3 horas los encontramos en una salida del sendero a la playa. Allí un guía estaba llevando de vuelta a un grupo de turistas y nos dijo que ahora debíamos caminar por la playa un tramo, pero que para alcanzar la arena primero debíamos esperar un poco, porque la marea estaba aun muy alta y la única forma de llegar a la playa sin ser estampado contra las rocas era correr unos 20 metros entre ola y ola, con las mochilacas a cuestas, of course. La otra opción era esperar, pero eso implicaba llegar más tarde al otro río que había que cruzar, el peligroso, y encontrarlo con la marea demasiado alta, así que decidimos hacerlo en el momento. Aunque antes de semejante tarea que nadie nos comentó previamente por lo que le estaremos siempre agradecidos a ese buen guía, descansamos tranquilamente unos minutos, miramos el pequeño reloj de bolsillo que llevaba a lo Tico de Willy Fog (un iPod mini medio roto que me encontré un día bus, en realidad), y tomamos unas mandarinas que la madre de Roberto nos dio al salir de Alajuela, que por cierto puede que sean las mejores que nunca haya probado. Esperamos ya listos a como 10 olas o así hasta que por fin vimos la oportunidad, corrimos como alimañas y logramos cruzar.

No hicimos ninguna foto de las rocas que había que pasar, pero sí del punto que sale a la playa.

No hice ninguna foto de las rocas que había que pasar, pero sí del punto que sale a la playa.

Justo después de cruzar el paso de rocas entre ola y ola. Se ve un poco al fondo.

Justo después de cruzar el paso de rocas entre ola y ola. Se ve un poco al fondo.

Desde el momento que cruzamos las rocas tocó andar por la playa, más que nada porque perdimos, o eso creemos, la re-entrada a la selva, con su agradable clima húmedo, bichos y sonidos. Fueron dos horas durísimas caminando bajo el sol abrasador, que nos daba por el lado izquierdo. Espe y nos distanciamos, pues era imposible que intentásemos ir los dos al mismo ritmo. A la mitad o así de ese tramo (eso de los tramos me lo invento, nadie te dice que haya tramos, pero así es como yo al final los tengo identificados en mi memoria) encontramos a un grupo de shaveas viniendo, cómo no, en sentido contrario. Iban realmente mal preparados, no sé si con agua suficiente, y definitivamente con un calzado no adecuado. Era la puta selva, de verdad que hay gente imbécil. Nos preguntaron en inglés que cuánto faltaba para la La Leona y les dijimos que unas 4 ó 5 horas, que estaban a algo más de la mitad del camino. Maldicieron.

Casi podíamos ver La Chancla desde aquí.

Casi podíamos ver La Chancla desde aquí.

Seguimos caminando, que es básicamente en lo que consiste la cosa. Eso sí, cada vez más cansados física y anímicamente. Yo terminé primero el tramo de playa abrasador y esperé sentado a que llegara Espe, a la que podía ver aun a lo lejos. La vista desde el punto en que nos encontrábamos era sencillamente indescriptible, naturaleza en su estado más puro, virginal, primaria, quizás uno de los lugares más ignotos en los que he estado. Mientras Espe llegaba me puse a pensar que parecía que el sendero se había terminado, pues no veía por ningún sitio la continuación: sólo playa a un lado, rocas al otro, y detrás una ladera difícil de subir. Pero no fue hasta que llegó Espe que la desesperación se apoderó de nosotros. Efectivamente nos habíamos perdido. Nos agobiamos. Nos pusimos muy nerviosos. Y encima empezó a llover de manera torrencial en una de esas tormentas tropicales. Caímos entonces en cuenta de que había unas pisadas en la arena que venían de arriba de la ladera, y que si seguía lloviendo así se iban a borrar y habríamos perdido el único rastro que teníamos. Tras debatirlo mucho y en pleno estado de agitación, optamos por escalar como pudimos la ladera, casi al azar, pues era, de las tres opciones, la que sonaba más viable. Pero era demasiado tarde, cuando conseguimos escalar aquello como pudimos, agarrándonos a las piedras arcillosas que se deshacían, y a las raíces roídas que se quebraban, las últimas huellas se habían borrado y el sendero ahora estaba oculto a nuestros mal entrenados ojos. Todo en la selva se intensifica. Mucho. La cabeza empieza a pensar en nada bueno, y cosas muy raras te pasan por la mente. Yo, que quién guió todo el camino y hasta ese momento habíamos dado con el sendero, decidí finalmente explorar un poco el terreno y le pedí a Espe que esperar quieta, que yo ahora volvía. No le hizo ni puta gracia, obviamente. Pero no quedaba más remedio. Bajé un poco la ladera por otro flanco, pero el terreno se sentía virgen en mis pies. Nadie había pasado por ahí antes. Ése no era el camino. Espe entonces me gritó para que volviera, que creía que había encontrado el sendero. Subí como pude y ahí lo vi, ante nosotros y bajo la lluvia, lo que ahora resultaba evidente pero que se había vuelto invisible un instante antes. Pese a todo no estábamos del todo seguro de que ese fuera el sendero. Pero no quedaba más remedio que continuar caminando y ver qué pasaba. Y eso fue lo que hicimos, yo delante, pero notablemente menos confidente de mí mismo, aunque al mismo tiempo tratando de mostrarme decidido en todo momento y que Espe no notara ni un atisbo de lo inseguro e inerme que me sentía. Al día siguiente nos contarían que nos habíamos dejado atrás la re-entrada al sendero por la selva y habíamos atravesado por una parte que no era la adecuada, aunque por suerte saliéramos de nuevo al sendero. Y todo gracias a algún pobre diablo que también se perdió en algún momento antes que nosotros, y en dirección opuesta. Quién sabe si quizás eran los tipos aquellos que nos encontramos.

Yo mostrando mi angustia ante la peliaguda situación en que nos encontrábamos, perdidos y dejados de la mano de Dios.

Yo mostrando mi angustia ante la peliaguda situación en que nos encontrábamos, perdidos y dejados de la mano de Dios.

La lluvia seguía sin dar tregua, así que cubrí la mochila con mi abrigo y Espe se puso su impermeable. Seguimos adentrándonos en la selva y ahora era evidente que estábamos en la mitad del sendero menos transitado. Según nos enteramos después, muchos guías llevan a turistas hasta La Chancla, que es el punto donde yo estuve esperando a Espe al final de la playa, y los traen de vuelta por donde han venido. Por lo que en realidad, esa segunda mitad del camino no es tan frecuente. En ese momento di un paso y sentí que el pie se me había hundido un poco. Di otro y se hundió un poco más. Al tercero me di cuenta de que estábamos atravesando un lodazal formado por la lluvia, lo que en mi cerebro se asoció rápidamente a arenas movedizas. Consiguiendo de alguna manera no entrar en pánico, logré salir de aquello con los pies totalmente cubiertos de barro aunque casi secos. Eso sí, mis tan queridas Merrel quedaron hechas unos zorros. Espe, por su parte, se quedó atrapada a la mitad y empezó a agobiarse mucho. Yo no podía hacer nada para sacarla, pues nos hundiríamos los dos. Así que intenté darle indicaciones de por donde salir y consiguió también salir. Llegamos a la conclusión de que ése no era el camino, y retrocedimos un buen trecho hasta encontrar algún lugar que creímos conocido.

Por fin paró de llover. No sabíamos a qué altura del camino estábamos, pero ya pasaban las 7 horas de caminata del total de 8 que se supone necesitas para completarlo. Nuestros principales miedos eran 1) que la marea no fuese favorable para cruzar Río Claro, y 2) que se hiciese de noche y muriésemos en la selva devorados. Mentiría si digo que no fueron pensamientos que pasaron por nuestras cabezas tras tener que retroceder tras el lodazal. Exhaustos, hicimos una breve parada en un saliente que daba a la playa y tomamos algo. Descansamos un poco y notamos después unas extrañas huellas en la arena. No eran humanas, eran felinas. Nos cagamos. Pero nunca vimos nada. Poco tiempo después descubrimos un extraño animal, una cosa parecida al oso hormiguero. Resultó ser un oso tamandú, familiar del primero, pero mucho más pequeño. Era casi como un extraterrestre para nosotros. Con movimientos lentos y parsimoniosos se desplazaba tranquilamente. Por suerte es inofensivo, y realmente bonito y mágico de observar.

Elo aquí el oso tamandú, adorable.

Elo aquí el oso tamandú, adorable como él solo.

Caímos en cuenta entonces de que con tanto estrés durante el camino no habíamos prestado atención a la cantidad de bichos con que nos habíamos topado. Básicamente les echábamos un vistazo rápido y las descartábamos si no eran especies peligrosas para nosotros. También es cierto que Espe, al no tener que estar pendiente del camino, tuvo más oportunidades para identificarlos. Pero sí que vimos un montón de guacamayos, loros, tairas, pacas, pavos reales, lagartos de varios tipos, pizotes o coatíes, monos capuchinos, ranas, serpientes, tucanes, heliconias, monos aulladores, hormigas cortadoras de hojas, zarigüeyas, pecaris, e incluso monos araña. Es más, justo después de eso, y de ver en mitad de la selva un frigorífico ajado y oxidado que la marea, imaginamos, llevó selva adentro en una tempestad aterradora, nos descubrimos de repente en mitad de un llano violáceo coloreado por las flores caídas de los árboles. Y allí estaban, tranquilos y en su ambiente, una manada de jóvenes pecaris, un tipo de jabalí. La estampa era como sacada de un cuento. Los pequeños son encantadores, pero eso significaba que muy cerca debían andar los progenitores, que seguramente no estarían muy contentos con nuestra visita. Así que con total tranquilidad y sin hacer quebrar ni una rama, pasamos tan cerca que casi podíamos tocarlos, atravesando todo el llano y su manto púrpura, hasta que los dejamos atrás, sin que nos hubieran sentido como amenaza, sin que se asustaran lo más mínimo. Increíble de verdad.

A veces es difícil seguir el sendero, muy difícil.

A veces es difícil seguir el sendero, muy difícil.

Pecari que ni se inmutó por nuestra presencia.

Pecari que ni se inmutó por nuestra presencia.

Señal divina de que íbamos por el buen camino.

Señal divina de que íbamos por el buen camino.

Para entonces ya llevábamos algo menos de las 8 horas estipuladas y empezamos a impacientarnos, pues ya deberíamos haber llegado a Río Claro. El camino, tras una nueva lluvia, se volvía cada vez más escurridizo y difícil de seguir. En un momento dado, tomé la decisión de seguir lo que yo creía que era el sendero, pero que nos llevó por casi 30 minutos selva adentro. Tanto que dejamos de oír el mar a nuestra izquierda. La espesura se hizo tal que el sol apenas penetraba. La humedad subió radicalmente y la fauna cambió. Espe estaba intranquila y no muy convencida de que fuese el camino correcto. Yo ocultaba mis temores y le decía que no podía ser otro. A lo lejos, un cuchillo clavado en un árbol y unas botas colgadas nos dieron dos impresiones distintas. Por una parte era señal inequívoca de que había un humano cerca, el primero desde que nos perdimos en aquella playa. Por otra era un puto cuchillo clavado en un árbol, algo que no esperas encontrarte en la selva y que si bien implica la existencia de una persona, puede ser que no sea lo amigable que te esperas. Es más, si hubiésemos estado siguiendo un camino equivocado dese la playa a saber a dónde coño estábamos llegando. Lo único claro era que el mar había estado a nuestra izquierda, por lo que muy mal no debíamos andar. Quizás esa última adentrada en la jungla es lo que sobraba. Espe se mostraba cada vez más inquieta. Pero decidimos seguir adelante esta vez incluso más alerta que antes.

En cierto momento el camino que una vez se adentró en la selva comenzó como a intentar salir de nuevo al mar, aunque nunca llegamos de nuevo a estar cerca de la playa. De repente, al girar un par de árboles y saltar unas raíces, dimos con un señal que decía Río Claro. Estábamos salvados, eso significaba que la estación La Sirena no estaba ya a más de 30 o 40 minutos. Eso sí, la anchura de Río Claro era varios órdenes de magnitud la de Río Madrigal. Y si el segundo nos engañó en cuanto a su profundidad por sus aguas cristalinas, ahora no nos fiábamos de cruzar Río Claro. Estuvimos un buen rato pensando qué hacer, pues si por lo que fuese mis cálculos estaban mal y ahora la marea estaba alta o lo que fuese, podría haber tiburones o incluso cocodrilos esperándonos. Poco o nada podíamos hacer llegados a ese punto más que cruzar el dichoso río. Sacamos cinta americana que llevábamos y tras quitarnos las botas Espe y los botines yo, nos atamos las chanclas a los pies y nos remangamos los pantalones todo lo que pudimos. Y cuando estábamos a punto de cruzar llegó un grupo de humanos. Nuestra sensación de alivio fue bestial. Nos sentimos salvados y de alguna manera como en casa. Es alucinante lo que el aislamiento en un terreno desconocido te puede hacer. El grupo venía con un guía, y parecía tener prisa, así que les dejamos pasar primero, obvio, para comprobar la altura del río. Para nuestro alivio, nuestras cuentas habían salido bien, es más, le retraso que llevábamos jugó en nuestra ventaja, pues el agua estaba en su mínimo. El agua apenas nos llegó a la rodilla en su parte más profunda. Fue cuando conocimos a Álvaro, otro guía que iba con una pareja francesa y que resultaron todos ser muy buena gente, así que hablamos con Álvaro para que fuese nuestro guía el día siguiente para los senderos de La Leona.

La única señal que vimos en todo el camino. Debimos haber estado más atentos.

La única señal que vimos en todo el camino. Debimos haber estado más atentos.

Espe en pleno cruce de Río Claro.

Espe en pleno cruce de Río Claro.

Río Claro, que es bastante ancho como para hacerlo a nado, como nos dijo que hizo la inglesa de Finca Exótica.

Río Claro, que es bastante ancho como para hacerlo a nado, como nos dijo que hizo la inglesa de Finca Exótica.


(Cruzando de nuevo Río Claro al día siguiente)

Cruzamos el río y ya más tranquilos andamos lo que faltaba para llegar a la estación detrás del grupo de Álvaro. La estación está en un claro de bosque primario que da a la playa, pero la entrada no es demasiado grande, así que es fácil pasársela y llegar hasta Río Sirena, éste sí no debe ser cruzado bajo ningún concepto. Nosotros no nos pasamos la entrada y llegamos por fin a la estación biológica La Sirena. Me sentí mejor que nunca, aliviado, tranquilo, orgulloso, destruido, a salvo. Una extraña combinación de sensaciones. Llegamos por fin, lo conseguimos y sin pasar penurias por agua (es fácil deshidratarse en la caminata). ¡Y estábamos vivos!

Mimetizado.

Mimetizado.

Espe bajo la mosquitera que nos salvó de las picaduras.

Espe bajo la mosquitera que nos salvó de las picaduras.

En la estación, además de pagar para poder acceder al parque, te permiten acampar en una terraza techada y en alto, para evitar las serpientes; o pagar por compartir litera en unos barracones. El precio no demasiado diferente de las literas implicaban cargar menos peso en la caminata, pues una tienda, saco y esterillas añaden como mínimo 4kg más a nuestras ya pesadas mochilas, así que optamos por dormir en las barracas. Compartimos «habitación» con la pareja francesa y una litera quedó sin ocupar. Cenamos con ellos y con su guía y acordamos con Álvaro un precio para unirnos a ellos al día siguiente para poder disfrutar de algunos tours sin tener que preocuparnos de los peligros y con la seguridad y tranquilidad que da caminar con un guía. Fue por fin cuando pudimos nadar en una piscina natural, ver un perezoso, ranas nocturnas, o hasta casi un ocelote. Y esta vez cámara en mano. La selva es otra cosa cuando vas con alguien que se la conoce como la palma de su mano. Es otra experiencia. No me arrepiento de haber hecho el camino solos, pero sí es verdad que disfrutamos de la jungla a otros niveles que si hubiéramos hecho el camino con un guía. Al final la inglesa de Carate llevaba razón en parte. Lo cierto es que la jungla es algo tremendamente agotador y peligroso, hay que ir muy que pero que muy bien preparado e informado y con las energías al 100%. Incluso así, una mala decisión o un golpe de mala suerte puede ser fatal. Por cierto, las botas colgadas del árbol, según nos contaron, podrían ser de indígenas, buscadores de oro o furtivos que se escondieron al vernos por allí. Al parecer, lo que ahora es el sendero de la selva era un camino antiguamente transitado por los indígenas de la zona, de hecho Álvaro incluso nos enseñó dónde solía estar la escuela.


(Si no te dicen que son monos te imaginas a Godzilla)

Y ésta, de lejos, la mejor foto que nunca haya tomado.

Y ésta, de lejos, la mejor foto que nunca haya tomado.

Y así transcurrieron los días en La Sirena, aprovechando las mañanas desde alba y yéndonos a dormir bien temprano, pues cuando el sol se pone ya no se puede hacer otra cosa. Por suerte llevábamos una mosquitera que nos salvó de morir a picaduras, como le pasó a la pobre pareja francesa, que se levantaron ambos días con enormes señales, incluso durmiendo con pantalones vaqueros. Los último que vimos antes de partir fue el Río Sirena, con sus tiburones y cocodrilos justo a unos metros de nosotros. También en la estación hablamos con algunos grupos, entre ellos un par de chicas que venían del Chirripó, un pico al que se puede subir sin necesidad de equipo de escalada y desde el que se ve a un lado el Pacífico y al otro el Atlántico. Pero después de investigarlo mientras estábamos en La Sirena, resultó que no andábamos bien de tiempo ni equipo para hacer la ascensión, así que todo el dolor de mi corazón, y para alivio de Espe, optamos por no hacerlo y quedarnos cómo estábamos. Además creo que había que pedir permiso antes o algo así, no recuerdo bien.

Tapir retozando.

Tapir retozando.

El árbol que está en la entrada a la estación por la playa.

El árbol que está en la entrada a la estación por la playa.

En la piscina natural.

En la piscina natural.

Y el de detrás es el Río Sirena, el que no se puede cruzar.

Y el de detrás es el Río Sirena, el que no se puede cruzar.

Más del Río Sirena.

Más del Río Sirena.

Zamburguesas en los senderos de alrededor de la estación. Ojalá hubiésemos tenido de esas en la caminata.

Zamburguesas en los senderos de alrededor de la estación. Ojalá hubiésemos tenido de esas en la caminata.

El afable Álvaro.

El afable Álvaro.

Como fuere, con la cabeza bien alta y la sensación de misión cumplida, decidimos que en lugar de pasar tres noches en La Sirena sólo pasaríamos dos. En parte porque entre los malos cálculos y el clima tropical nos habíamos quedado ya sin comida y la de la estación estaba reservada para los científicos y era muy cara. Álvaro nos invitó a un par de comidas, pues algunos guías tienen taquillas en la estación y no necesitan cargar bártulos para cocinar ni comidas no perecederas; pero incluso así no nos daba. Tras la segunda noche en la estación, Álvaro y la pareja francesa se despidieron y marcharon de nuevo al principio del camino, desandando lo andado. Nosotros contactamos con el alojamiento en Drake para que uno de los botes que envían desde allí para hacer excursiones en la estación, nos recogiese y llevase fuera de la jungla. Antiguamente había un sendero transitable que te llevaba hasta Drake, pero los habían cerrado como medida de protección para los felinos que por allí vivían. Las otras sendas iban al norte y no nos servían de mucho, así que por ese motivo decidimos tomar un bote, nada barato por cierto (unos $35 cada uno). Cuando el bote estaba a punto de partir comenzó a llover cerrando el periodo de tregua que nos dio desde que llegamos a La Sirena. La tormenta fue violenta y pudimos ver con nuestros ojos cómo varios botes casi vuelcan. Fue justo antes de tener que montarnos en uno de ellos. Asustaba un poco pero en realidad fue más divertido que otra cosa. Eso sí, para la próxima vez mejor sentarse detrás, cerca del motor, de manera que los botes contra el agua se notasen menos en el ano. En esa travesía, el capitán del bote sacó un par de piñas para alimentar a los turistas de la excursión y tuvo el detalle de darnos un par de pedazos a nosotros. Después de la caminata y los días en La Sirena, era la primera vez que tomábamos algo de fruta. Fue una experiencia religiosa: pudimos sentir cómo los jugos de la piña se adueñaban de la boca, cómo el agua que contenía nos hidrataba a cada mordisco, y cómo el sabor de lo que parecía una piña corriente se transformó en un manjar sin parangón. La mejor piña que jamás he probado.

Llegamos por fin a Drake. Bahía Drake es poco más que un camino de arena que baja hasta a la playa. Tiene un par de sitios para comer, otro par para dormir, un colegio y un bar. No hay mucho que hacer allí directamente, pero sí que es un buen sitio del que salir para hacer otras cosas. En el camino en bote, ya próximos a Drake, pudimos ver perdidos en la selva lujosos eco-lodges aislados del mundo. Ni imaginar puedo el precio por noche en uno de esos. Una de las tardes en Drake dimos un paseo por toda la bahía y ciertamente esos alojamientos eran la bomba. Aunque sí es verdad que quizás con demasiadas comodidades. Desde nuestra angosta pero correcta habitación en Cabinas Murillo (quiénes además habían organizado lo del bote que vino a por nosotros), con ducha propia y vistas al mar. Lo de la ducha fue nuestro único requisito, casi no me creo cuando sentí caer el agua calentita.

Las «vistas al mar» de Cabinas Murillo.

Las «vistas al mar» de Cabinas Murillo.

El agua turquesa de Isla del Caño.

El agua turquesa de Isla del Caño.

Rana cristal.

Rana cristal.

La venenosa rana blue jeans.

La venenosa rana blue jeans.

En Drake aprovechamos para hacer un par de excursiones. Una no muy excitante de ranas, aunque sí que vimos a la famosa y venenosa blue jeans y varios sapos toros, y otras dos más. La primera fue a Isla del Caño, una isla virgen en la que no puedes ni comer porque enseguida vienen hormigas y te acechan. Además tampoco puedes quedarte a dormir allí: sólo hay una estación con algunos guardaparques pero no existe la entrada al público. Lo más que un turista puede hacer es llegar a una playa específica y vigilada a descansar un poco y bucear en los alrededores. Yo nunca antes había buceado ni hecho snorkeling, y la verdad es que no me apetecía pagar lo que costaba bucear, así que por menos de la mitad nos metieron en un bote y nos dieron gafas y tubos para buceo de poca profundidad. Eso sí, que no os pase como a una china que venía en el bote, que no sabía nadar, pagó el tour y, obviamente, no aguantó ni 5 minutos en el agua antes de querer meterse otra vez en el bote. Pero es increíble eso de bucear, y yo siquiera lo hice con bombona. Vi algunos tiburones haciendo cosas de tiburones en el fondo, bancos de peces que te rodeaban cuando les pasabas cerca, varios tipos de peces. Y entonces apareció, una tortuga enorme nadando con toda su majestuosidad a menos de un metro de mí. Me quedé paralizado, simplemente observándola. Fue maravilloso. Y la pobre Espe se lo perdió porque en la segunda inmersión que hicimos se quedó en el bote porque no se encontraba muy bien. Lástima, porque fue increíble.

El segundo tour interesante fue de canopy o tirolina. Los tipos nos recogieron en Drake y nos llevaron hasta esos inmensos especímenes de bosque primario en los que tenían plataformas construidas con madera y cables metálicos que unían las copas de los árboles. Luego, tras ponerte el equipo y tomar las pertinentes medidas de seguridad, lo único que había que hacer era colgarse de los cables y deslizarse de un árbol a otro. Al principio da canguelo pero la verdad es que es muy divertido. Y no mucho más hicimos sino descansar durante los tres días.

Entre los árboles.

Entre los árboles.


(Mola un huevo)

La recompensa al llegar a Drake.

La recompensa al llegar a Drake.

A la mañana del tercer día nos esperaba el camino de vuelta a San José, donde Roberto nos estaría esperando en el centro de la ciudad mientras participaba junto a su hermano y otros amigos en una iniciativa de abrazos gratis. El camino desde Drake a San Juan se dividió en tres tramos. En el primero tomamos un bote que nos condujo por el río Sierpe hasta llegar a Sierpe. El río discurre entre meandros y manglares, en los que pudimos ver bien de cerca a los cocodrilos que por allí andaban, la mayoría tomando el sol tranquilamente. Luego en Sierpes hay que tomar un taxi o colectivo que te lleva hasta Palmar Norte, y desde allí el último tramo que comprende el viaje en bus hasta llegar a San José, cosa que hicimos alrededor de las 4 de la tarde. El bus nos dejó en la estación y desde allí tomamos un taxi que nos dejó lo más cerca que pudo, a precio de oro, puesto que había una especia de desfile, imagino que con motivo de la Navidad, y no pudimos llegar hasta donde acordamos. Pero fue fácil. Finalmente nos encontramos con Roberto y los otros y nos dio un pequeño tour por el centro de San José, que la verdad es que no tiene demasiado que ver. Por último nos llevó a Alajuela, a su casa, donde dormimos esa noche tras una rica cena con tamales, que como dice la tradición costaricense, en Navidad el tamal ni se pide ni se compra, se regala. ¡Qué ricos estaban! El día siguiente El hermano de Roberto programó un viaje a San Lorenzo de San Ramón, para hacer barranquismo mezclado con tirolina. Lástima que, debido a que nos íbamos a mojar bien mojado, no pude llevar cámara. Al principio la cosa fue parecida a Drake, subíamos a las plataformas de los árboles y nos deslizábamos de unos a otros por lo cables metálicos. Pero entonces, en la segunda mitad de la excursión, llegamos a uno de esos puentes colgantes que dan miedo de sólo mirarlos y allí, en la mitad del puente, uno de los guías había abierto el suelo levantando algunas placas y preparado el hueco por el que supuestamente teníamos que bajar, literalmente, al vacío, nada más colgados de nuestros arneses. Fue increíble, aunque reconozco que dan miedete. Desde ese punto la excursión fue todo el tiempo descendiendo por rocas y cascadas, genial. Al terminar también pasamos por Sarchí y nos comimos unas empanadas tamaño industrial.

Artesanía y decoración de Sarchí.

Artesanía y decoración de Sarchí.

Una de las ruedas de los carros decorados.

Una de las ruedas de los carros decorados.

La gran empanada

La gran empanada

Pero todo lo bueno se acaba, tristemente. Esa misma noche, creo, nos tocaba ya volver. Así que nos despedimos de la increíble familia Ulloa, que nos volvió a llevar al aeropuerto y encima nos obsequió con café y otros recuerdos del país. Sé a ciencia cierta que volveré a Costa Rica, y espero hacerlo antes de que mi cuerpo me impida subir al Chirripó, pues es de las cosas que tengo pendientes. El viaje de vuelta no fue accidentado aunque sí muy largo y con muchas escalas. Llegamos sanos y salvo, con una gran vivencia a nuestras espaldas y la certeza de haber vivido una aventura inolvidable. ¡Pura vida!

Menudo personaje el padre de Roberto

Menudo personaje el padre de Roberto

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2 comentarios leave one →
  1. Hide permalink
    Jueves, 5 diciembre, 2013 05:20

    Cómo bien dijo uno de cerca tuyo: “IM-PRECIONANTE”
    Por un lado me ha quedado envidia más que cochina, guarra de verdad, pero por otro acojonada.
    Fantásticas fotos!

    • Domingo, 8 diciembre, 2013 02:12

      Hey, gracias!

      Mentiría si dijese que no se pasa un poco de canguelo, pero si lo hice, cualquiera puede hacerlo, Y bien merece la pena 😀

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